domingo , 17 octubre 2021
Home » Libros » Enrique Cortazar y la poética de la melancolía

Enrique Cortazar y la poética de la melancolía

Crepúsculo en las calles Enrique Cortazar

La poesía de Enrique Cortazar (Chihuahua, 1944) “capta paisajes exteriores, y también los paisajes del alma. Sin llegar a ser un pesimista irremediable y confeso, la voz que emerge de sus poemas revela siempre un tono melancólico, pero sin renunciar jamás a la vida”, dice el autor, a propósito del libro Crepúsculo en las calles, que reúne cinco libros del poeta en una edición bilingüe francés-español.

Por Antonio Moreno Montero

Han pasado más de tres décadas desde que Enrique Cortazar (1944) publicara su primer poemario en una editorial de Ciudad de México: Mi poesía será así (Diana, 1976). Vivía los tiempos de su segunda juventud, es decir, con una vitalidad contenida y sosegada que coincide con el tono crepuscular de los poemas. Publicar en esos años en el Distrito Federal en una editorial destacada, además de hazaña, implicaba prestigio y distinción para un poeta chihuahuense como él.

No es el típico cajón de sastre, atiborrado de retazos y pespuntes, sino un poemario que anticipa y empieza a moldear el timbre de una voz que se volvería inconfundible no sólo en Otras cosas y el otoño (Diana, 1978), sino en sus libros posteriores como Poemas legibles (1983) y La vida escribe con mala ortografía(1987).

Prevalece en todos ellos la visión de mundo de un poeta que siempre ha valorado la vida por sobre todas las cosas. Para Cortazar no hay acto más edificante que celebrarla como un gozo y también como un dolor.

Este doble propósito de su poesía, que es la parte fundamental de toda su obra, se desprende o se ramifican la solidaridad humana, el amor abarcador más allá del abrazo o la mirada, el paso del tiempo y la memoria con sus caprichos. El poeta escribe siempre con la autoconciencia de no deslindarse de las experiencias vitales que comparte con los otros.

Su primer libro presagia toda su obra; y así, el segundo como el tercer libro continúan bajo esa misma liturgia sacralizadora del acto de vivir, bajo el imperio de los sentimientos más nobles, del instante en que los cuerpos desnudos chocan y se estremecen, del ruido emitido por la hojarasca tras el impacto de los pies descalzos y del paisaje captado en un arrebato de lirismo para darle intensidad a la voz poética.

La fuerza de ese lirismo nos hace recordar a uno de sus queridos maestros, el poeta español Ángel González, con quien Cortazar entabló una amistad profunda en Albuquerque, Nuevo Mexico. Como su maestro, la poesía de Cortazar capta paisajes exteriores, y también los paisajes del alma. Sin llegar a ser un pesimista irremediable y confeso, la voz que emerge de sus poemas revela siempre un tono melancólico, pero sin renunciar jamás a la vida, pese a las limitaciones. Esta condición del poeta, de suscribir tanto la vitalidad como la congoja, no está exenta de tribulaciones ni mucho menos su discurso se despliega al margen de las contradicciones y paradojas a las que se enfrenta el hombre día a día.

Cortazar tiene, por otro lado, su lado festivo e irónico hacia posturas metafísicas imposibles de contravenir. En Heraclitiana, poema mitad haiku mitad tanka, capta con certeza y simplicidad la espiritualidad del transcurrir del tiempo en las tierras áridas que podrían ser las del norte de México:

En el desierto
uno siempre se baña
más de dos veces
en el mismo frío.

No se circunscribe a un solo registro ni se aferra a los tonos que emplearía para evocar las tensiones del espíritu, la crisis de la fe ante el esplendor que irradia el atardecer o las dubitaciones del corazón que desea (como hipérbole) todas las mujeres del mundo. Esos versos muestran y reafirman la relación que sostiene el poeta entre la percepción física y la visión metafísica de la vida, aderezada de esa carga irónica que impone voluntaria o involuntariamente el mundo cotidiano, del cual la poesía de Cortazar nunca se aleja de él.

Este poema fue incluido en la edición bilingüe (español-francés) titulada Crepúsculo en las calles (2008), que reúne cinco de sus libros: la primera parte abre con La vida escribe con mala ortografía, después continúa con tres poemarios publicados en la década de los noventa: Ventana abierta (1993), Suicidio aplazado (1994), Variaciones sobre una nostalgia (1998), y cierra con Vivir del otro lado, que es un poemario inédito.  Puede decirse que  la publicación es un homenaje a su trayectoria, a su sensibilidad y a sus intuiciones, con las que ha apostado a  la reconciliación de las emociones porque la muerte, como ese río de Heráclito del cual alude en ese poema tan breve como la respiración de los niños, no para de fluir y es inevitable. Cada poema suyo, aunque celebre el deseo y la condecoración de la cúpula como si fuera (lo es y lo seguirá siendo) la conquista más alta de ese deseo, nos advierte como lectores que para alcanzar el equilibro de las emociones, antes de que lleguen las especulaciones de toda índole, es necesario aceptar nuestra condición de seres mortales.

Este libro cargado de armonía y de un equilibro placentero a final de cuentas, fue publicado bajos los sellos editoriales de Écrits des Forges, una editorial quebequense, y Mantis Editores, del poeta Luis Armenta Malpica. La traducción al francés estuvo a cargo de la poeta y traductora Françoise Roy.

Tal vez te interese...

Del desierto al libro: El libro vacío/Los años falsos de Josefina Vicens, por Virginia Cosin

El Fondo de Cultura Económica recupera dos novelas breves que, hasta hace muy poco, eran prácticamente inhallables y constituyen casi la totalidad de la obra de la escritora mexicana Josefina Vicens. Una obra breve, una autora de culto.

Powered by themekiller.com