sábado , 16 octubre 2021
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El vendedor de sueños

Detrás del “Dream Act” está la historia de millones de jóvenes que llegaron a Estados Unidos cuando eran niños. de la mano de sus padres, sin los papeles necesarios. Muchos no han conocido otro país en su vida, van a la escuela, juran lealtad a la única bandera que conocen, cantan el único himno nacional que saben, hablan inglés y aún así no tienen un futuro en Estados Unidos. El siguiente es un fragmento del tercer capítulo del libro Dreamers. La lucha de una generación por su sueño americano (Editorial Océano, 2013), de la periodista Eileen Truax, quien hace un retrato puntual sobre la situación y lucha de millones de inmigrantes.

Por Eileen Truax

Richard ‘Dick’ Durbin parece un vendedor de seguros. No es muy alto, no es corpulento y no habla fuerte, pero la imagen que proyecta lo hace parecer tan confiable que uno le compraría lo que fuera. Entre todos los oficios a los que se pudo haber dedicado usando esa imagen de hombre de fiar, Durbin se decidió por la política. El senador de Illinois tiene 67 años, tez blanca, pelo cano y sonrisa amable. Los surcos que acumulan los rostros a lo largo de décadas en su caso se concentran alrededor de los ojos y a los lados de la boca, lo que me hace pensar que es más lo que le ha provocado una sonrisa que lo que le ha hecho fruncir el ceño. Durbin suele vestirse con traje obscuro y corbata roja o azul. Se mueve con naturalidad, como si no tuviera prisa, lo mismo para subir a la tribuna del Senado, del cual ha sido miembro durante los últimos quince años, que para llegar a un evento en donde las cámaras y los reporteros ya esperan por él.

El 20 de septiembre de 2011 Durbin recorrió la alfombra azul de la cámara de sesiones del Senado, se dirigió a la tribuna cargando una enorme fotografía de una chica, y empezó a hablar por enésima vez a sus compañeros en la Camara Alta sobre la necesidad de aprobar el DREAM Act, la ley que permitiría que los jóvenes indocumentados que llegaron a Estados Unidos cuando eran niños puedan regularizar su situación migratoria. Vistiendo un traje gris en esta ocasión, camisa blanca y corbata azul, el hombre con rostro de vendedor convincente se preparó para, una vez más, intentar la venta que no ha podido cerrar.

–Hace diez años presenté el DREAM Act, una importante iniciativa de ley para miles de personas en Estados Unidos que  literalmente viven sin estatus, sin un país. El DREAM Act dice que si tú viniste siendo menor de edad, si has vivido en Estados Unidos por largo tiempo, si tienes buen carácter moral, si terminaste la preparatoria, si estás dispuesto a terminar dos años de universidad o de servicio en las Fuerzas Armadas, tendrás la oportunidad de legalizarte en Estados Unidos. Los jóvenes beneficiados por esta ley muchas veces no han conocido otro país en su vida; van a la escuela, juran lealtad a la única bandera que conocen, cantan el único himno nacional que conocen, hablan inglés y aún así no tienen un futuro en Estados Unidos porque no tienen país. Porque sus padres los trajeron de niños y no lo hicieron con los documentos necesarios, no tienen país y no tienen futuro; el DREAM Act les da una oportunidad de sobresalir y probar que pueden hacer de esta una mejor nación.

Durbin entonces levantó la fotografía y mostró el rostro de una chica india: pelo negro y largo, piel obscura, cejas pobladas, ojos luminosos y una enorme sonrisa. La imagen llenó la sala y el senador contó su historia.

***

Mandeep Chahal llegó a Estados Unidos proveniente de India cuando tenía seis años de edad. Hoy tiene 21 y ha vivido siempre en el área de la Bahía de San Francisco en el estado de California. Por donde se la vea, la chica es una eso-ella. Es una estudiante de excelencia en la Universidad de California Davis, en donde aspira a convertirse en médico, y se ha enfocado en las especialidades en neurología, fisiología y estudio del comportamiento, pero también tiene una faceta de servicio público y de ayuda a la comunidad. Cuando estaba en la preparatoria, Mandeep ayudó a fundar una organización llamada “Un dólar por la vida”, destinada a aliviar la pobreza. Cuando en su salón hubo que elegir al alumno “con mayores probabilidades de salvar al mundo”, Mandeep obtuvo la mayoría de votos. Una vez que inició sus estudios profesionales se incorporó a la organización antigenocida STAND y pronto se convirtió en su copresidente.

A pesar de su potencial, a Mandeep le fue iniciado un proceso de deportación junto al resto de su familia en 2010. La reacción de Mandeep y de decenas de amigos que la apoyaron circuló de la mejor manera que conocen estos chicos: a través de Facebook. Expusieron su caso, solicitaron ayuda y la respuesta fue sorprendente: cerca de 20 mil personas enviaron mensajes al Departamento de Seguridad Interna pidiendo que se detuviera su deportación. El día en el que estaba programada su salida del país, Mandeep y su familia recibieron una prórroga de un año para permanecer en él. La chica entonces escribió una carta a Durbin.

“He vivido durante catorce años en Estados Unidos y considero que este es mi hogar. Mi familia, mis amigos y mi futuro están en Estados Unidos, el sitio al cual pertenezco. Mi sueño es convertirme en pediatra para poder tratar a las personas más inocentes e indefensas entre nosotros. Espero servir a las familias de comunidades de bajos ingresos que de otra manera no podrían costear atención médica. Deseo quedarme en Estados Unidos para continuar haciendo una diferencia y para regresarle a mi comunidad parte de lo mucho que me ha dado”.

En octubre de 2012 el Center for American Progress, una organización no gubernamental, hizo públicas las cifras que sostienen que el DREAM Act no es sólo una ley en beneficio de los jóvenes inmigrantes indocumentados, sino que de hecho es un buen negocio para todo el país.

Un informe que circuló por todos lados, y que hizo que los partidarios y detractores de la iniciativa volvieran a levantar la voz y a llenar las redes sociales y los blogs con el tema, estima que en Estados Unidos hay cerca de 2.1 millones de jóvenes que podrían cumplir con los requisitos para beneficiarse del DREAM Act de manera inmediata o en unos años, y que la incorporación de estos chicos al sector económico formal del país representaría el ingreso de más de 300 mil millones de dólares para la economía estadounidense en una proyección al año 2030, así como la creación de casi un millón y medio de nuevos empleos y el incremento en ingresos para el gobierno federal en más de 10 mil millones de dólares.

Dado que los Dreamers no se encuentran distribuidos de igual manera en todas las regiones, algunos estados se beneficiarían más que otros. Sin embargo, de acuerdo con el reporte, no hay un estado que no se beneficie con la aprobación del DREAM Act.

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El recurso de mostrar tina fotografía gigante en pleno del Senado estadounidense se ha vuelto ya una rutina para el senador Durbin. Durante los últimos meses ha llevado ante los legisladores más de 50 historias de jóvenes Dreamers con el objetivo de poner un rostro a su iniciativa congelada por todo lo que va del siglo veintiuno. El vendedor, con su rostro apacible y su voz que no se altera, muestra la imagen de una sonriente chica latina que porta gafas y toga y birrete de graduada, e insiste en contar su historia. Fanny Martínez fue traída a Estados Unidos desde México cuando tenía 13 años de edad. Su familia llegó a vivir a la ciudad de Addison, Illinois, en donde la chica cursó la preparatoria con calificaciones impecables. En 2010, Fanny se graduó summa cum laude, con el promedio más alto, de la carrera de Sociología en la Universidad Dominicana en River Forest, Illinois, y decidió continuar sus estudios de maestría en la Escuela Harris de Políticas Públicas en la Universidad de Chicago.

Fanny está casada con David Martínez, un joven estadounidense que ha servido en la reserva de las Fuerzas Armadas durante ocho años. El día que Durbin mostró la imagen de Fanny ante los senadores, David se encontraba en una misión en Afganistán. “Mientras David defiende a nuestro país, su esposa podría ser deportada”, espetó Durbin.

El caso de Fanny y David no es poco común. El sistema de inmigración estadounidense es uno de los más ineficientes del mundo. La prueba de ello es el enorme retraso en los casos de petición de familiares por parte de ciudadanos o residentes en Estados Unidos, de manera que en ocasiones, aunque exista una posibilidad legal para que una persona regularice su situación migratoria en el país, la lentitud del proceso y la alta demanda en el servicio hace que la culminación de la petición sea prácticamente inalcanzable. El reporte más reciente del Foro Nacional de Inmigración indica que si un ciudadano hace una petición de legalización para su esposa o para un hijo menor de edad el caso tardará algunos meses, pero si la hace un residente legal –y este es el caso de una gran parte de los inmigrantes, que cuentan con una green card, no con un certificado de naturalización–, el proceso tomará al menos dos años y medio. Si el hijo es mayor de 21 años, este lapso se extiende hasta los siete años, y si se trata de un hermano, hasta los 11 años y medio.

Si estas cifras plasmadas en papel por las organizaciones que hacen análisis de datos desde sus oficinas son alarmantes, la realidad allá afuera lo es aún más. En las protestas que hacen los Dreamers nunca falta la persona que les dice que se formen en la fila junto con los miles de personas que desean venir a Estados Unidos legalmente; sin embargo, esa fila no es una opción real. Algunos muchachos cuyos padres ya son residentes legales han comentado que sus casos de petición llevan 10, 15, 18 años en espera, y que de acuerdo con el calendario aún no está cerca su resolución. A mediados de 2012 las autoridades de inmigración se encontraban desahogando las solicitudes presentadas en 1996. En este cuello de botella se encuentra el caso de Fanny.

El nombre completo de la ciudad de Los Ángeles siempre me ha parecido un poema. El Pueblo de Nuestra Señora la Reina de los Ángeles del Río de Porciúncula fue el segundo fundado por los españoles durante la colonización de la Alta California, en 1781. El Pueblo, como se conoce ahora al grupo de construcciones de ladrillo y adobe que en esa época eran el corazón de la ciudad, está integrado por una plaza con un kiosco, un callejón llamado Olvera Street, algunos edificios históricos, y el templo de Nuestra Señora Reina de Los Ángeles. Por su semejanza con la imagen idílica de las plazas centrales de los pueblos mexicanos –personas caminando alrededor del kiosco los fines de semana, vendedores de globos, músicos ambulantes– la gente se refiere a este sitio como Placita Olvera, y al templo como la iglesia de La Placita.

Más allá de su importancia religiosa, la iglesia de La Placita tiene una historia fuertemente vinculada con la comunidad inmigrante de Los Ángeles. En 1910 el papa Pío X garantizó a todos los mexicanos el derecho a casarse, ser bautizados y recibir otros servicios religiosos en La Placita, debido a que en otras parroquias de la ciudad les resultaba difícil por enfrentar discriminación debido al idioma. Durante la década de los ochenta, cuando la ola de refugiados de la guerra civil en El Salvador llegó a esta ciudad, La Placita fue el primer templo católico en declararse un santuario para los inmigrantes. Bajo el liderazgo del padre Luis Olivares, la iglesia albergó por las noches a cerca de 200 personas desafiando la prohibición gubernamental de dar asilo a inmigrantes indocumentados. El Movimiento Santuario tomó un nuevo impulso tras el endurecimiento de las leyes migratorias en Estados Unidos después de los atentados del 11 de septiembre de 2001, y particularmente después de las marchas proinmigrantes del 2006; entonces el templo volvió a albergar a inmigrantes indocumentados con órdenes de deportación.

Con esta historia en su haber, La Placita también se ha convertido en el lugar ideal para realizar los grandes anuncios relacionados con temas migratorios o con la comunidad mexicana. Aquí es donde líderes de varias iglesias anunciaron una alianza ecuménica para apoyar una iniciativa de reforma migratoria en 2006; donde activistas han realizado huelgas de hambre para pedir el freno a las deportaciones, y en donde el poeta Javier Sicilia realizó sus reuniones comunitarias a mediados de 2012 con su Caravana por la Paz.

A principios de octubre de 2012 uno más de estos anuncios se realizó en la iglesia de La Placita Los medios frieron convocados por el grupo Latinos por Obama, voluntarios que buscaban engrosar la participación electoral de este grupo étnico y que hacían campaña por la reelección explicando los beneficios de la plataforma del gobierno Obama a favor de los latinos en contraste con la de su oponente, el republicano Mitt Romney. Ese día, Latinos por Obama tuvo como orador estelar al congresista Dick Durbin.

Durbin entró en la explanada de la iglesia de La Placita con su andar firme y pausado. El traje azul marino impecable, de botones dorados, le daba un toque sobrio que contrastaba con el rostro amable. La corbata rojo escarlata completaba el atuendo perfecto para la foto. Era la primera vez en los 11 años que lleva cabildeando el DREAM Act que Durbin asistía a un evento de este tipo en Los Ángeles. Tenía que estar en riesgo la continuidad del proyecto Obama, tenía que existir la amenaza de que regresara a la Presidencia un republicano como Romney, abiertamente opuesto al DREAM Act, para que Durbin viajara a La Placita a hablar de la importancia del voto latino.

Durbin se dirigía a una comunidad escéptica. Durante su campaña a la Presidencia Barack Obama se manifestó abiertamente a favor de la aprobación del DREAM Act y ofreció que una de las primeras acciones de su gobierno sería impulsar la aprobación de una reforma migratoria integral en el Congreso. No sólo ninguna de las dos cosas ocurrió durante su primer término como presidente, sino que su gobierno ostenta el récord del mayor número de deportaciones de indocumentados: cerca de un millón y medio durante sus primeros cuatro años. Entre la comunidad latina, a Obama se le conoce con el sobrenombre de deporter in chief. Así que, ante la crisis, el Partido Demócrata decidió recurrir a su mejor vendedor. Aunque hasta el momento no haya logrado cerrar la venta.

(Eileen Truax, Dreamers, Editorial Océano, Ciudad de México, 236 p.)

La periodista Eileen Truax nació en la Ciudad de México en 1970. Fue reportera del diario La Opinión de Los Ángeles seis años y dos jefa de información online de Impremedia, la empresa a la que pertenece ese diario y otras publicaciones en español.

En 2010 fue electa directora de medios en español de la Asociación Nacional de Periodistas Hispanos en Los Ángeles (NAHJ-LA).

Actualmente colabora en las revistas Gatopardo y Obras del Grupo Expansión; el suplemento “Enfoque” de Reforma y, en Estados Unidos, publica todos los miércoles la columna “Si Muero Lejos de Ti”, en Huffington Post Voces.

Su sitio web es: www.eileentruax.info

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