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La Odisea de El Diario

¿Cuál es el papel que juega El Diario de Juárez en la historia de la frontera? En 35 años se ha convertido en uno de las empresas periodísticas más importantes del país, pero también ha sufrido los embates del gobierno central y el homicidio de tres de sus periodistas. Su Presidente y Director General, Osvaldo Rodríguez Borunda hace un repaso de sus tres décadas y media de vida, en la siguiente ponencia, que presentó el 6 de diciembre de 2010, en el encuentro de editores celebrado en la Universidad de Texas en El Paso y organizado por la Sociedad Interamericana de Prensa y la American Association of News Editors. [En la foto, Rodríguez Borunda recibe un reconocimiento de la presidenta de UTEP, Diana Natalicio, el 5 de abril de 2006].

Por Osvaldo Rodríguez Borunda

El Diario de Ciudad Juárez emitió sus primeras ediciones hace 35 años, en unas instalaciones muy modestas y con un tiraje de apenas 200 ejemplares por día.

Cinco años después, el periódico insignia de la ciudad, El Fronterizo, se vio obligado a cerrar sus puertas porque no pudo competir contra la fuerza editorial adquirida por nuestro medio.

A lo largo de esas tres décadas y media, directivos y periodistas de El Diario hemos tratado de reproducir fielmente y con el mayor profesionalismo la historia cotidiana de nuestra comunidad.

En este lapso nuestra empresa se ha preocupado por mantener capacitada a su gente, por lo que en los últimos diez años 25 de sus comunicadores cursaron una maestría en periodismo de investigación en la Universidad Internacional de Florida, patrocinada por esta casa editora. Dos de ellos, por cierto, emigraron hacia el periódico en español Al Día, editado en Dallas y aquí presente, en tanto que otros 20 concluyeron también su maestría en periodismo en esta universidad donde hoy nos encontramos, UTEP, en un programa especial asimismo auspiciado por nosotros.

Algunos de estos informadores pasaron a colaborar con El Diario de El Paso, el cual arrancó sus operaciones en mayo de 2005 con su propia planta de impresión en esta ciudad. Además de ser el único medio en español editado de manera cotidiana aquí, en poco tiempo se erigió como el periódico hispano con mayor crecimiento en circulación en Estados Unidos.

El bagaje adquirido a través de esta extensa cobertura noticiosa nos ha permitido captar que el problema del narcotráfico y sus secuelas en Ciudad Juárez no se gestó de un día para otro.

Desde hace más de 25 años comenzamos a detectar la incipiente creación de lo que entonces fue conocido como el cártel de Juárez, fenómeno que consideramos como de gran riesgo para nuestra frontera, si bien en ese tiempo el narco ya tenía una fuerte presencia en el estado.

Baste recordar el escándalo nacional suscitado cuando en 1984 se descubrió el mayor plantío de mariguana en la historia del país, en el rancho El Búfalo, al sur del estado de Chihuahua, propiedad del narcotraficante Rafael Caro Quintero, quien un año después fuera condenado por el asesinato del agente de la DEA Enrique Camarena.

En ese entonces, aun cuando El Diario ya se había posicionado como el periódico líder en la ciudad, no sentíamos que contábamos con los elementos ni con la fuerza suficientes como para publicar por nuestra cuenta todo lo que ya observábamos en nuestro entorno. En ese contexto me entrevisté en Monterrey con el señor Alejandro Junco, para exponerle lo que sucedía aquí y pedirle su respaldo y el de su periódico, porque pensábamos era peligroso para un solo medio en el país sacar a la luz pública lo que en Juárez germinaba y que después se fue confirmando con las sucesivas muertes de los jefes del narco Pablo Acosta, Rafael Aguilar y Amado Carrillo.

Lamentablemente no pudimos concretar ningún esfuerzo conjunto, no obstante lo cual El Diario prosiguió investigando y publicando por su cuenta y riesgo a nivel local, la información relativa al crecimiento del narcotráfico como un fenómeno que no estuvo ajeno ni aislado del resto de la situación socioeconómica que se producía en esta frontera.

Cuando El Diario nació a principios de 1976, la industria maquiladora, instrumentada como una opción para dotar de empleo a los miles de desocupados que se quedaban en esta frontera tras el cierre del Programa Bracero, ya llevaba un crecimiento de diez años.

Originalmente pensado para ser un sector productivo transitorio que diera pie a la construcción de una industria nacional, la maquiladora nunca dio ese salto cualitativo y, desgraciadamente para Juárez, se quedó estacionada como mera ensambladora para las grandes empresas de Estados Unidos. Se convirtió además en un filón de oro para un reducido grupo de empresarios locales y gobernantes sin escrúpulos que lo aprovecharon, no sólo para enriquecerse a manos llenas sino para propiciar un crecimiento desordenado y corrupto de la ciudad hacia los grandes predios de los que eran dueños.

La maquila, es cierto, también trajo un gran florecimiento económico para la ciudad, sin embargo se volvió botín para unos cuantos que, en contraste, no favorecieron el desarrollo humano y social indispensable para que esa progresión fuera armónica, por lo que así nacieron numerosos conflictos sociales combinados con fuertes rezagos en infraestructura que fueron caldo de cultivo para la problemática general que hoy vivimos.

Esta situación fue debidamente plasmada, documentada e incluso cuestionada en las ediciones de El Diario, al grado de enfrentar, a principios de los ochenta, un boicot de empresarios locales quienes tachaban a este medio de izquierdista, argumentando que el periódico se oponía al desarrollo de la maquila y, por tanto, de la ciudad. Lo único que defendían era sus propios intereses. La historia vino a probar que nuestras investigaciones habían sido correctas.

Así, oleadas de miles de inmigrantes llegaron cada año a esta frontera atraídos por el imán del empleo maquilador, a vivir entre rezagos y carencias, a engrosar las periferias, a expandir el comercio informal… a engrandecer el nido sobre el que se empollaba el cada vez más fortalecido tráfico de drogas.

En ese marco, también, es en el que aflora la leyenda negra sobre las muertas de Juárez, un mito que sólo los que hemos estado al tanto de lo que sucede en esta ciudad, conocemos cómo lo fue creando la cauda de inexactitudes y exageraciones que se tejieron en torno a cerca de 300 asesinatos de mujeres registrados en un periodo de diez años. Una cifra no deseada por nadie pero que en realidad es baja si se le compara con las documentadas durante la misma etapa en otras ciudades del país, según su número de habitantes, y que nada tiene que ver con el invento de millares de crímenes y desapariciones anuales con que inflaron esta falsedad que tanta suciedad arrojó sobre nuestra comunidad.

En medio de esa fiebre provocada por las muertas de Juárez, pudimos constatar que algunos periodistas estadounidenses divulgaron esas ficciones sin documentar con rigor profesional lo que publicaban. Seguramente porque no estaban capacitados, dado que muchos de los llamados periódicos comunitarios en Estados Unidos, desde hace años abandonaron el periodismo de investigación para dedicarse a los intereses mercantilistas y comerciales de sus empresas y de su gobierno.

Una reportera de un periódico diario en inglés de esta ciudad, publicó con fines únicamente económicos su propio libro sobre el tema con una serie de exageraciones y fantasías que vinieron a unirse al coro general que desvirtuó de manera irresponsable esta situación de los crímenes de género.

Y mientras la atención del mundo se desviaba sobre esta gran mentira, desmentida luego por una seria auditoría realizada por periodistas y ex periodistas de El Diario con cifras aceptadas ya por los medios profesionales y los gobiernos en el mundo, nuestro medio gritaba y denunciaba lo que en realidad sucedía. Aunque gran parte de esta información investigada se perdía entre el eco desaforado ocasionado por la leyenda negra.

A la fecha, muchos de esos crímenes continúan sin ser esclarecidos, ante lo cual el gobierno mexicano lo único que ha hecho para acallar las protestas es soltar dinero y crear fiscalías o comisiones inútiles, que al parecer es lo único que sabe hacer bien.

Lo que ocurría con los crímenes de mujeres ensombreció el acelerado crecimiento del ya conocido como cártel de Juárez, que se nutrió de las dolencias sociales y económicas de la ciudad, pero ante todo de la infiltración que ejerció entre las corporaciones policiacas y el Ejército. Cuando Álvaro Obregón emitió, hace casi cien años, su famosa frase de que “no hay General que aguante un cañonazo de 50 mil pesos”, sin duda sabía de lo que hablaba.

Con ello no es que estemos acusando a la institución castrense como tal, sin embargo, durante muchos años los medios hemos difundido los numerosos casos de militares, incluidos altos mandos, acusados de colaborar con el crimen organizado, y ni qué decir de la descomposición entre las corporaciones de otros niveles. Habría qué preguntarle al presidente Felipe Calderón por qué ha mandado a la Marina a enfrentar a los grandes jefes del narcotráfico y no al Ejército.

Lo cierto es que en México, y de manera particular en Ciudad Juárez, afrontamos una situación muy complicada. Los cuerpos policiales y la milicia han demostrado en los últimos cuatro años, desde que el presidente Calderón declaró la guerra al crimen organizado, que no están preparados para plantarle cara a un enemigo del que desconocían su tamaño y su fuerza.

Es por esas razones que tampoco funcionaron los operativos conjuntos instrumentados en contra de los grupos delincuenciales, acciones que se diluyeron entre la descoordinación, la negligencia y la corrupción de quienes los han encabezado. Factores que El Diario también se ha cansado de cuestionar en sus páginas, y que ahora las filtraciones a nivel mundial de WikiLeaks han venido a darnos la razón.

La cobertura periodística desplegada por nuestra casa editora en la guerra que actualmente se libra en Ciudad Juárez, escenario en el que el Gobierno federal consideró incluso suspender las garantías individuales, de acuerdo con lo publicado en su momento por El Diario y ahora revelado por aquel sitio electrónico, infortunadamente ha cobrado su cuota de sangre en la persona de tres compañeros nuestros.

El primero fue el doctor Víctor Manuel Oropeza, asesinado en 1991 por causa del contenido de sus artículos editoriales, por cuyo crimen sin resolver mantenemos desde entonces una leyenda en el directorio del periódico.

Le siguió Armando Rodríguez Carreón, reportero de la fuente policiaca victimado el 13 de noviembre de 2008, quien se dedicaba a investigar asuntos relacionados con el crimen organizado. En estos dos años que su caso lleva en la impunidad, hemos recibido infinidad de promesas de los gobiernos estatal y federal de que pronto se resolverá sin que así sea.

Incluso, en la reciente reunión de la SIP celebrada en Mérida, el presidente Calderón aseguró que ya habían sido identificados los responsables del crimen, algunos de los cuales fueron detenidos. Sin embargo, tal como El Diario lo evidenció con pruebas, se trata de un preso que ha sido torturado para declararse culpable. Sobre esto existe una denuncia ante la Comisión Nacional de Derechos Humanos. Otro, que según la Procuraduría federal fue asesinado en 2009 aunque ofrece recompensa por su captura este año y es quien firma las leyendas que uno de los grupos criminales plasma en muros de la ciudad. Así como un tercero supuestamente arrestado pero que en realidad murió ahorcado en su celda en julio pasado.

Y, por último, el fotógrafo Luis Carlos Santiago, apenas acribillado el pasado 16 de septiembre, cuyo caso también se encuentra estancado.

El Diario ha estado invitando al Lic. Gustavo Salas Chávez, titular de la Fiscalía para la Atención de Delitos Cometidos contra Periodistas de la PGR, aquí presente, para que nos visite en Ciudad Juárez y nos informe de los avances que la dependencia a su cargo ha realizado en torno a los crímenes de nuestros compañeros, cosa que hasta la fecha no se ha podido concretar.

Bueno, pues ojalá que su presencia en este evento sea propicia para que nos notifique elementos nuevos sobre estos casos, que no sean los que El Diario ha refutado con pruebas contundentes.

El sufrimiento que padece nuestra comunidad, así como la sangre derramada por nuestros periodistas, al parecer finalmente han enfocado la atención mundial sobre Juárez con una visión distinta, con un clamor que se extiende pidiendo que se detenga esta barbarie, exigiendo acciones y estrategias distintas.

Algunos periodistas norteamericanos opinan que con la intervención del ejército de su país en México podría frenarse a los cárteles de la droga. Nada más errado. Si la milicia estadounidense tuviera injerencia directa en territorio de nuestra nación, le estaría dando al crimen organizado herramientas para que sus integrantes se convirtieran en guerrilleros. De criminales pasarían a soldados apelando al nacionalismo y al histórico yugo de Estados Unidos sobre México.

Una solución de este tipo sería lo más peligroso que podría suceder porque nuestro país quedaría totalmente devastado. Y no es por falso nacionalismo que nos opongamos a esa alternativa, simplemente no creemos que funcione.

No. La solución tiene que venir de México y de su sociedad, aun cuando también debe participar el gobierno de Estados Unidos porque el problema tiene una doble vertiente que abarca a ambos países.

Las medidas adoptadas hasta ahora por los dos, lo sabemos, son insuficientes, porque Estados Unidos, si bien se ha involucrado con programas como la Iniciativa Mérida de raquíticos alcances y presiona al Estado Mexicano para que detenga a las cabezas de los grupos del crimen organizado sin reparar en los graves problemas sociales que esto ha traído a nuestro país, muy poco hace para frenar su mercado interno, el de mayor consumo en el mundo.

Mientras esta nación no reconozca que la mayor parte del problema se encuentra aquí mismo, y en gran medida la solución, en México difícilmente se detendrá el escenario que ahora enfrenta.

Ahora bien, al presidente Calderón le ha faltado enfocar atinadamente y de manera integral esta situación. Como lo hemos reiterado en nuestros espacios editoriales, el primer mandatario mexicano no sólo no ha podido enfrentar con solvencia al crimen organizado, sino que en esta materia se ha plegado a los mandatos de Estados Unidos, con una estrategia punitiva de la que todos conocemos sus resultados.

Y aquí nos encontramos ahora, en medio de un conflicto que no pedimos pero que nos ha llevado a todos entre sus pies, incluyendo a quienes nos encargamos de informar entre el peligro.

México y Estados Unidos son países con culturas muy diferentes. Aun cuando aquí se legalizara el consumo de algunas drogas y de refilón se adoptara esta medida en nuestro país, no hay que olvidar que allá tenemos millones de jóvenes que ni estudian ni trabajan. Cien mil de ellos tan sólo en Ciudad Juárez, por lo que el combate a las drogas debe llevar aparejada una fuerte estrategia de rescate del tejido social, para sacar a todos esos muchachos del semillero del crimen organizado en que se han convertido.

Por lo anterior, necesitamos periodistas de otros lados que, cuando nos visiten como sucede con frecuencia, se tomen el tiempo para investigar lo que realmente sucede en Juárez. Que no se queden sólo con lo que escuchan de personas mal informadas o mal intencionadas. Porque las palabras publicadas, todos nosotros lo sabemos, pueden ayudar a construir o destruir. Y en Juárez necesitamos todo el apoyo posible para salir del hoyo en el que estamos.

Osvaldo Rodríguez Borunda
Presidente y Director General
El Diario de Juárez

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