sábado , 23 octubre 2021
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Jorge Humberto Chávez, el Bukowski de la frontera

bar papillon

Leer el poemario Bar Papillón y el poema triste, de Jorge Humberto Chávez Díaz de León (Ciudad Juárez, 1959), es exponerse a un radiante y vertiginoso encuentro con la poesía hecha con el impudor de los beodos y de los antimoralistas, por eso los poemas son mordaces, lúdicos, despojados de toda erudición que podría resultar monótona, más no de cierta carga metafísica. Chávez obtuvo el Premio Bellas Artes de Poesía Aguascalientes 2013 con el poemario Te diría que fuéramos al río Bravo a llorar pero debes saber que ya no hay río ni llanto.

Por Antonio Moreno Montero
 

Para mis hermanos, a quienes veo cada eclipse. Ellos creen
que la cerveza y el whiskey son recursos no renovables.

 Digo y afirmo que no tengo por buen poeta al que no
imita a los excelentes antiguos, sostiene Garcilaso de
la Vega en el prólogo de El cortesano, de Baltasar de
CastiglioneY añadiría:… y no es buen poeta aquel que
no reconoce sus influencias venidas de los colosos de
los siglos XIX y XX.

Bar Papillón y el poema triste (2004) es uno de los mejores poemarios dedicados al tema de la literatura y el alcohol, y estoy seguro que Luis Ignacio Helguera (1962-2003) habría validado mi afirmación. El antiguo vicio inaugurado por el bíblico de Noé y que siglos después marcaría profundamente a nuestros santos bebedores laicos (Li Po, Guillaume Apollinaire, Baudelaire, Poe, Joseph Roth, M. Lowry, Faulkner, entre otros), ha devenido en una suerte de poética que cumple a la vez con una utilísima función didáctica.

Leer este libro escrito por Jorge Humberto Chávez Díaz de León (Ciudad Juárez,1959), es exponerse a un radiante y vertiginoso encuentro con la poesía hecha con el impudor de los beodos y de los antimoralistas, por eso los poemas son mordaces, lúdicos, despojados de toda erudición que podría resultar monótona, más no de cierta carga metafísica.

Míster Faulkner entendió muy bien la lección: narrar como narran los borrachos: relatos zigzagueantes que corren de manera  simultánea al tropel infatigable de la yegua de la noche. En la poesía de las últimas décadas fue Charles Bukowski quien nos dio a entender, casi con actos circenses captados por las cámaras de televisión, que la cerveza en lata podría ser considerada el elixir de los dioses posmodernos. No obstante, da lo mismo beber cerveza en lata que ajenjo, vino que tequila.

El efecto del alcohol es relativamente similar al del viaje: lo más importante no es el arribo sino el desplazamiento. Bukowski usó a Hank Chinaski–su alter ego–para demostrarnos que la clave no está en llegar al embrutecimiento estéril sino en estar preparados para el despertar del instinto creativo. El alcohol es un estimulante para la inspiración y la fuga, el resto no nos interesa. Es suficiente con leer el cuento de Julio Cortázar, “El perseguidor”, el cual nos pone la carne de gallina tras ver a Johnny, recostado en ese sillón roñoso, bebiendo un ron brutal y asesino, como si no pasara nada. Pese a todo, no existe otro invento, elaborado y fermentado por la  historia de los hombres, con mayor capacidad de convocatoria que la bebida embriagante y disipadora, como lo es también la literatura misma.

Mientras releía este libro, en edición bilingüe, de Chávez Díaz de León, pensé más de una vez en Carlos Martínez Rivas (1924-1998), ese poeta nicaragüense que heredó la grandeza de Rubén Darío, y quien además practicó la sintaxis de la ebriedad perfecta. Precisamente, se congregan en Bar Papillón y el poema triste, traducido al francés por la canadiense Françoise Roy, la ebriedad poemática perfecta, la convocatoria de voces, de estéticas y de presencias añejas como actuales, de la atmósfera que poco a poco impone su presencia, sin estar por encima de la voz poética, la cual está dispuesta a incluir el día a día de las obsesiones:

He venido a este bar las últimas 200
veces, y pido el mismo, el mismo trago
pero nunca había visto el fondo de este vaso. (14)

La voz nos sitúa en un universo, of course, donde no tienen cabida los abstemios, pero sí las abstemias. Los abstemios son imposibles y unos mea pilas insobornables. Carlos Barral sostenía que viven bajo la humillante tiranía de la lógica, son gentes dignas de lástima, ensoberbecidas en su tarea de creerse los apóstoles del antialcoholismo. Por un lado, el bar es el epicentro de la primera parte del poemario, titulado de la misma manera que el libro; por otro, en la segunda parte nos introduce a un mundo organizado por una colección de historias tristes contadas a un niño.

El afecto –acentuándose en las pasiones– parece constituir el asunto principal del libro. Y la presencia del bar no se emplea como un fin en sí mismo, sino como un vehículo que proyecta o espejea no sólo dicho afecto sino también los dilemas y goces elementales del hombre (y del poeta). La voz convoca la presencia femenina como si jugara a las biografías en el poema “Tres casos”: su nombre es Jeanette Ambriz / tiene 29 años, es secretaria / en un despacho médico / no sabe pronunciar la palabra Shakespeare / –dice Shikaspear– pero / tiene la asombrosa capacidad / de saber si lloverá y de acertar en los sorteos. / Es rubia; es bella / y hace sufrir a su marido. Y en “Fellatio”, al tiempo que la voz evoca la impresión afectiva a nuestro clásico vivo Rubén Bonifaz Nuño, el título sugiere la intimidad y las acechanzas normadas por el imperio de la boca: Ah, en la delicia de tu rostro / guárdame, como Nuño escribiera. / Y no acabe en el mundo la música que brota de lo vasto y lo simple / cuando me roza el orden de tu boca. Cada poema aspira, me refiero a los de la primera sección del libro, a que el lector no deje de pensar en lo que acontece dentro de ese bar que puede estar ubicado en cualquier parte del mundo (también está en Macondo, en Placeres, en Mágina, en Yoknapatawpha, en Santa María); el nombre galo es sólo un guiño y nos remite a la historia de  Henri “Papillon” Charrière, convicto en una penitenciaria de la Guyana Francesa, con una mariposa azul tatuada en su pecho. Y todos los poemas en su conjunto, están elaborados sin elementos superfluos, ni extravagancias ni oscuridades retóricas.

Pero poco a poco el lector percibirá que esa jocosidad, que esos poemas de atmósfera, un tanto burlones, aparentemente anticultos, se encaminan de manera recurrente a la literatura, el arte, la psicología y la filosofía. La voz poética comunica al lector experiencias vitales y concretas, mas éste no puede dejar de ser perspicaz cuando la voz plantea un conflicto entre la materia y la forma. En “Iluminación” se replantea una de las obsesiones metafísicas entorno a  la figura simbólica y los significados que encarna “el vaso”, el cual permitió a José Gorostiza plantear especulaciones ontológicas. En Muerte sin fin, el vacío es equiparable a un Dios formador, con un poder intangible. Por su parte, en Bar Papillón y el poema triste se medita sobre un vaso semejante, igual de misterioso, cuyo contenido posee una calidad etérea, que le es útil a la voz poética para darnos a entender que hay forma, y el contenido significa el dilema del hombre, es decir, nuestro propio ser. No obstante, el vaso no deja de ser vertical y ascendente.

Conocí la palabra;
conocí el justo instante del encuentro
con la palabra todo;
supe del más perfecto vacío
ante un rostro dormido que nombraba
la noche, el aire y el silencio altísimo.

(Conocí un vaso solo,
un vaso simple de enmielado cristal,
y en el vaso un sabor de frasco y de noche,
y en un su tocar recóndito
no cabía ya el instante: la palabra
no tenía ya sentido; y el rostro que nombraba
enmudecía perplejo ante el sencillo
modo del ser del mundo en este vaso.) (16)

Esta voz poética que dispara nuestra memoria literaria a cada instante, se asemeja–por otro lado– a las labores itinerantes de los trovadores medievales o rapsodas griegos, quienes  relataban historias lejanas o cantaban canciones de los héroes. De igual manera, ella glosa lo que allí acontece y lo que concurre en el horizonte de sus sensibilidades etílicas y estéticas. Pero no al grado de lo ocurrido con Li Po, poeta de la corte del emperador Ming Huang, famoso por sus borracheras que le ocasionaron la muerte una vez que intentó inútilmente abrazar la imagen de la luna reflejada en el agua, en su afán por apoderarse de un ideal. En ese caso, prefiero disputarle a Bukowski una cerveza en lata (y no el “vaso”), y que la musa venga cuando le dé la gana. ¡Salud y pesetas! No olvidemos que beber es meditar, sin vaso o no.

Bar Papillón y el poema triste
Écrits des Forges / Mantis Editores
Otawsa, Canadá, 2004

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