sábado , 15 diciembre 2018
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In memoriam por Jorge Carpizo

El intelectual, político y constitucionalista Jorge Carpizo McGregor, falleció el viernes 30 de marzo de 2012 debido a la reacción alérgica a un medicamento después de haber sido operado de una hernia, en la Ciudad de México. El lunes 2 de abril habría cumplido 68 años.

Carpizo fue rector de la Universidad Nacional Autónoma de México, primer presidente de la Comisión Nacional de Derechos Humanos, procurador General de la República y Secretario de Gobernación.

También fue un testigo y analista del ocaso del sistema político priista que predominó en el siglo. En el prólogo más reciente de su obra clásica El presidencialismo mexicano (Siglo XXI Editores, 2004) escribió que:

… de un sistema de partido predominante se transitó a uno tripartito, las elecciones han alcanzado un alto grado de confiabilidad y objetividad y mucho se ha avanzado en la cuestión de la equidad en las campañas políticas; los poderes legislativo y judicial se han fortalecido, la pluralidad es una realidad en los gobiernos de las entidades federativas y de los municipios.

“Y probablemente –afirma– cada día será más difícil que un presidente se atreva a ejercer facultades metaconstitucionales porque existen altas posibilidades de que se le exija responsabilidad por esos actos”.

Los principales diarios de la Ciudad de México publican la noticia del fallecimiento de Jorge Carpizo en sus portadas. La Jornada incluye una amplia foto suya y La Razónle dedicó su primera plana, además de ofrecer una amplia cobertura.

El periodista Julián Andrade dedicó un texto entrañable a Carpizo, bajo el título “In memoriam por mi amigo”. En su columna, recuerda que el ex rector de la UNAM le dijo que se iba a operar de una hernia. “Nada complicado”, y que lo entrevistó para un programa en Efekto TV.

“Lo que no pudieron hacer los narcos y todos sus enemigos, lo hizo una pinche hernia, de la que ‘nadie se muere’ pero él sí”, escribió.

El siguiente es un fragmento de la columna de Julián Andrade:

Un repaso de la vida pública de Carpizo da cuenta de la extensión de sus intereses y de su influencia en la vida mexicana: rector de la UNAM, ministro de la Suprema Corte, presidente de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos, procurador General de la República, embajador en Francia y, sobre todo, escritor de alguno de los libros más importantes para entender el presente y pasado, como El presidencialismo mexicano.

Todo esto lo hizo desde una perspectiva liberal y comprometida con el progresismo.

Tuve el privilegio de estar cerca de él, de asistir, de tanto en tanto, a las cátedras de política en las que se podían convertir los desayunos o las comidas en su casa.

Carpizo solía decir, con una gran convicción, que México es un país con una gran fortaleza histórica y que por ello era capaz de remontar enormes dificultades.

Veía con preocupación, sin embrago, lo que ocurría en materia de seguridad y solía recordar que con un buen trabajo de inteligencia policial se podía evitar la violencia, como ocurrió cuando grupos especiales, bajo su conducción, detuvieron a todo el estado mayor del Cártel del Golfo y a alguno de los hermanos Arellano “sin disparar un tiro”.

Insistía en que la defensa de los derechos humanos era la base de cualquier trabajo policiaco moderno y rechazaba que se requiriera trabajar al filo de la ley para lograr el objetivo de garantizar la seguridad ciudadana.

Para mí, como para tantos otros, fue un referente de servidor público y de intelectual comprometido con su tiempo.

Pero quizá lo que marcó para siempre mi vida, fue escribir junto a Carpizo Asesinato de un Cardenal, el libro en el que narramos, de modo puntual, cómo es que murió uno de los más importantes jerarcas de la Iglesia en Guadalajara en el lejano mayo de 1993.

Durante dos años revisamos cada recoveco del caso y creo que, gracias a la disciplina de Carpizo, el texto es un gran ejemplo de periodismo de investigación.

Lo voy a extrañar, no cabe duda, y siempre voy a recordar su solidaridad en los momentos difíciles y su apoyo constante. Pero más aún, sus lecturas compartidas, la música, la comida y esa felicidad por vivir, como decían los griegos.

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