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Gregorio Ortega y el imperio de la incompetencia

En “Las muertas de Cd. Juárez: El caso de Elizabeth Castro García y Abdel Latif Sharif”, Gregorio Ortega ha redefinido los términos del “reportaje incisivo”, del “profesionalismo periodístico brillante”: es la literatura del que por flojera sueña que investiga. Es la argumentación ambigua, pobre y desvirtuada de un reportero en declive. Gracias a Ortega, Sharif se ha convertido en La Causa Perdida, en el homicida que busca simpatías atacando la Memoria de sus víctimas.


Por José Manuel García-García

Ficha bibliográfica.- Las Muertas de Cd. Juárez: El caso de Elizabeth Castro García y Abdel Latif Sharif; libro-fraude escrito por Gregorio Ortega y publicado en septiembre de 1999 por Distribuciones Fontamara, S. A.

“Nunca juzgues un libro por su hechura”.- Buen diseño: 143 páginas, mil ejemplares, seis secciones, y más de doce páginas de comerciales Fontamara. Información de Solapas. – Hay una foto de Gregorio Ortega. Es un hombre regordete y cincuentón. Firme en su Currículum literario: tres libros de ensayos, cuatro novelas, añejo periodista, exdirector del suplemento político de Unomásuno (1993-1998), Y actual jefe de prensa de la alicaída TAESA. Como reportero, le dieron el Pagés Llergo en 1996.

Clasificación literaria del libro.- La gran veterana del comentario fácil, doña María Luisa Mendoza (alias la China), dictaminó en la contraportada que “es una gran crónica”, “un incisivo reportaje” escrito con “profesionalismo periodístico brillante”, de prosa “responsable y piadosa”. Y que el autor Ortega supo la forma de morir de cada una de ellas [ide las 200 muertas!] y hasta supo a qué olía el paisaje de la urbe pervertida” de Cd. Juárez. En palabras menos eufóricas, pero precisas, estamos ante un reportaje periodístico acerca de las Muertas de Ciudad Juárez.

Pero. – Gregario Ortega se tarda 5 páginas para establecer sus premisas literarias. Primero nos da una semblanza de los personajes principales de la historia: Rogelio y Agustín. Se trata de dos viejos amigos que apuestan a que Rogelio intentará demostrar la inocencia de Sharif. El reportaje es, entonces, un juego literario acerca de una apuesta. Los demás capítulos serán las pruebas que Rogelio aporte en defensa de Sharif.

Capítulo 1, “Desafiar la noticia”.- En el primer párrafo del libro, Agustín reta a Rogelio para que éste defienda a Sharif: 11M ira Rogelio, estás fregado. No de ahora, empezaste a estarlo cuando decidiste creer tus propias mentiras. No eres sino un periodista mediocre. Te has dejado inducir por lo peor del poder. Ni investigas, no haces reportaje, nada escribes sino lo puesto en tus manos para servir intereses ajenos…” (11). Cual momia de Guanajuato, Rogelio despierta de su letargo y se pone a defender al Egipcio (“hubo 12 muertas antes de que él llegara a radicar a Juárez, en mayo 14 de 1994” 17). Agustín lo tranquiliza, le advierte que las mujeres no son importantes: “No hables de cifras, no busques los nombres de las ejecutadas, ya no importan, están muertas” (17). Y ya más en forma, Rogelio comienza su magistral defensa del Egipcio.

Capítulo 2, “Vivir en Cd. Juárez”.- Rogelio emprende su nueva vocación abogadil. Quiere comenzar su defensa atacando. Primero se lanza contra Cd. Juárez. Se inventa una “16 de septiembre” con “prostitutas” que “andan sueltas y libres como caballos”, “dueñas de sus propios frenos” (22). Son manadas de mujeres en porno-estampida nocturna. Son DF-cantes imágenes imágenes fóbicas: los juarenses practican la prostitución “en todos los niveles y en todos los sentidos: infantil, hetero y homosexual, de zoofilia dirigida, y necrofilia pagada”, “con niñas prostitutas y clubes pedófilos” (22). Los acusa de ser “cómplices de los monstruos que han creado, y de las situaciones toleradas… M no quieren ver a las víctimas, porque todos ellos son los victimarios” (32). En su atropellado fraseo llega incluso a señalar a los “organismos no­ gubernamentales” de ser cómplices de la prostitución galopante (ver página 22).

Aunque después, cansado, pero confeso, Rogelio dice que sólo conoce a Juárez de oídas: vino a esta ciudad dos veces, una en 1959 (como parte de la caballada política de esa época), y otra en 1997, cuando se entrevistó con su cliente en el Cereso. Agrega, además, no haber investigado nada directamente, debido a que “fue despedido por irresponsabilidad derivada de la bebida” (25), y no tuvo dinero para viajar a Juárez; en consecuencia, su archivo consistía en algunos recortes de periódicos, algunas cartas de su cliente, algunas declaraciones oficiales, algunas fotocopias del proceso legal de Sharif, y un mapa de las muertas publicado en El Diario de Juárez (25). ¿De dónde sacó entonces las entrevistas y demás pruebas a favor de Sharif? Ustedes, como yo, no lo van a creer: Rogelio simula ataques de narcolepsia dirigida, y sueña que viaja a Juárez; sueña (de veras), dice que sueña que entrevista a un guardia del Joe’s Place (8 inútiles páginas) y a El Diablo, en “Chula (sic) Vista Mall” de “El Paso del Norte” (sic). A carcajada limpia leí cómo Sergio, El Diablo, culpaba (en tono de sociólogo chafa) a los juarenses por todos los crímenes cometidos en nuestra frontera (¡10 páginas de incompetencia literaria para recrear a un personaje norteño!)

El capítulo termina en melodrama; a Rogelio le duele “la fauna mortuoria” juarense: “los esfuerzos para desligarme del horror de los asesinatos son infructuosos. Noche y día, dormido y despierto, en el trabajo y en el coche, haciendo el amor y postrado ante el altar de Dios… sufro”.

Capitulo 3. “El egipcio”.- Es la sección que debió ser la más fuerte del libro; pero Rogelio la desperdicia soñando que defiende a su defendido, confundiendo a cada paso, “el sueño con la realidad” (43), convirtiendo su defensa en auto-ataque. Pobre Egipcio. Lo claro de estas 64 páginas es que Sharif (según Sharif) fue ilegalmente retenido en la cárcel para ser consignado por un crimen sin pruebas ni cuerpo del delito.

Pero dejemos que Rogelio inicie su cuesta arriba en materia de litigio. Primero hace una apresurada lista de “las asesinadas entre mayo de 1993 y mayo de 1994” (2 páginas). Después transcribe el dictamen del Juez Quinto de lo penal que niega “la orden de aprehensión contra Sharif’. Luego, pasa a dejar claro que Sharif no tiene dinero (“mis últimos 14 mil dólares los cobraron Mario Chacón y Jesús Martínez, después me dejaron solo”). Rogelio también le aclara a la “moralista sociedad juarense” que Sharif no tiene “un enorme pene” (48), dato que al autor le parece un argumento que podría favorecer a su defendido. En la entrevista a Sharif (que Rogelio no sabe si recuerda y/o imagina), el egipcio ningunea a Los Rebeldes: “con mis estudios y preparación no tengo nada qué ver con ese tipo de gentes (51). Y vuelve a señalar a Alejandro Máynez como “el verdadero culpable” de “una de las muertes no aclaradas” (52). Así las cosas, Rogelio pasa a imaginar (o a recordar, él mismo no sabe), una conversación que tuvo con el ex-abogado de Sharif, Maximino Salazar. Éste, dice: Sharif fue acusado de matar a Elizabeth Castro García, pero el cadáver encontrado no es el de Elizabeth (10 páginas de lo mismo). Conclusión de Rogelio: Sharif es reo de presiones políticas y/o porque las autoridades actuaron “para proteger los intereses de los verdaderos asesinos” (64).

Luego, Rogelio pasa de lleno a las transcripciones comentadas. La primera es una entrevista al ex-procurador de Justicia, Jorge López Molinar (tomada de El Diario, 28 de abril 1997): “ahora somos más eficaces y profesionales que antes”. “La información pública entorpece la investigación”. “Muchos crímenes se resuelven por la indiscreción o la casualidad”, etc. La segunda transcripción corresponde a una airada carta de Sharif contra la Juez Séptima de lo penal (15 de junio 1998). La tercera transcripción es otra carta de Sharif (15 de junio de 1998), enviada a la Presidenta de la Comisión Nacional de Derechos Humanos. Sharif solicita que se re-examine su expediente y que se le permita ser entrevistado por el criminólogo Robert Ressler. La cuarta transcripción es de otra carta de Sharif al ex-gobernador Francisco Barrio. Rogelio anota que es “una carta extraña, porque pide clemencia y acusa al mismo tiempo. Parece que por unos meses o años, el deporte favorito de Sharif Sharif fue acusar a Francisco Barrio de todas las contingencias por él pasadas” (93). La quinta transcripción es el artículo que Rogelio (¿Ortega?) publicó a principios de 1998 en Unomásuno. Es una defensa apasionada y retórica a Sharif. y la última transcripción corresponde a una carta de Sharif a Rogelio (¿Ortega?). En ella, Sharif da las gracias a Rogelio, y de paso, denuncia a su ex-abogado (desapareció misteriosamente “durante las 10 horas críticas, cuando el Quinto Juez penal ordenó mi liberación”). Esta carta es el anzuelo con que Sharif pesca a Rogelio: “fundé mi propia compañía para fabricar y comercializar algunos de mis inventos”, “tengo cerca de 20 patentes americanas a mi nombre; algunas de ellas se registraron en países importantes como Inglaterra, Francia y Alemania”, “los átomos y las moléculas se mueven de una manera fascinante cuando los puedes convertir en dólares” (105). .Sharif seduce al hambriento. Y para que no existan dudas, Rogelio aclarar que no ha recibido dinero de Sharif: “¿Qué podía o puede darme ese hombre, que no sea la satisfacción de verlo libre, al confirmarse mi hipótesis -por cierto, cada vez menos sostenible- de que es inocente” (106). Con abogados como estos ¿para qué quiere uno fiscales?

Capítulo 4, Morir en Cd. Juárez.- Son 24 hojas para taparle el ojo al macho. Rogelio hace, cambia, retoca, duda y vuelve a hacer “un listado de las muertas de Juárez”. El pobre está ante un grave aprieto: “por falta de recursos para trasladarme a Cd. Juárez y el tiempo necesario para efectuar entrevistas de los familiares de las víctimas, y de algunos periodistas u otros miembros de la sociedad interesados en el caso” (108), debe inventarse una última, pero definitiva entrevista. Sueña (otra vez) que llega a Juárez y habla con (José) Pérez Espino. Por las primeras cinco páginas describe 7 casos de mujeres asesinadas. Al llegar al octavo caso, Rogelio se cansa, se fastidia, todo le parece inútil. La verdad es que está enredado con tanto nombre (“termino por entrar de lleno a la confusión” 112), ya no sabe cuántas muertas van, ni cuándo las encontraron, ni cómo las mataron… Toma un descanso, y vuelve a describe otros 4 casos. ..Y se cansa otra vez. Se sabe agotado; ha llegado al punto en que ya no da una “desde el punto de vista periodístico e intelectual” (115). Y en gesto de gran “profesionalismo periodístico brillante”, el abrumado Rogelio opta por apropiarse del extenso trabajo periodístico de Pérez Espino, y transcribe a trompicones la conocida lista de muertas que JPE publicó en El Diario en 1996. Y así es como culmina la gran contribución de Gregario Ortega al periodismo nacional que tanto admira la jurásica China Mendoza.

Capítulo 5, Elizabeth Castro García.- En este capítulo, Rogelio, usurpa las funciones de la policía, y regaña a los familiares de la víctima; los familiares son los únicos que pueden sacar a Sharif del fresco-bote. Y los conmina a que “digan la verdad acerca de cómo y por qué identificaron un cadáver que aparentemente no es el de Elizabeth” (130). Después, pasa a justificar el título del libro, le dedica 1 O fantasiosas páginas a Elizabeth Castro García. Y Rogelio vuelve a mentir con la verdad: jamás entrevistó a ningún pariente de la muchacha, nunca supo nada de la joven, pero “desde su cubículo” en el DF, se inventa su propia Elizabeth, quiere “saber si antes del ataque que la llevara a la tumba era doncella [sic de caballero andante], o había perdido la virginidad en una aventura adolescente” (134). ¿Por qué le inquieta a Rogelio la virginidad de Elizabeth, si nunca fue argumento de litigio? De cualquier forma, tenemos a Rogelio que se sueña caminando junto a Elizabeth, ella conversa, mientras a Rogelio se le rebelan sus hormonas, se le aceleran sin freno: “Sí, Elizabeth Castro García es una pieza apetecible, no sólo por la promesa de un cuerpo turgente, sino por esos modales muy suyos que la convierten en algo más que una lolita… en una inocencia que únicamente perdería al entregar su virginidad” (138). Todo esto escribe Rogelio con la mano que le queda libre. Por fortuna, Elizabeth llega a su casa, y Rogelio se topa con la madre de la joven: “mi corazón se carga de hielo cuando estoy frente a su madre…” (140). Es la mujer qua, según Sharif, no quiso hacerse las pruebas del DNA para no perder “el seguro de vida que la maquiladora había comprado para su hija desaparecida” (140). Fin del capítulo “Masturbaciones de un cincuentón empedernido”.

Su conclusión.- Rodeado de sus amigos-del-alma, y en tono quejumbroso, Rogelio hace un balance de sus investigaciones oníricas. Sus amigos lo “tildan de loco, de ineficiente, de impreparado” (141). Pero al final lo perdonan, y hasta se abrazan melodramatizados porque “nadie sabe dónde encontrar a Elizabeth Castro García, o su cuerpo”; y porque Sharif “seguramente morirá en la cárcel” (143).

La mía.- Gregorio Ortega ha redefinido los términos del “reportaje incisivo”, del “profesionalismo periodístico brillante”: es la literatura del que por flojera sueña que investiga. Es la argumentación ambigua, pobre y desvirtuada de un reportero en declive. La prosa de Ortega nos recuerda la historia de aquél que nació para defender con negligencia incompetencias. Puro humor involuntario, pura vergüenza ajena. Rogelio (alter-ego de Gregario) se convierte en el abogado del diablo, el defensor que duda en voz alta de sus propias convicciones y se ufana de su falta de fe en la causa que defiende, y se regodea con las contradicciones personales que a cada paso encuentra. Es el abogado que a nadie le deseo, el litigante que declara abiertamente sus incertidumbres, su propia mediocridad (periodística), y su extraño empeño en mal defender causas perdidas. Y ya sin pasión ni elocuencia envía al lector a la pasiva aceptación de un destino sellado. Gracias a Ortega, Sharif se ha convertido en La Causa Perdida, el desesperado fabricante de culpables, el homicida que busca simpatías atacando a la Memoria de sus víctimas. La ineficacia de ese investigador condena al defendido.

(Septiembre de 1999).



Las muertas de Cd. Juárez:
El caso de Elizabeth Castro García y Abdel Latif Sharif

Gregorio Ortega
México, Distribuciones Fontamara, 1a. ed., 1999, 145 p.
ISBN: 968-476-320-4

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