Miércoles , 23 Agosto 2017
Home » Crítica de libros » Down by the River: ficción o realidad de la guerra contra las drogas

Down by the River: ficción o realidad de la guerra contra las drogas

Por Julián Cardona

EL MÁS OBVIO de los peligros al escribir sobre narcotráfico en México suele ser el enfrentar una o varias ráfagas vomitada por fusiles de asalto AK-47, y sobran los ejemplos de  casos  que  se  ajustarían a  tal  situación, el más conocido protagonizado por el periodista Jesús Blancornelas y el cártel de los Arellano Félix. Blancornelas casi pierde la vida en un atentado que pretendía cobrarle la factura sobre las informaciones publicadas por éste en relación  a la organización criminal.

Hay, sin embargo, mitos relacionados a las causas que originan el contrato por la cabeza de quienes consignan información sobre el narcotráfico haciendo danzar sus falanges sobre un teclado, y el más visible lidia con la valentía del periodista para dar a conocer datos que supuestamente afectarían a entes poderososos dentro del negocio. Salvo casos muy localizados que se ajustan a ese razonamiento, las razones de una ejecución pueden ser diversas. El mundo de las drogas es regido por intereses específicos, y su dimensión y alcance escapan a cualquier acto heroico que pretenda transformarlo, o resolverlo.

En “Down by the River” Charles Bowden afronta un riesgo quizá no relacionado a una reacción violenta en su contra. Es otro el tipo de riesgo se cierne sobre su pieza. La lista de títulos que esgrimen el tema del narcotáfico en sus portadas crece cada día, con ejemplos notables y variados como El Cártel, la obra de Jesús Blancornelas sobre el cártel de Tijuana; Narcocorridos de Elijah Wald sobre las modernas versiones del viejo género musical; o la novela La reina del sur de Arturo Pérez-Reverte. La mucha luz puede ser tan prejuiciosa como la mucha sombra: no permite ver, o mejor dicho, lo que cada vez es  un ingrediente más frecuente de la realidad cotidiana no merece —aparentemente— tanta atención.

Esta es la apuesta del negocio. Si el “negocio”  fuese un ente físico y tangible podría atribuírsele una inteligencia inusitada, casi maquiavélica para ocultar de una manera sofisticada y genial sus oscuras intenciones y mostrar solamente sus bondades. Pero no, “el negocio” es una empresa multinacional con un esquema laboral y gerencial bien definido, aunque casi secreto, o más bien, inasible, subterráneo. Para los Estados Unidos el narcotráfico es sinónimo de la corrupción en México. Para Charles Bowden “la historia no escrita, la que es borrada casi instantáneamente es acerca de la corrupción de ambas naciones”.

A pesar de lo concreto y duro de las cifras sobre el peso específico del tráfico de enervantes en las economías mexicana y estadounidense, las vidas de quienes viven de ello se tiñen de fantasía. Un estudio del CISEN (Centro de Inteligencia y Seguridad Nacional) reveló que si el negocio de las drogas desapareciera la economía de los Estados Unidos encogería de 19 a 22%, la mexicana 63%.

La exigua formación escolar confrontada a la necesidad de lidiar con el poder, en sus diferentes niveles, y a veces con la propia inesperada riqueza, producen frecuentemente entre quienes se explotan el filón, seres humanos casi surrealistas. Las vívidas descripciones que hace Elijah Wald de los compositores que cantan sus prodigios son apenas la punta del iceberg. En su investigación, Wald no nos entrega a seres oscuros y espesos. Ese no es su propósito, sino retratar a sus juglares y su obra. Bowden sí lo hace.

Quizá la dualidad inherente a una realidad en la cual la frontera con lo inverosímil se presenta tan a menudo, obliga a considerar seriamente como cruzar el fango sin hundirse. De qué manera abordar un trabajo de investigación que al final no deje al lector con la impresión de que es un texto de ficción.

“En esta historia no escrita, los narcotraficantes son casi los únicos jugadores honestos: viciosos, codiciosos, homicidas y sinceros en su conducta”. Bowden ha tratado de hacerlo al anclar su búsqueda en la de tres mexicanos, y cada uno no podía ser más diferente de otro.

El más conocido es Amado Carrillo. Esto bien puede ser un punto debatible, ya que Amado pasó la mayor parte de su vida bajo la sombra del anonimato, y a mediado de los noventa, en la cúspide de su poder como jefe del cártel en Ciudad Juárez, no había medio de comunicación que se atreviera a publicar o pronunciar su nombre. Amado empezó a estar en boca de todos apenas poco tiempo antes de su muerte. Su vida y el papel que durante ella jugó para el bando de los rudos le ha conferido más el carácter de leyenda que de ser humano real.

Públicamente se desconoce hasta el timbre de su voz, y este puede transmitirse débilmente, alguna rara vez por quienes lo trataron. En su libro Desde Navolato vengo (Editorial Océano), el autor José Alfredo Andrade Bojorges quien fue su abogado lo cita: “a mí me cortaron el ombligo de un balazo y todavía me huele a polvora, ¿quieren olerlo?” Ahí, Amado es retratado como un capo singular, un hombre revolucionario a su manera, una que nada tiene que ver con los clásicos Villa y Zapata, sino con el patriotismo pragmático de quien conoce al detalle la magnitud de las ganancias que exportar cocaína a los Estados Unidos produce, y cuyo principal propósito es ayudar de esa manera a su país, y que lidia con éxito durante cierto tiempo con la maquinaria del poder binacional.

Amado es el camino. Bowden  lo sigue paso a paso aunque solo a la distancia que las circunstancias le imponen. Percibimos de nuevo sus murmullos. En cierto momento, al considerar la estrategia a seguir sobre un cargamento perdido, Carrillo habla con Pablo Acosta, “El Pablote”, un narco que puso en el mapa a un polvoriento pueblo de Chihuahua, Ojinaga. Acosta le reclama haber matado a seis hombres, y en respuesta Amado blande su filosofía: “es mejor que seis inocentes mueran a que un culpable quede sin castigo”. A diferencia de otros barones de la droga, los registros públicos de su huella son escasos.

En “Down by the River”, Bowden traza la figura de un hombre que llegó de algún lugar de la Sierra Madre; escala cada uno de los peldaños en el mundo criminal; evade consistentemente el todopoderoso alcance de las agencias de inteligencia estadounidenses; posee una flota de aviones que es usada para enviar toneladas de cocaína a los Estados Unidos y es, por lo tanto, suficientemente rico y poderoso.  Tampoco tiene prejuicios contra la economía formal, se entiende con la globalidad. Posee bancos y maquiladoras, y lo caracteriza una especial fascinación por el silencio. Tiene un pura sangre que se llama así, “Silencio”. Pareciera un personaje de ficción.

Pero Amado es real y los hechos lo prueban. En el trabajo de Bowden los hechos relativos al narcotráfico, ya sea que involucren a capos que fueron sus predecesores o contemporáneos, aparecen frecuentemente en torno a la historia central, como fantasmas que soplan sus hazañas a nuestros oídos. Estas se convierten en acotaciones puntuales y profusas. No cabe duda de los hechos: El 20 de enero de 1995 un niño mexicano indocumentado proveniente de Ciudad Juárez, de 13 añosde edad, Miguel Ángel Flores mata de dos balazos con una submetralleta Uzi o Mac-10 a Lionel Bruno Jordan mientras este acomoda una camioneta Silverado en el estacionamiento de una tienda K-Mart, en El Paso. Bruno es hermano menor de Phil Jordan, un añejo y curtido agente de la DEA (Drug Enforcement Administration) y quien en pocos días tomaría control del mayor centro de inteligencia en el mundo, el EPIC (El Paso Intelligence Center) con sede en El Paso, Texas.

El motivo del crímen no es suficientemente claro, o al menos exige una relectura entre líneas para deducirlo. Sal Martínez, primo de Phil Jordan y agente de la DEA, apresado por el FBI el 14 de diciembre de 1999 mientras arreglaba con el comandante de la policía federal mexicana Jaime Yañez el asesinato de quien liquidó a su primo Bruno Jordan, cuatro años antes, ofrece una posible respuesta. “¿Cuántas veces lo hiciste?”, le cuestiona Charles Borden acerca de la desaparición de narcotraficantes y su inhumación en cementerios clandestinos. “Con qué frecuencia”, insiste. “Tal vez dos veces al año”, responde Sal. “No más de tres o cuatro veces al año. Y tú tienes que saber lo que les sucederá. Seguro lo sabemos”, dice.

Como agente de la DEA, Phil Jordan no tuvo por qué actuar diferente que su pariente. Jordan se percata de que el asesinato de su hermano pudo deberse a algún motivo emparentado con sus 30 años de carrera en la DEA, y entonces su vida toma un tobogán. El descenso es vertiginoso. Deja de ser un hombre con notables contactos políticos, la vida económicamente resuelta y un promisorio esquema de retiro a la vuelta de la esquina para convertirse en el responsable de la desgracia familiar, y en un jugador empedernido a punto de la bancarrota.

Los fantasmas y las subleyendas de personajes tan disímbolos como Pedro Avilés, Carlos Hank González, o el superpolicía de la era salinista Guillermo González Calderoni, entre muchos otros, se entrelazan a cada paso con los párrafos que dan cuenta de la tragedia de los Jordan y de su miembro más conocido. El autor fija imágenes mentales poderosas. El submundo de las drogas está repleto de ellas, y en este punto es preciso preguntarse qué hacer para aliviarlas, para cancelar el desfile de adictos a la heroína que caminan por las calles polvorientas adyacentes a la perimetral Carlos

Amaya, alrededor de la vivienda de cartón y madera de donde salió Miguel Ángel Flores para aderezar la guerra de Felipe Jordan contra el cártel de Juárez y su linaje.

Esta es una batalla sórdida, permanente y añeja, pero ahora, en ambos países ¿a quién le importa un comino? Aparentemente ni a quienes tienen por deber combatir el narcotráfico. Bowden provee múltiples pruebas de ello. A Phil Jordan se le ordena desde el techo de su gobierno federal no tocar el tema durante la aprobación del Tratado de Libre Comercio (NAFTA, en inglés). Ambos gobiernos aparecen como mentirosos consumados. Cuando alguna investigación federal estadounidense se aproxima a políticos o empresarios poderosos mexicanos, esta regularmente se detiene. Ambos estados prefieren ocuparse en las bondades del comercio globalizado.

En comparación al mercadeo formal, para Bowden “Ellos (los narcotraficantes) son también los únicos defensores reales del capitalismo asesino ya que ellos literalmente matan, y emplean gente de acuerdo con su talento, sin menoscabo de su sexo, raza, clase, color ó religión. Ellos conforman una de las pocas industrias en los sectores de desarrollo en el planeta que realmente redistribuyen el ingreso, y lo hacen a un nivel tal, que este no tiene comparativo con lo que las miles de plantas de ensamblaje pagan a los pobres del planeta”.

Pero la historia también florece en el primer mundo. Investigadores del Congreso estadounidense encuentran que sus bancos y los europeos lavan entre 500 mil millones de dólares y un trillón de millones de dólares. Los narcos de la sierra en Sinaloa que manejan vehículos todo terreno con vidrios polarizados no son los únicos beneficiarios. En El Paso —dice el autor— los bancos reciben depósitos de más de 700 millones de dólares por año que no pueden rastrearse en la contabilidad de la economía formal de la ciudad, y en San Antonio los depósitos sobrepasan en tres mil millones de dólares a la economía local.

La guerra contra las drogas es, en todo caso una cortina de humo, activada por ambos gobiernos según las necesidades de rating. Al parecer nuestro apetito informático hastiado por las historias fragmentadas que nos entregan los medios instantáneos, impide a nuestro paladar distinguir los sabores de un peligro banal y otro radical. Usualmente optamos por considerar el primero, quizá porque inconcientemente, percibimos la radiografía descarnada y sangrienta que ahora Bowden restrega contra nuestro rostro. Cuando en una sociedad el límite entre la realidad y la ficción se vuelve imperceptible, el peligro de no sobrevivir es supremo.

Miguel Ángel Flores bien puede ser una especie de hijo de Carlos Salinas de Gortari, el cuarto mexicano de este relato, del que nadie quisiera acordarse. Miguel es presuntamente el brazo con el cual el cártel de Juárez venga una antigua afrenta. El ex presidente se propuso crear millones de mexicanos pobres para poblar las líneas de producción de las trasnacionales estadounidenses en la frontera. Lo consiguió, solo que algunos escaparon al plan maestro y se incorporaron a un negocio igual de globalizado pero más productivo, del que presuntamente la familia Salinas también fue parte.

La revelación principal acerca de esta guerra es que de una u otra manera la vida se entrega en prenda de sus dudosos dividendos personales, y que el crédito por los resultados macroeconómicos de la suma de sus actos se atribuye oficialmente a la ideología, al libre mercado. Amado, un mexicano de Sinaloa, Phil Jordan, un ciudadano estadounidense con raíces en Guadalajara y Durango —aunque también en Italia— y Miguel Ángel Flores, ahora libre y supuestamente integrado y progresando dentro de la organización, comparten una suerte y un destino inaplazable. Como lo han compartido las miles de almas desconocidas cuyas vidas y muertes carecen de la suficiente dosis de celebridad para incorporarse a los registros de la historia.

En Pedro Páramo, Juan Rulfo nos hace oír a los muertos del camposanto de Comala conversar en sus sepulcros. En una misma fosa, Dorotea y Juan Preciado se dan tiempo de reflexionar, mientras escuchan los quejidos de Susana San Juan filtrarse desde otra tumba. Seguramente Amado Carrillo no intentó emular al escritor jalisciense para propiciar conversaciones similares entre los cientos de cadáveres que depositó en cementerios secretos.

El saldo de sangre en esta refriega es monumental. En “Down by the river”, Charles Bowden comprueba que en el futuro, el barullo no de tres, sino de miles de mexicanos anónimos o célebres que han estado en el frente, será ensordecedor.  Conversarán, no desde sus hoyos como los personajes de Rulfo, sino desde las pálidas páginas de los periódicos en las hemerotecas. Las voces de Pedro Avilés; de lo hermanos Arellano Félix; de el Cochiloco, de el Güero Palma, entre muchos otros, se convertirá, quizá, en un ruido ininteligible. Pero dirán sus verdades a quien tenga voluntad de escucharlas. Ya lo hacen en las cuartillas que conforman esta investigación.

(Publicado en Almargen en enero de 2003).

Down by the River: Drugs, money, murder and family
Charles Bowden
Simon & Schuster
USA, 2002
Inglés

Commentarios

Tal vez te interese...

Asesinan al periodista Cándido Ríos en Veracruz; estaba en el programa de protección de la Segob

El periodista Cándido Ríos Vázquez fue asesinado a balazos en el municipio de Hueyapan de …

Powered by themekiller.com