martes , 21 noviembre 2017
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Paulino Vargas: el biógrafo del narco

Paulino Vargas cantó para generales, presidentes de la República, policías y narcotraficantes. Todos lo respetaban, aunque fue víctima de censura y estuvo preso por sus letras que narran la industria del contrabando. Su historia es de película. Amado Carrillo Fuentes, El Señor de los Cielos, le pidió un corrido. Pero él se negó. Amenizó la reunión en la que Caro Quintero y Félix Gallardo hicieron tratos con el agente encubierto de la DEA, Enrique Camarena, cuya celada le costó la vida. La vida secreta del compositor y acordeonista, quien inventó el género del narcocorrido e hizo famoso a Los Tigres del Norte, es narrada por sus hijos y excompañeros.

Por Cyntia Moncada

En algún lugar del Pacífico, el sonido de un acordeón se retorcía al compás de una polca. Corría el año de 1984, dos de los narcotraficantes más poderosos del país, Rafael Caro Quintero y Miguel Félix, cerraban un cuantioso negocio con un tal Enrique Camarena.

Paulino Vargas y sus Broncos de Reynosa amenizaban la reunión con canciones lastimosas de hombres valientes y traiciones. Cuando acabó el espectáculo, Paulino se les acercó y les dijo: “Yo no sé que negocio traigan, pero a mí se me hace que ese señor les va a jugar chueco”. No se equivocó. La historia terminó como casi todas: en un corrido.

Paulino Vargas, casi nunca buscaba las historias, transcurrían frente a él mientras se balanceaba y taconeaba en un escenario. Desde ahí vio pasar a políticos, empresarios y narcotraficantes, “Yo le toco hasta el diablo, si el diablo me paga”, decía sin empacho.

Estaba convencido de una cosa: “No es un orgullo decir cosas fuertes, pero tampoco es vergüenza decir la verdad”. Así que compuso y cantó narcocorridos hasta sus últimos días. Y cuando no había un espacio para tocarlos, los abría.

Enrique Camarena era un oficial de la Agencia Norteamericana contra las Drogas (DEA) que aparentemente ofreció protección a los capos y luego los delató. Así el ejército pudo arribar al Rancho El Búfalo, en Chihuahua, donde encontraron más de mil hectáreas de mariguana. Así la historia se convirtió en “El Corrido del R-Uno”.

“En la prensa publicaron
por fuente de una embajada
en un rancho del desierto
allá en Búfalo, Chihuahua
había diez mil toneladas
de la famosa manzana”

El descubrimiento tuvo un gran impacto en el narcotráfico mexicano, además de la pérdida de unos 8 mil millones dólares. Caro Quintero y Miguel Félix fueron arrestados. Al primero: “Lo hallaron en Costa Rica, en un castillo muy caro”, dice el corrido.

Ante esta situación los principales líderes de la droga optaron por un trato: dividir el territorio mexicano. Así surgieron los cárteles de Tijuana, Sinaloa, del Golfo y el de Juárez (El Universal, 10 de junio de 2007).

La censura de “El corrido del R-Uno”–incluido en Corridos prohibidos (1989) un disco que el mismo Vargas produjo a los Tigres del Norte– no fue una novedad. Quince años antes, una canción era excluida por primera vez de todas las estaciones de radio y de la televisión: “La Banda del Carro Rojo”.

“Dicen que venían del sur
en un carro colorado
traían cien kilos de coca
iban con rumbo a Chicago
así lo dijo el soplón
que los había denunciado”

Por primera vez la palabra “cocaína” aparecía como tal en un corrido y pronto se convirtió en un referente, eso escandalizó al gobierno priista, recuerda Paulino Vargas Valdés, el hijo de Paulino Vargas.

Desde entonces, la Secretaria de Gobernación se transformó en una sombra que, aunque constante, nunca le oscureció el camino. Y es que, desde 1960, la Ley Federal de Radio y Televisión, en su artículo 63, prohíbe las transmisiones que “causen la corrupción del lenguaje y las contrarias a las buenas costumbres, ya sea mediante expresiones maliciosas, palabras o imágenes procaces, (…) apología de la violencia o del crimen”. Todavía en la actualidad hay estaciones que reciben multas por tocar “La Banda del carro rojo’”, afirma Paulino junior.

Herencia del corrido

Paulino Vargas Valdés, es el único hijo varón de don Paulino, pero durante 15 años también fue su representante, jefe, socio y amigo. Su voz –una mezcla de acento capitalino y norteño– fluye con entusiasmo cuando habla de su padre. Viste con porte un impecable atuendo vaquero, desde el sombrero hasta las botas y tiene una sonrisa espontánea que se enmarca cuando recuerda a su papá.

De toda la familia es el único que ha seguido los pasos de Paulino. Compone desde hace años y Los Tigres del Norte ya grabaron una de sus canciones, “La huella del alacrán”, que fue incluida en el disco “Detalles y emociones”.

En 2011 lanzó su primer disco con Los Broncos de Reynosa. “No aspiro a lo que llegó mi papá, pero al menos seguir en el medio y, si Dios quiere, hacer algo grande”, esos son sus planes.

“Él nunca se doblaba por esa censura –explica Paulino Jr.–  Decía ‘yo no trato de defender a nadie, yo nomás digo lo que veo’. Los medios le tenían miedo”. Hace una pausa y sonríe al recordar las ocasiones en que se presentaban en Siempre en Domingo. “Le preguntaban qué canciones iba a tocar, le pedían la lista y a la mera hora las cambiaba. Don Raúl Velasco se ponía… Pero a fin de cuentas no lo dejaban de invitar”.

Él era así. Como el sonido de su acordeón, una ola. Desde los ochos años, cuando se escapó por primera vez de su casa, borró las fronteras que pudieran detenerlo.

Un par de broncos

En 1954 la industria musical se sorprendería con la aparición de un dueto duranguense un tanto curioso: un pequeño acordeonista con dedos largos, moreno y flacucho, pero bravo, de no más de 16 años, y un bajista regordete y bonachón, 15 años mayor: eran Paulino y Javier.

Su historia no fue muy distinta a las demás. En México era la época de Oro, el cine estaba en su máximo apogeo y las voces de los grandes Pedro Infante, Jorge Negrete o Dolores del Río vibraban en la radio y en la pantalla grande. Tocando donde se podía, cantinas, restaurantes, calles, el dueto se abrió camino en el capital y consiguió que Guillermo Fongausen, dueño de discos Peerles, la primera disquera establecida en México, los grabara.

“Tocaron lo que se sabían” –cuenta Paulino Vargas Valdés– “Paso del Norte”, “Mira Luisa”, “El Sube y Baja” y “Cielo Azul, Cielo Nublado”, pero cuando salieron de ahí un impulso extraño los llevó de nuevo al norte, a la pizca americana. Por eso no se enteraron de que sus canciones se posicionaron pronto en los primeros lugares de popularidad y que los habían bautizado como Los Broncos de Reynosa.

Historias del narco

En los años 40, todavía flotaban en el ambiente los grandes corridos de la Revolución Mexicana, historias de bandidos y revolucionarios que llevaban a cabo actos heroicos y salían triunfantes de peligrosas batallas. Pero antes de Paulino Vargas nadie se atrevió a cantar historias de narcotráfico y contrabando, de hombres que morían al enfrentarse a tiros con la policía y de los que “sólo las cruces quedaron”.

Paulino se convirtió en poeta rural. Sus canciones, narraciones épicas, retratos de hombres de la sierra y odiseas en la frontera, se extendieron pronto entre el pueblo mexicano, donde se convirtió en “el amo del corrido”.

Los mismos políticos del Partido Revolucionario Institucional que prohibían sus canciones fueron algunos de sus más constantes clientes. Desde Adolfo López Mateos hasta Ernesto Zedillo. Se presentó en un sin fin de eventos oficiales, pero igual tocó para militares y narcotraficantes.

Pronto se acostumbró a estar entre poderosos. Sin embargo, “no le tenía amor a lo material. Mi papá podía quitarse la camisa para dársela a alguien”, señala Paulino, su hijo. Esa era una de las tantas razones por las que nunca aceptó pago por sus corridos, “si aceptara regalos, ya no tendría que trabajar”, decía.

Sus historias eran siempre de gente que valiera la pena, que admirara, decía “yo soy un cobarde, por eso admiro a la gente con valor”. Pero la verdad es que era un hombre bravo, de esos que sólo se dan en la sierra norteña.

“Yo le decía: cómo te encanta el peligro. Porque muchas veces llegamos a tocar en fiestas que terminaban en balacera, que llegaban y levantaban gente”. La voz de Paulino sube y baja de intensidad. Hace una pausa y bebe un trago de tequila sin hacer un solo gesto.

Unos de los tantos capos que se le acercó para pedirle un corrido, fue Amado Carrillo Fuentes, “El Señor de los Cielos”, uno de los narcotraficantes más poderosos de la década de 1990. “Pídame lo que sea”, le dijo en más de una ocasión. Pero Paulino tenía una consiga: no componerle canciones a gente viva, “para que quiere un corrido, si le hago un corrido lo voy a perjudicar”, le respondía.

Cuando el capo desapareció, en 1997, Paulino finalmente le cumplió su deseo y escribió “El Águila Real”:

“Se escapó el Águila Real
como lo había prometido
ninguna ley de la tierra
jamás lo verá cautivo.
Su destino eran los cielos
lo afirmó Amado Carrillo”

Era común que durante sus giras se aparecieran “los sinaloenses”, recuerda Paulino Vargas junior, “se lo llevaban a tocar a una casa, a un restaurante, a un ranchito (…) Lo querían muchísimo, toda esa gente lo respetaba mucho”.

Esas andanzas alimentaban sus corridos y aumentaban el acoso del gobierno: “muchas veces lo llamaron de la PGR, de Procuradurías estatales, de Gobernación…”. Pero no lo intimidaban. “Yo no trato de defender a nadie, yo nomás digo lo que veo”, decía sin empacho.

Cuando salió al mercado “Camino de Sacramento”, una canción en la que critica la pérdida de California, lo encarcelaron por dos días “para que aprendiera, para ver si así”, pero nunca lo amedrentaron, “nunca le quitaron lo bravo”, cuenta orgulloso Paulino.

La muerte nunca fue un asunto que le preocupara, se adhirió tanto a sus palabras, la vio correr tan cerca que parecía que lo respetaba. Durante toda su vida se salvó de balaceras, avionazos, temblores y huracanes, pero en 1994 la muerte le dio un golpe bajo: se llevó a su esposa.

Golondrina coqueta

Paulino y María de los Ángeles Valdés se conocieron en la Ciudad de México. “Mi mamá era muy seria y mi papá una polvareda”, recuerda su hijo. Ella era de Saltillo, pero se fue a vivir con una tía “a la capital” cuando terminó la Escuela Normal y ahí,  sin más, se enamoraron.

A los padres de María de los Ángeles no les agradó mucho la relación y optaron por regresarla a casa, pero ese no fue un impedimento para Paulino. Cada vez que podía se escapaba a Saltillo para verla. Y cuando finalmente fue a pedir su mano, sin decir más, se la negaron.

Pero Paulino no se dio por vencido. Sabía que ella era la mujer que quería para compartir su vida, así que un día fue a Saltillo y simplemente “se la robó”.

María de los Ángeles fue quien le enseñó a leer y escribir. Hasta entonces comenzó a anotar sus historias. Era dueño de una memoria virtuosa, cada melodía y cada letra estaban sólo guardadas en el archivo de su memoria.

Tuvieron cuatro hijos Guadalupe, Rosalinda, Paulino y María. Durante 38 años, María de los Ángeles vio por la familia mientras Paulino se iba de gira, a veces por meses. “Nunca es fácil ningún matrimonio y menos con un artista porque se la pasan toda la vida de viaje –explica su hijo– Ella, a veces, tenía que hacer milagros porque el trabajo era muy inestable”.

Cuando su mujer falleció, la muerte dejó de ser la de los enfrentamientos a tiros y traiciones. “Si en algún momento lo vi triste fue cuando murió mi mamá”, recuerda Rosalinda, la segunda hija de Paulino. La tristeza de la pérdida la volcó en una de las más bellas canciones de su discografía, y muy poco conocida, “Golondrina Coqueta”:

“Mi viajera bonita
es preciso que vuelvas
porque sin tu cariño
esta vida es incierta.
Cuánto extraño tu risa
cuando extraño tus besos
y tus tibias caricias…”

El amo del acordeón

Cuando Paulino Vargas subía al escenario, el acordeón se convertía en parte de él, en una extensión de su cuerpo. Mientras lo hacía zigzaguear, con su sonido doloroso y festivo, Paulino se adueñaba de los espacios taconeando, a pasito y pasito, meciéndose, dando giros. La música de su acordeón era como él, impredecible. En manos de Paulino la música, propia y ajena, se retorcía a su ritmo, se dejaba llevar por sus volteretas.

En todas las presentaciones Paulino Vargas Jr. veía todo desde abajo. “Tenía una facilidad para improvisar, para crear, tremenda. A veces se subía a tocar y yo no sabía qué era lo que iba a hacer”.

La energía y la pasión saltaban del escenario, “la gente dejaba de bailar para verlo tocar –recuerda Mary Vargas su hija más pequeña– lo admiraban, se quedaban mucho viendo cómo tocaba, como interpretaba las canciones, se imponía”.

Por eso, cuando se presentaban junto a más agrupaciones, “los dejaban hasta el final, porque si no la gente se iba”, recuerda Vargas Valdés. Ramón Ayala, quien es conocido como “el Rey del Acordeón”, de plano no se presentaba en el mismo lugar, “porque luego me baja el cartel”, decía.

Gregoria Aranda, lo acompañó durante 16 años, es el baterista de los Broncos de Reynosa. Dice que cuando se unió a la agrupación, apenas tenía 17 años y pronto Paulino Vargas se convirtió en un segundo padre. A pesar de todo el tiempo que estuvo con él nunca dejó de sorprenderle el cariño que la gente le tenía. “Tenía mucho ángel con el público, lo seguía mucha gente, tenía mucho corazón”.

El Señor Corrido

Paulino creció con el sonido del acordeón en Promotorio, Durango. Era el quinto hijo de una familia numerosa. Su padre, minero de profesión, era acordeonista, pero nunca pudo enseñarle porque ese era un privilegio reservado al primogénito. Entonces buscó aprender por su cuenta.

De alguna manera, la música lo llevó a Reynosa, dónde se refugió cuando escapó a los 8 años de su casa. Sobrevivía boleando zapatos, así conoció a Los Alegres de Terán, uno de los más importantes grupos norteños de la época.

Cuando les pidió que le enseñaran a tocar el acordeón, ellos fueron contundentes: “No muchachito, tú dedícate a eso y si puedes ve a la escuela, pero esto es para hombres”, le dijeron.

Diez años después se volvieron encontrar, esta vez en la Feria del Acordeón de Chicago. Paulino se llevó el Acordeón de Oro, el premio más importante del festival. Los Alegres quedaron en segundo lugar y él, como muestra de respeto, les cedió el premio.

El niño Paulino volvió a su casa un par de años después, luego de vagar por el norte del país, pero volvió con una convicción, la de aprender a tocar el acordeón. Cuando lo consiguió, a los 11 años, no lo dejó nunca.

Entonces, sin saber leer ni escribir compuso el primer narcocorrido de la historia: “Contrabando de Juárez”:

“Me aprehendieron en El Paso
después de cruzar el bravo
me tomaron prisionero
cargando mi contrabando
me preguntaron mi nombre
y también mi procedencia
yo les dije soy de Juárez
ahí no piden licencia”.

Componer una familia

En la Ciudad de México, Paulino construyó un pequeño mundo en el que no llegaban ni los sonidos de las balas ni los estruendos de los conciertos. Compuso un hogar para su familia y esta fue una de sus mejores creaciones.

A excepción de su hijo varón, que trabajaba con él, sus tres hijas se mantuvieron alejadas de la farándula. Cuando Paulino no estaba de gira dejaba un poco su lado artista para convertirse enteramente en padre. “El tiempo que no estaba lo compensaba hasta el último minuto. Nos llevaba al parque y andar en bicicleta”, recuerda Rosalinda.

Rosy y Mary Vargas, actualmente de 37 y 45 años respectivamente, pese a las insistencias de su padre de que “hicieran algo más”, hoy atienden un negocio de regalos en la Ciudad de México, así viven felices y eso harán “hasta que estén viejitas”.

Ambas recuerda a Paulino como un padre ejemplar, “siempre fue muy cariñoso, nos brindó mucho apoyo, fue un excelente ser humano, muy buen amigo y esposo, el mejor hombre que he conocido en mi vida”, describe Mary. Y es que, cuando murió su madre, Paulino no hizo más que velar por ellas.

Mary Vargas recuerda la fascinación con que su padre recurría al mar, recuerda que entre sus planes estuvo comprar una casa en Acapulco, pero fue un proyecto que dejó inconcluso.

El pueblo bicicletero

Hasta hace cuatro años, Saltillo, la capital del norteño estado de Coahuila, era para Paulino Vargas un “pueblo bicicletero”. “A ese pueblo, ¡ni muerto!”, se le escuchó decir en más de una ocasión. Nadie se imaginaba que un día, de buenas a primeras, optara por dejar la Ciudad de México, donde vivió toda su vida, para establecerse ahí.

“Cuando compró su casa y nos contó que se iba para allá, nos dijo ‘Es que yo ya quiero estar en paz, voy a retirarme, a componer’”, recuerdan sus hijas.

En una casa pequeña y acogedora del norte de la ciudad, Paulino Vargas instaló su nuevo hogar. No necesitaba mucho: un teclado para componer, sus acordeones, la fotografía de su esposa y un sarape saltillense que mandó enmarcar.

“Fuimos a su casa y cuando vimos el sarape que enmarcó y puso en su salita, dijimos: ¡Ahora sí está totalmente trastornado!”, recuerda Rosy a punto de soltar la risa. “Ustedes déjenme en paz, yo estoy a gusto aquí”, les respondía con su fuerza característica y no se decía más.

En Saltillo encontró un refugio ideal. Pasaba sus días recorriendo museos y bibliotecas, leyendo y caminando. Se enamoró de la Sierra de Arteaga, donde pensaba comprar un terreno, así hizo suya la tierra de su esposa.

Que se mudara a esta ciudad “fue un misterio, nunca sabremos que fue lo que pasó”, dice Mary Vargas. Lo que Paulino no sabía, era que en Saltillo la muerte lo estaba esperando:

“Yo sé que voy a morirme
no sé ni dónde ni cuándo
pero la muerte no espera
y ya se ha de estar cansando
para el día en que yo me muera
caiga rendido en sus brazos”

Su salud se fue desmoronando poco a poco, un mal hepático se le complicó con la diabetes. Nadie podía creer que Paulino Vargas, el inquebrantable, estuviera tan enfermo.

“Mi papá siempre nos acostumbró a que cuando se caía se levantaba, realmente nos agarró de sorpresa, porque tenía algunos padecimientos crónicos, pero nunca se le bajó el ánimo –recuerda Paulino Vargas Valdés– El mismo doctor decía, ‘no lo fastidie, don Paulino se va a morir el día que se quiera morir’”.

Durante su estancia en el hospital jamás dejó de ser él. “Nunca perdió el sentido del humor. Se despertaba a mitad de la noche para contar chistes y se hizo novio de todas las enfermeras”, recuerda entre risas Rosy Vargas.

Al verlo empeorar, sus hijos le preguntaron que si quería irse al DF –donde vivió toda su vida– a pasar sus últimas horas, pero su hogar ya era otro, “esta es mi casa y esta es mi tierra”, les respondió.

Morir no le asustaba. Se reía de ella como de una vieja amiga, “yo quiero que me quemen y que tiren mis cenizas en un arroyo”. Lo único que le preocupaba era dejar a sus hijos, aunque todos eran mayores de 30 para él “eran sus niños”.

Durante sus últimas horas “nos repetía que éramos su mundo, que si se iba quería irse con todos, pero que no lo iban a dejar subir allá arriba con tanta gente”, cuenta Rosalinda después de un suspiro.

Una fría mañana de enero de 2010, el 17 exactamente, Paulino murió en un hospital de Saltillo. Después de haber sorteado todo tipo de peligros murió en la paz de una cama y acompañado de lo que más quería: sus hijos.

Cuando habla de la muerte de su padre, los ojos de Paulino se entristecen notablemente,

“nos dijo que no quería hijos cobardes y que hiciéramos lo que nos diera la gana”, recuerda.

Al mundo del espectáculo la noticia les cayó de sorpresa. En ese momento los conjuntos gruperos estaban de vacaciones, además Paulino se retiró a Saltillo y mucha gente lo desconocía, por eso no se enteraron a tiempo.

“La noticia fue mayormente difundida en fecha posterior a su cremación. Recibimos muchas llamadas, Los Tigres del Norte, que vacacionaban por Europa, nos llamaron. Lalo Mora andaba de gira por Texas y así muchos de sus amigos. Solamente Lorenzo de Monteclaro y Huicho Romero de Los Intocables del Norte nos pudieron acompañar en la Funeraria. Aún seguimos recibiendo llamadas de amigos y conocidos que apenas se van enterando”, narra Vargas Valdés mientras recuerda aquellos días.

Sin embargo, “mucha gente que no pensamos que fuera a ir, llegó, era un ángel. Muchos compadres de Sinaloa, del Estado de México, del DF llegaron, entonces tuve un poder de convocatoria grande –y al final, Rosalinda, agrega– perdió su envoltura, pero en esencia sigue con nosotros”.

Los últimos acordes de Paulino

La herencia de Paulino Vargas es incalculable. En la actualidad, las nuevas generaciones siguen cantando sus corridos. Hay decenas de videos de sus películas, presentaciones y foto clips en YouTube con miles de vistas. Sus “corridos prohibidos” hoy circulan sin barreras en internet. Los mayores exponentes de la música norteña han cantado alguna vez sus canciones.

El saldo que dejaron sus más de 50 años de carrera son 30 películas, más de 300 canciones, muchas aún inéditas, un centenar de discos y el testimonio de ese México oscuro y bronco que vive hasta nuestros días.

La mayoría de sus últimas composiciones se quedaron sólo en su memoria. En su casa en Saltillo dejó apenas unos apuntes y versos sueltos que su hijo, Paulino Vargas Valdés, está intentando terminar.

“Aceptaron mi dinero
aquí en el otro lado
corruptos avorazados
nadie me pisa la sombra
si yo me voy al infierno
a muchos voy a arrastrarlos”

Durante sus días en Saltillo, también escribió letras en las que parece despedirse de la vida o sus razones para alejarse de la ciudad:

“Hoy tomo el camino del futuro
quiero descubrir que hay adelante
frente al horizonte hay un misterios
que debo aclarar por mi mismo.

“Siempre me han tratado de rebelde
hasta me llamaron testarudo
hoy no pierdo el tiempo con reproches
porque voy camino del futuro.

“Me alejaré de la gente que no entiende
que yo soy libre y que sólo busco amor
no volveré si esa gente me desprecian

“Nada les extrañare si me encuentran
lejos de mi tierra y de mendigo
oh si yo me diera la gran vida
porque soy un hombre decidido”

Hoy dos ánforas descansan sobre una chimenea de fuego simulado y, por lo tanto, inagotable: son Paulino y María de los Ángeles, su esposa, quien lo acompaña en el camino a la inmortalidad.

 

(Una versión del texto se publicó en el número 582 de la revista Día Siete, el domingo 30 de octubre de 2011).

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