sábado , 16 octubre 2021
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Joaquín Cosío, el amigo fraterno y su exclamación nostálgica

El afamado actor Joaquín Cosío es un excelente poeta. Su amigo, colega y editor Rubén Mejía escribe a propósito de su más reciente libro, Bala por mí el cordero que me olvida: “Su llanto, el dolor rabioso y a la vez generador de una íntima protesta, es por la ciudad –su Ciudad Juárez– desfigurada, de rostro y espíritu irreconocibles, devastada por la sinrazón, la vileza insondable y la expresión más negra del alma humana”.


Por Rubén Mejía

*


Gracias a un afortunado golpe de dados, nos conocimos en un encuentro de escritores en la ciudad de La Paz, Baja California, hace unos veinticinco años, un largo y azaroso cuarto de siglo. El pequeño José Joaquín, en ese entonces, y yo leímos nuestros textos poéticos, nerviosamente y codo a codo, en la mesa “Chihuahua”. Representábamos al estado grande en el evento cultural que congregaba, por primera vez, a los jóvenes poetas de la frontera norte.  Era el inicio de una supuesta política descentralizadora de la cultura a través de la implementación de programas culturales fronterizos, y los organizadores no tuvieron mejor ocurrencia que enviar a tan importante evento a un nayarita y a un chilango, uno avecindado en Ciudad Juárez y el otro radicado en Chihuahua, de ese modo creían cumplir con su cuota institucional para avalar lo que en ese entonces comenzaba a etiquetarse como “literatura regional” y “cultura fronteriza”.

Compartimos aquella primera mesa en la ciudad de La Paz donde las aguas del golfo, el aire y la ciudad misma parecían suspendidas en la misma transparencia, en completa paz. A lo largo de los años, he compartido con Joaquín, afortunadamente, otro tipo de mesas, sobre todo de los changarros de Azar y en múltiples bares, más aun que los recurrentes ambientes cantineros que aparecen en casi todas sus películas.

Entre las muchas vivencias, recuerdo aquella tarde en su famoso y casi mítico departamento de la avenida Tecnológico de Ciudad Juárez, cuando mi compañera Rosa María preparaba unos exquisitos camarones estilo nayarita para la Raza voraz de la revista Azar y con Joaquín partiendo con un afilado cuchillo rodajas de cebollas, en tanto sus ojos derramaban, por el efecto penetrante de la cebolla, algunas gruesas lágrimas. ¿Puedes imaginártelo?

Les cuento otra anécdota, ésta más reciente. Cuando Rubén Nevárez y yo fuimos invitados a la presentación del libro de Joaquín, no había ejemplares en Chihuahua, sólo conocíamos el color rojo de la portada y el título “Bala por mí el cordero que me olvida”. Y a partir del solo nombre del poemario, comenzamos a elaborar algunas ideas para tener algo qué decir a ustedes. Pensamos primero que podría referirse a aquella película de mariposas, costuras de piel humana y caníbales: El silencio de los corderos oEl silencio de los inocentes. Buscamos el DVD de esa cinta, muy famosa pero ya vieja, y no la hallamos ni en el Mix Up del Fashion Mall. Entonces les solicitamos una copia a los diligentes amigos libreros, los hermanos Rubén y Amador Torres, de las librerías Logos y Kosmos.

Vimos y rememoramos de principio a fin el filme que hizo famoso a Anthony Hopkins. Cuando terminamos de verlo, le dije a Nevárez: “Oye, tal vez no sea precisamente el tema del libro de Joaquín”, pero él, al fin psicoanalista, respondió: “Veo en la película algunas pistas que podrían llevarnos a saber de qué tratan los textos poéticos de Bala por mí el cordero que me olvida”, y, ni modo, seguimos adelante. Yo me puse a leer el extenso ensayo del amigo Roberto Ransom –presentado por Javier Sicilia, el poeta de las caravanas y la protesta social– sobre El silencio de los corderos y Nevárez, en la búsqueda los significados ocultos, comenzó a aprenderse, en inglés, los parlamentos de Hopkins. Debíamos estar preparados.

Pero tuvimos el primer gran desacuerdo. Nevárez decía que la primera palabra del título “Bala” se refería a “balear, tirotear”, y yo sostenía que era del verbo “balar”. Mas él replicaba: “Entonces, ¿por qué el color de la portada es rojo, por qué precisamente rojo? Debe haber alguna relación profunda, clandestina, con su película El Infierno”. Al escucharlo, me di cuenta que estábamos rebasando los terrenos de la especulación y ya bordeábamos el delirio.

Cuando finalmente uno de los editores del libro –no sé si del Distrito Federal, de San Luis Potosí o de Zacatecas– envió a Chihuahua algunos ejemplares, nos percatamos de que no había ninguna referencia a Aníbal Lecter ni a Ernesto Cordero, el exsecretario de Hacienda y precandidato del PAN a la presidencia, ni trataba sobre las aventuras y desventuras del carismático y seductor sicario Cochiloco. Respiramos entonces más tranquilos, qué digo respiramos: casi  balamos…

* *

Dice un amigo maestro que la mejor definición de la nostalgia, del sentimiento nostálgico, son estos versos de un tango argentino: “Vivir con el alma aferrada a un dulce recuerdo que lloro otra vez”… “Vivir con el alma aferrada a…”

El alma de Joaquín Cosío se encuentra aferrada a dios, el Otro, al dios bueno de su infancia como un murmullo o un balbuceo de su primer hogar –la única casa tal vez en su vida, y ya inexistente.

Su yo poético permanece envuelto por el aroma y la luz, a veces oscura, de sus amores diseminados en el tiempo: de los primeros a los últimos, y los que están fuera del mundo, fuera de todo tiempo.

Su llanto, el dolor rabioso y a la vez generador de una íntima protesta, es por la ciudad –su Ciudad Juárez– desfigurada, de rostro y espíritu irreconocibles, devastada por la sinrazón, la vileza insondable y la expresión más negra del alma humana.

Mas al centro de su nostalgia resplandecen los recuerdos dulces de su niñez, y más al centro aún, la silueta de su madre, un mar en su memoria: Marina.

La madre, Marina, es finalmente la casa única, las arenas del mar y el desierto que se mezclan entre sí, ilimitadas. Es también el dolor físico, aullante, por la infancia y la ciudad perdidas. Es el plexo pleno, concentrado, pero que irradia solarmente en todos sus amores. Es la reverberación del instante y la evanescencia de un universo, la exclamación nostálgica.

Un presente lejano que el poeta pone ahora en tus manos, lector. 

 

[rubén mejía]

– Texto más o menos leído el 3 de octubre en la presentación del libro Bala por mí el cordero que me olvida (Sin Nombre/Nod/Taberna literaria/Ichicult 2011) de Joaquín Cosío en la Feria del Libro Chihuahua 2011.

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