lunes , 25 octubre 2021
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Dieciocho fragmentos a la memoria de Ricardo Aguilar Melantzón


El siguiente ensayo retrata y recupera algunos de los principales momentos en la vida y obra de Ricardo Aguilar Melantzón (16 de septiembre de 1947–24 de septiembre de 2004). Narrador, poeta, profesor universitario y promotor cultural, Aguilar Melantzón es un autor fundamental en la literatura de la frontera entre México y Estados Unidos.


Por José Manuel García-García

I grieve for you
And you leave me…
So hard to move on…
Still life carries on…”
–Peter Gabriel

1. La última vez que vi a Ricardo fue un martes (31 de agosto del 2004); el maestro estaba en uno de los pasillos de Breland, ese viejo edificio de NMSU, en el que Ricardo trabajó por espacio de 13 años. Recuerdo que él estaba conversando con un estudiante, lo saludé (nuestra relación desde hacía tres años se había reducido a infrecuentes saludos) y me dirigí a mi oficina.  Ricardo se veía enfermo. “Está resfriado”, pensé. Luego me enteré de que había regresado de una lectura en la ciudad de Chihuahua, y que efectivamente estaba enfermo.

Recuerdo también la primera vez que lo vi, fue por allá, en el muy pretérito año de 1982, un frío otoño del 82. Yo venía del Paso Community College y buscaba consejería. Me acerqué a la primera oficina abierta y allí estaba Ricardo escribiendo algo a máquina. Le conté que venía de Juárez, que escribía poesía y que quería hacer mi BA en Español. Ricardo me miró con ojos de “mira nomás, otro pendejo” y se rió. Me dijo que allí estaba el café, de aquél lado estaba el azúcar y que me esperara un poco. Él siguió escribiendo, traía unos guantes (a los que le había cortado la parte que cubre los dedos) y escribía aporreando las teclas con los dedos índices.  “Ya está”, dijo y me preguntó que si quería estudiar literatura. Claro, le expliqué en un atropellado enredo de justificaciones vocacionales. Claro que sí. “¿Y a mí qué?” Contestó Ricardo.

–¿Cómo?
–Sí, qué ¿nomás hay café para ti? ¿Y yo, qué?

Ah chingao, pues por allí hubiera empezado la cosa, me levanté, y le serví un café. Y comenzamos a platicar de Juárez.

–¿Así que vienes de Juaritos a estudiar literatura mexicana a esta pinche universidad?
–Sí.

Salí de allí con poca información acerca del programa de literatura, pero con la confianza de frecuentar a un profesor que se burlaba de los protocolos universitarios. Y sobre todo, que de buenas a primeras me había ofrecido su amistad y su consejo. Una amistad que duró muchísimos años.

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2. Ricardo Aguilar Melanzón estudió en la Universidad de Alburquerque (University of New Mexico). Fueron épocas económicamente difíciles para él y su familia, pero obtuvo su doctorado en 1976. Él recordaba con cariño a un par de profesores que le ayudaron en su carrera; cuando uno está en la recta final del doctorado, debe pasar de los exámenes profesionales a la Tesis Doctoral, y muchísimos estudiantes no alcanzan la meta si no son decididamente apoyados por sus mentores, decía Ricardo.

En 1975, todavía en el proceso de terminar su Tesis, Ricardo acepta trabajar en la universidad del estado de Washington. Por un año vivió en la ciudad de Seattle (de 1975 a 1976). De esta época es su poemario En son de lluvia (que publica hasta 1980).

Ricardo acaba odiando los ritmos monótonos de Seattle, esa ciudad de la eterna lluvia. Aunque hay que aclarar que ese libro de 37 poemas, es también la descripción de los habitantes del desierto (por ejemplo, de las rodaderas, esas plantas secas que andan por los caminos de los desiertos). También hay poemas de amor a su esposa Rosi (“la verdad es que / me estoy enamorando / de una mujer / de la misma / de que siempre estuve enamorado”), y de celebración por el nacimiento de su pequeña Gabi y la alegría de ver las primeras letras de la niña Rosi (su primera hija).

Cinco años antes de En son de lluvia, Ricardo había publicado el poemario Caravana enlutada. El título se refiere al saludo que el alacrán hace antes de picar. Para Ricardo, el alacrán era el símbolo de la naturaleza que danza y cumple con diversos protocolos antes de atacar con su mortal aguijón. “El alacrán antes de matar, también hace su caravana”, me comentó un día Ricardo. Caravana es un libro dividido en 2 partes, y fue escrita en la ciudad de Albuquerque. A pesar del título, a mí siempre me pareció un libro lleno de amor y de nostalgias, allí conocemos del amor de Ricardo por Aurelia (su abuela materna), y las descripciones de Rosi (embarazada de Rosita). Aunque también se siente la amargura en poemas que describen a la ciudad de Albuquerque (“Siento las calles / rojas blancas vivas / […] / Jarras de murmullos / de castradas mariposas / que estornudan / convulsiones / de / dolor […] / beso de alacrán / maduro / calla / (me escondo) / bajo / maleza / asfixiante / de / dolor”). El poeta Efraín Huerta escribió en la contraportada de Caravana, el siguiente comentario:

“Así debe ser, más que colérico, irónico… [Ricardo] ricardea con la poesía y la traza con luminosa y sarcástica familiaridad […y] navega “con la bandera más limpia, que es la honrada bandera de la muy agresiva poesía”.

Esas palabras y la amistad con Huerta, inspiraron a Ricardo para terminar su Tesis doctoral dedicada precisamente al estudio de los poemínimos de Efraín Huerta. Esta Tesis la publicó en 1984 bajo el título Efraín Huerta.

Un día le pregunté que cómo era Efraín, Ricardo me dijo que era lo conoció ya enfermo, al poeta lo habían operado de un cáncer en la garganta y tenía un aparato de donde salía una voz metálica. Pero era una un gran humorista, un bebedor invicto, un vato a todísima madre.

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3. En 1977, Ricardo encontró trabajo en la universidad de El Paso (la UTEP). Por espacio de 13 años impartió clases de español y de literatura, además, se hizo cargo del programa de Estudios Chicanos.

La década de los ochenta fue la más rica en el activismo cultural de Ricardo. ¿Quién no conocía al Doctor Aguilar? Ese profe que andaba en motocicleta de arriba para abajo, de Juárez a El Paso, de El Paso a Juárez. Era el organizador incansable de conferencias y encuentros literarios. Tenía ese don de gentes, ese carisma que le daba poder de convocatoria para establecer espacios culturales en universidades y museos.

A decir verdad, a principios de 1980, en Ciudad Juárez no había mucho que describir en materia de literatura local. Había un puñado de librerías, unas cuantas bibliotecas públicas, pero en ese desierto cultural, crecían tres figuras que han marcado nuestra identidad cultural literaria: la primera era la de Jesús Gardea (que había renunciado a su profesión de médico-dentista y era profesor en la UACH -1980, y luego, profesor de la UACJ (1986-1989), y además, era el flamante ganador del codiciado premio Xavier Villaurrutia (1980), y del Premio “Fuentes Mares” en 1985. La otra figura era la del maestro Enrique Cortazar, profesor de la UACH, y autor (hasta 1985), de cuatro buenos libros de poesía. La tercera figura era, Ricardo Aguilar, que se fue destacando por ser un gran promotor cultural con ritmos de trabajo hiperacelerados. De 1984 a 1987, organizó tres concursos de literatura chicana que publicó en tres libros bajo el título “Palabra Nueva”.

Ricardo estaba en todas partes, quería apoyar todo evento cultural importante o interesante; así, difundió la revista Entorno de la UACJ (a partir del número 5, año 1985); participó en los Encuentro(s) Nacional(es) de Escritores en la Frontera Norte de México, auspiciados por la UACJ (abril 1986-abril 1991); fue uno de los organizadores del Premio “Fuentes Mares” (iniciado en abril de 1986); y en 1988, Ricardo obtuvo el “Fuentes Mares”, versión chicana, con el libro Madreselvas en flor.

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4. En esta misma época en que Ricardo daba clases en la UTEP, también enseñaba del lado mexicano. En su motocicleta iba a la UACH (campus Juárez) a dar clases de literatura y redacción. Eso lo hizo por un par de años, de 1980 a 1982. Incluso, llegó a dar clases en la llamada “Escuelita” de la UACH de la Melchor Ocampo, cuando estalló el conflicto de la UACH y el CDP. Del 82 al 88 pasaron seis años, para que Ricardo volviera a prestar sus servicios a una institución mexicana, de 1988 a 1990, impartió clases de literatura en la UACJ. Iba y venía en motocicleta (que quedó descrita en sus poemarios y sus libros de narrativa). Iba y venía de UTEP a la UACJ. En el libro A barlovento, Ricardo recuerda esos días:

“Sí, enseño en dos lugares, en dos países, en ambos lados de una frontera de contradicciones. Cuando me subo a la moto en la fría mañana de noviembre, después de ponerme el caso, la chaquetota, los guantes, las botas montañeras, la bufanda y los lentes, de echar a andar, esperando a que caliente un poco antes de arrancar, me pregunto si valdrá la pena el choque diario, el cruzar a diario, aquí en Juaritos las satisfacciones son padres, me gusta la clase de las ocho, [los estudiantes] me despiertan con sus preguntas, con sus retos, con los amables buenos días y con las composiciones que me narran cómo llegan tomando tres camiones, corriendo, haciendo mil maromas porque siento que en todos, y son gente trabajadora casi todos, hay una sed, un hambre, una gran necesidad de aprender, de aprovechar. En El Paso la [clase] de las once me trauma, me desvela, me desdibuja, es todo lo contrario, la de acá [de la UACJ] no paga y la de allá [de UTEP] sí…”

De esta experiencia en la UACJ,  Ricardo publica en 1989, su Glosario del caló de Cd. Juárez.

Junto con su interés por los estudiantes universitarios de Juárez, Ricardo también quiso colaborar con los jóvenes escritores del taller literario del INBA (coordinados por el maestro Ojeda –otro gran activista cultural que venía desde San Luis Potosí a apoyar a un montón de cronopios: Jorge Humberto Chávez, Miguel Ángel Chávez, Joaquín Cosío, Ricardo Morales, Marco Antonio García, Rosario Sanmiguel, Willivaldo Delgadillo, José Luis Soto, Alfonso Lastra y José Manuel García–).

Recuerdo tres colaboraciones entre Ricardo y los talleristas: cuando Willivado Delgadillo y yo participamos en el segundo libro de Palabra nueva (1984); también cuando Ricardo me ayudó a publicar y difundir la revista Mentula (del cual aparecieron en 1984 dos números). Y por último, cuando nos ayudó en la primavera de 1985, a organizar una lectura de los colaboradores de la revista Mentula y la revista Nod (esta última, –ya se sabe–, la publicábamos Ciudad Juárez, bajo la dirección de Jorge Humberto Chávez y el maestro David Ojeda).

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5. Ricardo vivía en Ciudad Juárez, y tenía que cruzar todos los días a El Paso, a la UTEP. Esto lo agobiaba sobremanera. Por 13 años cumplió su rutinario viaje, su vuelo en moto, mitificado por Carlos Fuentes en la novela la Frontera de Cristal, donde Ricardo es un personaje que cruza el puente y va dispersando libros, folletos y posters por la ciudad, anunciando eventos culturales y propuestas de acercamiento entre los escritores chicanos y los escritores del lado mexicano. En Madreselvas en florhay un pasaje muy sabroso donde Ricardo describe uno de esos viajecitos que el típico juarense (el commuter) debe sufrir para cruzar el puente:

“En la esquina sureste de la Avenida Juárez está la vieja aduana, donde se entrevistaron Díaz y Taft, abandonada por mucho tiempo y hoy un extraño centro cultural, allí das vuelta a la derecha y le metes a madre si no hay cola, si la hay desde ahí las divisas, te vas parando, acelerando, a vuelta de rueda, se te empiezan a ocurrir mil insultos para los que del otro lado se dedican a hacerte la vida pesada, al rato te resignas, empiezas a delirar, a soñar, otros leen el periódico, se ponen a platicar con el compañero o la compañera, subliminalmente pegadito al de enfrente y así prevenir que se te metan los que quieren entrar por las bocacalles -AAAAAAAAAAAndale señor, no sea sangrón, déjenos entraaaaaaaaaaaaar,  qué le cueeeeeeessta?” o el tejano o manito de Nuevo México que no está poniendo atención, se le meten tres o cuatro por delante y todos los de atrás trasfieren el odio de los gabas a este pobre pendejo, le mientan la madre, lo sofocan de maldiciones, vas observando la infinidad de tiendillas de Mexican Curios atiborradas de turistas de pantalón corto, lentes oscuros y sombreros de paja, a veces hasta de charro, sobre camisetas estampadas de letreros mamones, las casas de cambio que se multiplican por mitosis, a 2680, a 2685 a 2690, hasta 2700 por dólar, los congales que tú y los compas frecuentaban cuando chavos, los restaurantes carísimos, los bares y por en medio los cigarreros, los que te piden monedas, los que te venden chicles, los que venden elotes con chile y mantequilla, por fin llegas a la caseta de Puentes y Caminos, pagas 2000 pesotes, antes eran 15 centavos, te preguntas que a dónde irá a parar toda esa lana pues a nadie le dan recibo, subes a 45°, acelere, freno, acelere, freno, acelere, freno, te das cuenta de que avanzas 30 centímetros, medio metro, que la aguja del agua apunta a tres cuartos y no puedes parar el motor hasta que llegues arriba, a ver si no te pasa lo que a muchos, a los que se les quema el motor a media subida, recuerdas en invierno, cuando nieva y aún así te aventuras a pasar yéndote pegadito a la derecha para que las llantas agarren contra el cordón de la banqueta, otros más güeyecillos se van chicoteando por en medio, suben hasta la mitad y empiezan a desbarrar, se van resbalando de lado para abajo y hacen carambola con los otros que quieren subir o que aún esperan que llegue arriba para ellos lanzarse, por fin subes y sigues despacito, por donde mismo, allá abajo están otros hechos bola pero peor, pues agarraron mucha velocidad a la bajada, acelere, freno, acelere, freno, acelere, estás sobre la cuesta, apagas el motor, desde aquí observas el panorama, todas las líneas llenas de carros, la de la derecha haciéndose chiquita, apretándose contra la de un lado para dejar regresarse a dos que los mandaron por no traer pasaporte o algo así, recuerdas aquel día en que los inspectores gabas empezaron a devolver a todas las señoras que normalmente cruzan por la mañana a trabajar de sirvientas, de dependientes, de ayudantes de cocina, en las fábricas de allá del otro lado, te acuerdas de las caras enojadas, rojas, de regreso, que se metieron entre los carros y empezaron a sentarse en el pavimento sobre la cuesta, pero muchas, muchas, tantas que cerraron completamente el paso, por todos los puentes, que el Movimiento Chicano se dio cuenta y llegó con intenciones de quedarse a hacer valla del lado gabacho, que entró la policía de los dos lados pero que los taxistas solidarios les previnieron la entrada a los puentes amasando sus carros contra las entradas, salieron ellos armados de garrotes, llaves L y X, entró el ejército y hasta el Secretario de la Defensa Nacional se hizo presente, arrestaron a varios Chicanos al otro lado por haber quemado la bandera allí mismo en caliente y todo se resolvió cuando desistieron los gabas de su locura, recuerdas la marcha aquélla un día muy frío en que caminaste con tus cuates desde la Plaza de los Lagartos hasta el puente donde, desde los techos les tomaron muchas fotografías los empleados de inmigración y no sabes quiénes más ni con qué propósitos y luego la vuelta, todos llevaban pancartas condenando la construcción de la ‘Cortina de Tortilla’ como se denominó al cerco de alambre que hicieron para retener a los mojados, que nunca dio resultado porque a la semana de puesto alguien cortó un agujero muy cuadradito a mero en medio, del tamaño de un portón, para mayor comodidad de los usuarios, por fin te acercas a la garita, al de enfrente le están registrando el cofre, la cajuela, por debajo de los asientos, lo pasan al frente, a revisarlo más bajo los tapancos del edificio, a otro carro le están metiendo un espejo por debajo, a ver si no trae drogas, llegas a la ventanilla, el gaba te pregunta con cara de perdonavidas – Citizenship?- y le  contestas -US- con la entonación mexicana que sugiere -You ass- – What are you bringing from Mexico?- -Nothing- -Go ahead- y te vas, recordando enojado aquella vez que a la Rosi un gringo le preguntó – What do you have there?- señalándole el vientre y ella, muy enojada, se levantó la blusa para que el gringo viera bien y le respondió – A baby!- pues estaba encinta de la Rosi, pasas, sigues pasando, contraviniendo todas las broncas, aguantando la vara, pues conoces profundamente que la realidad de esta frontera no es la separación artificial sino la unión a pesar de los gobiernos.

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6. La narrativa de Ricardo Aguilar quedó en la trilogía: Aurelia(1990), Madreselvas en flor(1987, 1994), y A barlovento (1998). Integrados en el 2003 en el compendio titulado Que es un soplo la vida. La narrativa de Ricardo es autobiográfica, con veloces impresiones de sitios y circunstancias, a la manera de un diario o una memoria o un libro de viajes. El mejor logrado de la trilogía es el libro A barlovento, en cual Ricardo quiso incluir un estudio mío acerca de su obra. Allí anoté entre muchísimas cosas, lo siguiente:

“Me interesa escribir ahora del Ricardo que conozco, del amigo. Para eso no tengo notas, me guío por mis recuerdos. Lo conocí a principios de los años ochenta. Yo era estudiante de la Universidad de El Paso. Ricardo tenía una oficinita cómoda, a pesar de que en invierno la calefacción congelaba hasta los huesos, y en verano, el aire acondicionado tenía las virtudes de una caldera. Por esos días Ricardo viajaba todos los días de Juárez (donde tenía su casa) a UTEP (donde estaba su jale). Todos los días en su moto Susuki 450-T, subiendo y bajando el tres veces pinche puente internacional. También la hacía de Madmax, de contrabandista de la contracultura navegando por esos (no)mares del desierto novomexicano, a greña por esos páramos chihuahuenses. Corriendo en su moto como alma que lleva la literatura hasta los meros párrafos de la vida fronteriza, a los mil sitios de todas partes para promover la literatura chicana, norteña (fronteriza). Incansable generoso viajero. Por Ricardo, los aquellos chavos de la Generación de Nod juarense, conocimos a Elena Poniatowska, Carlos Monsiváis, Carlos Fuentes, Los Taibo, José Agustín y otros más. Los chicanos fueron a juaritos a leer sus poemas, y los juarenses fueron a El Paso o Albuquerque a leer los suyos, apoyados siempre por RAM promotor cultural. De 1986 a 1990, Ricardo respaldó la revista Entorno de la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez. Al lado del maestro Juan Holguín  publicó a juarenses y a chicanos. Ricardo difundió nuestra literatura fronteriza en revistas como Plural de Excelsior. Y en 1993 creó en la UTEP el programa de Creación Literaria que ha continuado en la NMSU.

Pero estaba hablando del Ricardo que yo conozco, del amigo. Entre 1984-85 y a partir de las revistas Mentula (de UTEP) y de Nod (de los Talleristas de Juárez) nos hicimos más cuates, trabajamos en diversos proyectos, conferencias, revistas. Iba la bola de neopoetas a su casa a platicar, tomar cerveza, oír música latinoamericana. Rosi (la esposa de Ricardo) siempre amable, participando en ese ambiente de ganas de transformarlo todo. Así armamos varios números de Mentula y logramos otros proyectos (algunos fracasaron). Cuando la UACJ organizaba sus Fuentes Mares, y habían los eternos enfrentamientos entre chilangos y norteños, allí andábamos todos, Ricardo en primera fila. No había “un proyecto cultural”, había AMISTAD, poesía o ganas de hacerla. Yo me fui a Kansas por unos cuatro años, Ricardo y yo nos carteábamos seguido, él me informaba de las broncas culturales juarenses, las minimafias, etc. En Kansas, los poetas Roger Colom y Jesús Vázquez nos divertíamos y celebrábamos con peligrosas dosis de música y cerveza los triunfos de Fantomas (el equipo de los buenos, nosotros).

Desde el 92 trabajo al lado Ricardo, somos colegas, memoriosos, nostálgicos, fronterizos, amigos, viejos, pero igual de locos, cabronezcos, mafiosones, enamoradísimos de juaritos, somos los juarenses de una ciudad que ya no es. Y eso nos une, une a nuestras familias en las broncas cotidianas, en las crisis. Y creo que Fantomas sigue, seguirá invicto por estas tierras. ¿Cómo? ¿Cómo es como persona? Pues dicharachero, impaciente, alburero, le gusta la música caribeña, le encantan los libros de mapas viejos, de fotos de viajes, de la antigua Roma. Ahora debe cuidarse de la diabetes, pero siempre ha sido un gran conocedor de la comida, el buen vino y la conversación de sobremesa. Antes estaba gordo, ahora es delgado. Camina todos los días una hora (o más, no sé), y lleva una dieta ri-gu-ro-sa.

Es generoso, las cosas significan mucho para Ricardo, un disco, un cuaderno de notas, lo que sea, y todo lo regala, le gusta regalar a sus amigos, tenerlos contentos. Y si es tu cuate, es para siempre… Es orgullosamente maquiavélico pero de tendencias guadalupanas. A los padres de Ricardo no los conozco, sólo en referencias fotoliterarias; conozco a Rosi, la esposa de Ricardo, y a sus hijas Gabi y Rosita. Juntos, la familia de Ricardo y la mía, hemos compartido el pan en la mesa, las conversaciones llenas de nostalgias, de Juárez, de amigos que se han quedado allá. La amistad, la generosidad, eso es Ricardo y su familia”.

En la trilogía del 2003 hay un prólogo del profesor Jesús Barquet acerca de la obra de Ricardo, su naturaleza híbrida y fronteriza. Es un análisis inteligente.

De la prosa narrativa yo citaría tres opiniones muy válidas, De Madreselvas en flor, Marcio Tulio Aguilera Garramuño escribió: “Es el primer libro de relatos de Ricardo Aguilar Melantzón, revela la rica y variada gama temática que representa la experiencia chicano-fronteriza a través de una estructura caótica y un lenguaje brillante atestado de anglicismos. Recorre el mundo de los chicanos marginados en la marina norteamericana, recoge las voces de la raza de los barrios, la vida de los chavos en las escuelas, penetra el relajo lowrider para terminar llevando al lector montado en una Susuki 450-T a recorrer el desierto nuevomexicano”.

El libro Aurelia (esa una narrativa de fragmentos de historia regional y biografías), el maestro Juan Holguín Rodríguez escribió: “Melantzón hace añicos la solemnidad con arrugas de un academicismo para rastrear la tipología citadina de estos nuestros seres que deambulan en un mundo debatido entre dos culturas, la norteamericana y la mexicana, y que la adjetivación reduce a la denominación de chicanos, mexicoamericanos o, en su caso, las grandes minorías”.

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7. Madreselvas en florconsta de seis relatos que conforman la biografía de un paseño-juarense. En la portada está la cara de una guitarra adornada con hojas de Madreselva, y como epígrafe, el tango que le da título al libro.

El primer relato es “Caminito que el tiempo ha borrado”. Minucioso en el detalle y con cambios repentinos de pronombres, un joven nos cuenta de su proceso de aprendizaje y madurez. Primero nos narra las peripecias para zarpar en un buque petrolero de los Estados Unidos (el Kank). Luego, el joven va recordando fragmentos de su infancia, los amigos, los juegos y rostros familiares; también nos habla un poco de su adolescencia. La transformación de su carácter ocurre en medio del Pacífico, cuando aprende los oficios de señalador y sastre. Pero sobre todo, cuando su vida es puesta en peligro por una serie  de accidentes en el buque petrolero. Al final, en un tono reflexivo, el joven decide volver a casa e integrarse a lo que antes despreció.

“Sentir que es un soplo la vida”. Doña Marta, mamá de Ricardo, hace un recuento de su infancia: un padre médico que murió cuando ella tenía unos cuantos años, un padrastro italiano que la cuidó con amor (Sam), y una buena madre (doña Aurelia) que le enseñó a vivir en una familia católica-conservadora. Doña Marta recuerda El Paso, las cocinas, las comilonas, los juegos y travesuras de sus hijos; fueron los días de la época de la Depresión y la Prohibición en los Estados Unidos. Es la vida de una mujer socialmente privilegiada y apegada a las tradiciones familiares, contenta con su vida y sus experiencias. Este relato es la edición monologada de lo que pareciera ser una entrevista.

“Y este encuentro que me ha hecho tanto mal”. Es un relato que parece ensayo, pero es la historia de Mongo Aureliano Ganzúa. Al principio, el narrador nos presenta una perspectiva de los Estados Unidos como un país racista y dedicado al consumo de bienes materiales. Luego, nos presenta a Mongo, personaje arquetipo de las mejores cualidades del hispano que viene a los Estados Unidos. Mongo es trabajador, honesto, dicharachero, bueno para el baile, la comida y la amistad. Mongo aparece y desaparece misteriosamente de los lugares en que reside. Es el amigo aventurero que uno reencuentra por azar y que después de una memorable conversación, vuelve a desaparecer. Hay tres temas que se entrecruzan: una crítica a la sociedad norteamericana, un homenaje a la amistad y la revalorización del “ilegal” en los Estados Unidos. La palabra “mongo” significa en el argot cubano, el personaje social-ficticio que es el culpable de cualquier cosa.

“Desde que se fue”. Una animada conversación de amigos sirve de marco para el recuento nostálgico de una infancia feliz. La hora del recreo era una sucesión de juegos; el balero, las tarjetitas, y los llaveritos de plástico que los niños tejían. También hay una descripción detallada de las marcas de dulces, los tipos de monedas de la época y de las diversas actividades escolares: bailables, desfiles, y los siempre problemáticos intercambios de regalos. Estas vivencias forjaron la manera de ser del que ahora recuerda con cariño esa infancia en Cd. Juárez. El narrador ejerce un detallismo hiperbóico. La narración es una serie de recuerdos visuales seleccionados por la mirada de la memoria y la nostalgia.

“Porque mato en buena ley”. Ahora estamos en los años sesenta. Nos encontramos en una desvencijada high school jesuita en El Paso, donde el protagonista sufre castigos por hablar español y conoce nuevos amigos con los que descubre el mundo a través de los juegos, las excursiones y las farras. El primero de la lista de amistades es el Charlie, un chavito que le gusta hacer bombas caseras y salir de excursión con su pistola 22. El Agapito Mendoza, un bromista incorregible que siempre es el castigado de la clase. El Panayote, un muchacho que gusta disparar al azar en las calles principales de la ciudad (el narrador aprovecha las excursiones del Panayote para describir la vida nocturna de Cd. Juárez). Por último, tenemos al Prieto, un junior que se desvive por mantener una imagen de gran conquistador. Este relato contiene una buena dosis de crítica sarcástica contra los juniors de la clase media juarense.

“Cumplir mi justa condena”. Edumenio viaja en su moto de Cd. Juárez a Albuquerque. Durante la travesía va recordando otros viajes:  primero, el cotidiano de Juárez a El Paso, con sus puentes saturados de automóviles que esperan la revisión de la Migra. Luego, enumera sus viajes al noreste y al suroeste de los Estados Unidos. Va nombrando pueblos y comentando acerca de ellos. También, Edumenio hace un resumen de lo que ha sido su vida adulta y de sus exilios; primero como marinero en el Pacífico, luego como profesor en Seattle y ahora en Albuquerque. El personaje central de la historia, sin embargo, parece ser la motocicleta (una Susuki 450-T), que ha acompañado a Edumenio y le da un sello de identidad ante sus amigos y familiares. Esta narración es intensa y logra sostener esa fuerza por varias páginas, particularmente en dos secciones: donde describe el caos en los puentes internacionales, y cuando Edumenio recorre el desierto nuevomexicano rumbo a Albuquerque. “Cumplir mi justa condena” es la versión narrativa del poema “Geografía o a vuelo de hormiga”.

Conclusión.- en Madreselvas en flor, hay seis historias y dos temas dominantes: la Familia Aguilar: Ricardo (como marinero, niño, joven, y viajero madmaxmotorizado) y los abuelos maternos (Sam, Aurelia y la hija de ellos: Marta). También está el tema de la situación de los emigrantes en los Estados Unidos. Casi todas las historias se desarrollan en Ciudad Juárez y El Paso; es decir, en la frontera. En Madreselvas existen diversos narradores, pero hay un solo tono narrativo dominante: el del vouyer-social minuciosamente descriptivo que usa giros idiomáticos de la frontera. Si nos fiamos en la división externa, estamos frente a un libro de cuentos; pero, si damos énfasis a los temas, veremos que los relatos se entrelazan y complementan como en un collage de micronarraciones de una gran novela.

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8. Los últimos años en la universidad de El Paso, son muy difíciles para Ricardo, lo abruma la burocracia, el ambiente divisionista, y la nueva política administrativa. Encuentra refugio con sus amigos y sus trabajos extra-académicos y literarios.

Por mi parte, dejé de ver a Ricardo por una buena temporada, me fui a la universidad de Kansas en la primavera de 1986 –regresé a UTEP ese mismo año a la defensa de mi Tesis de Maestría. De cualquier forma, todos los veranos venía a dar clases y a continuar trabajando en el Taller del INBA. A Ricardo lo visitaba seguido, en su casa de Juaritos, teníamos conversaciones maratónicas donde había música (le gustaba Cafrune y por supuesto, los tangos de Gardel) y vino, y una amistad –como él decía– chingonísima. A veces, me llamaba Rosi, la estimada Rosi, porque (me decía) yo era la única persona que podía tranquilizar al maestro que andaba con uno de sus aceleres y sus tomas de decisiones en proyectos y trabajos culturales y literarios, o traía una bronca con alguien.

Cuando regresaba a Kansas, siempre nos enviábamos cartas (estamos hablando de la era antes del internet) y me mantenía informado de las broncas en UTEP y en Juaritos. En esas cartas hay divertidísimas caricaturas de los principales actores culturales-locales de esos días. Por ahora, citaré, de A barlovento, su estado emocional con respecto a UTEP:

“Hoy es la junta del Departamento, aquí está la mayoría de los colegas de este cuerpo colegiado, algunos son cuates, los menos, la mayoría una bola de pendejos y sangrones creídos de lo que no son ni nunca serán, ya tengo muchos años de asistir, por inercia, al aburrimiento, aquí el sistema es repetir las cosas hasta el cansancio como si fuéramos un grupo de retrasados mentales que necesitan se les lleve de la mano, me pregunto si no sería mejor grabar un video del informe y dejarlo en la oficina para que cada quien lo vea o lo ignore a discreción por ser de total inutilidad ya que no se trata de dialogar sino de decírnoslo y a callar”.

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9. Aurelia es el segundo libro de narraciones de Ricardo, lo forman ocho relatos: todos circunscritos a la frontera o a los extensos bosques y desiertos de Chihuahua. Aquí están: la historia de una tragedia de inmigrantes “ilegales”, está la vida feliz de Aurelia, y los problemas cotidianos de una pareja (R & R), y el estrés diabólico en el cruce de los puentes internacionales, y el amor frustrado de dos emigrantes “ilegales”, y la historia de un magnicidio prerevolufiano frustrado, y las descripciones poéticas de los desiertos y los bosques y los hombres de Chihuahua.

“Norte” es la primera historia, se basa en recortes de periódicos de una tragedia real: la muerte por asfixia de 17 personas atrapadas en un vagón-almacén de ferrocarril en Sierra Blanca, Texas. En este relato hay varias voces narrativas, destacando la voz del ayudante de “coyote” que describe primero, el ambiente de esperanza de los “ilegales”, y la transformación de esa esperanza en terror al saberse atrapados en un vagón sellado: “el calor nos hizo quitarnos la ropa, pero como el aire empezaba a faltar, todos los compas se desesperaron y empezaron a pelearse por el agua, unos contra otros […] entonces oí que algunos empezaron a llorar y a gritar porque vieron que ya estaban muertos los primeros… cuando terminé de hacer un boquete, casi todos los demás ya habían fallecido, unos rasguñándose, otros se golpeaban desesperados y otros, de plano, yo creo que murieron de terror”.

“Aurelia”, los personajes de “Sentir que es un soplo la vida” aparecen con una fisonomía más completa: Sam (Salvatore), Aurelia y el niño Ricardo. Aurelia, como hemos visto, aparece como tema literario en Caravana enlutada y Madreselvas en flor. La historia transcurre en la época en que Ricardo tendría unos 6 años. El narrador cuenta en segunda persona (tú) una serie de anécdotas familiares construidas en torno a la figura mítica  de Aurelia. Ella se enfrentará a un migra déspota, dará consejos a sus hijos, y crecerá como personaje que tiene todos los atributos de la fortaleza moral encarnada: Aurelia: “es una gran dama, inmensa, de opulentos brazos redondos, sonrisa explosiva, fácil, blanca como la espauda, creyente antigua, empedernida peregrina de Guadalupe”.

El relato “Barlovento”. Es en realidad una serie de breves anécdotas relacionadas con los problemas cotidianos que tejen y destejen la vida cotidiana: hay lluvias de veranos juarenses que harán más dolorosa la condición reumática de Rosi (la esposa de Ricardo). Hay broncas en aumento a partir de la descompostura de la moto de Ricardo. Hay una minuciosa descripción del suplicio de tener fugas de agua, de ser minoría en Estados Unidos y de enfrentar como profesor, la desconfianza de los estudiantes al terror pretérito de la bomba nuclear. “Barlovento” termina en una serie de relatos relacionados con tesoros ocultos en el Cerro Bola y la tristeza de un marinero en las costas de Irlanda que extraña sus desiertos chihuahuenses.

“Puente Negro” Este relato prefigura al libro A barlovento. Mientras el narrador espera su turno en el puente para cruzar a El Paso, recuerda su juventud en Ciudad Juárez. El memorioso narrador-personaje nos ofrece una vívida descripción de las principales calles de aquél Juárez de los años sesenta. Aquí aparecen tanto los nombres de los familiares de RAM, como algunos personajes juarenses anónimos-pero-simbólicos. Este relato es un mural móvil o la descripción del Juárez vivo que fue, y es, mientras duren los recuerdos. Es una de las secciones más largas y más intensas de este libro. “Puente Negro” probablemente inspiró a Carlos Fuentes para escribir parte de su novela La frontera de cristal.

“Sotavento”. Es la historia de amor, el encuentro posiblemente frustrado de dos emigrantes (Guilio y Sofía) que planean casarse y vivir en Norteamérica.

“Mala Yuca”. De regreso de Seattle, Ricardo camina por las calles de juaritos y piensa en los desiertos de Chihuahua. Es una impresionante descripción de los páramos y los médanos de esta región. El desierto se convierte en un paisaje emotivo y poético; las dunas son “vestigios de una playa antigua”, el desierto “el fondo de un océano milenario lleno de olas, tempestades, algas y corales”.

“Treintaiocho”. Es la historia de un posible, creíble, apócrifo antentado contra Porfirio Díaz en Ciudad Juárez. Todo ocurre en una atmósfera kafkiana-policial y de oficinas burocráticas de ese pasado juarense.

“Rutuburi”. Es el canto-general, la prosa-poética de Ricardo a la sierra y a los hombres de Chihuahua. “Rutuburi” se fracciona en 6 secciones”, la primera se llama “Norte” y trata de la zona montañosa de la región: “nevado desde siempre sobre el espinazo de la cordillera, barrancas, los relices rebanados a navaja”. La segunda se titula “Sur”, aquí están los bosques y “el trópico desplazado, sofocante que asalta los sentidos, parvada de aguacates, naranjas en manada, morados mares las hortensias”. La siguiente sección se titula ”Tigüex” y es la descripción de la planicie y sus habitantes tarahumaras, el mismo tema dominará las subsiguientes secciones “Urique”, “Rarámuri” y “Cascabel”; sólo que en estos dos últimos relatos el tarahumara pasa a primer plano. Se describe de éste su indumentaria, sus casas y comidas. En “Rarámuri” y “Cascabel” se precisa aún más la figura del tarahumara en el personaje Cuirivá que llega a su pueblo con la noticia: han llegado los españoles, “del sur extraños llegando van”.

Al igual que Maderselvas en flor, Aurelia consta de relatos en los que el tema de la “familia Aguilar” mantiene el hilo narrativo. Hay sin embargo, 4 textos breves que se pueden leer como cuentos intercalados, a la manera de El Quijote, estos relatos son: “Norte”, “Sotavento”. “Treintaiocho” y “Rutuburi”. Se puede argumentar, sin embargo, que “Norte” se sitúa en la zona fronteriza y que “Rutuburi” se refiere a los antepasados Aurelia, y “Sotavento” a los antepasados de Sam (el esposo de Aurelia), y que “Treintaiocho” es, al fin de cuentas, una historia desarrollada en Ciudad Juárez, y la hace parte del plan general narrativo de recrear eventos fronterizos. Por ello, podemos concluir que Aurelia es la continuación de los temas y personajes de Maderselvas en flor, ambos se complementan y nos ofrecen un panorama más completo de la temática ricardeana.

Madreselvas en flor es traducido en 1994 al inglés y publicado el Puerto del Sol (editorial cruceña).

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10. Ricardo llegó a la Universidad de Las Cruces (NMSU) en el año de 1990. Dejó en UTEP un trabajo de 13 años. En NMSU pasó de profesor visitante a profesor asistente y a jefe de Departamento. En trabajo colegiado publicó tres antologías de 1991 a 1993: Cuento Chicano IAntología del cuento chicano, y Cuento chicano del siglo XX: Breve antología, éste último publicado por la UNAM.

En 1991, terminé el doctorado. Trabajé un semestre en la UACJ, mientras buscaba trabajo en alguna universidad de los Estados Unidos. Tuve dos buenas ofertas de trabajo (una en Ohio y otra en Texas). En una de mis visitas a la biblioteca de NMSU, me encontré a Ricardo, me vio sorprendido.

–¡A ti te andaba buscando, cabrón! ¿Dónde rayos te habías metido carnalillo?

Le expliqué que estaba viviendo en Juárez. Y él en media hora me habló de su jale en NMSU y de sus proyectos. Por esas fechas se abrió una plaza de visitante y dejé mi puesto en de la UACJ. Quise probar fortuna en Las Cruces. Aunque ser visitante significa vivir en la incertidumbre del próximo año.

En este mismo año se abrió otra plaza, esta vez de asistente. Y me decidí a pasar por todo lo que hay que pasar, viajé a Nueva York, me entrevistaron mis futuros colegas, di una clase piloto, etcétera. Y quedé en una terna muy peleada, de ella me eligieron a mí. A partir del 93 me quedé en NMSU como profesor asistente (en el sistema norteamericano quiere decir que tiene un contrato anual y tienes derecho a buscar la permanencia en 5 años).

De 1992 a 1998 Ricardo y yo realizamos incontables viajes a Juárez, a la ciudad de Chihuahua, a Tijuana (donde visitamos el COLEF) y a El Paso, la idea era establecer una red de trabajo regional y un pasaje o puente o corredor cultural entre estas ciudades. Creamos cursos relacionados con la cultura de la frontera (literatura de la frontera, y del Camino Real). Todavía colaboramos en la promoción cultural juarense entre 1999 y el 2000. A partir del 2001 continuamos con ese mismo proyecto, aunque en forma separada. Ricardo trabaja con el COLEF y un grupo de profes de la UACJ, y yo con el ICHICULT, el INBA, y un grupo de profesores de la UACJ. Sin embargo, la idea es la misma, la de siempre, la de aquel 1982: promover la cultura en nuestra región, sobre todo, la cultura juarense.

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11. Para 1996, Ricardo trabaja en proyectos de traducción: así surgen los libros: La vida loca: El testimonio de un pandillero en L.A., y Por el amor de Pedro Infante(co-traducción con Beth Pollack, 2002). En el 98, después de casi 10 años de no publicar narrativa, Ricardo termina su libro A barlovento.Por eso días estaba yo aprendiendo a manejar el programa photoshop e hice la portada del libro Lo que el viento a Juárez, que es una colección de entrevistas a familiares, y fue hecho en el 2000 en coautoría con la Doctora Socorro Tabuenca).

¿Por qué las antologías, traducciones y las entrevistas? La respuesta más sencilla es que en la academia uno tiene que publicar (“o perecer” como dice el viejo adagio universitario). A Ricardo no le interesaba la crítica literaria (campo gris), además, como él mismo escribió en A barlovento:

“Ya tengo dos años preguntándome de qué voy a escribir por acá. Desde que nos venimos de Juárez como que se me ha cortado el hilo. Allá estaba empapado del ir y venir, del teje-maneje, de la polaca y del güirigüiri, guagua, guaraguara y chiquistriquis, dijo Pepe, de la frontera, de las ondas pendejísimas de los babas, de las broncototas cabronsotas supermaquiavélicas polacas intra-inter-extrauniversitarias de la Unifront”.

Las Cruces, es una ciudad tan estéril como Seattle o Albuquerque (retratadas en su poesía y en su prosa): “la Rosi me pregunta que qué ondas, que si la raza acá está muerta o qué, que qué hacen a las ocho o a las nueve ya metidos en el chante, o bajo las colchas o en dónde”. Hasta caminar por las calles de Las Cruces, resulta una experiencia difícil: “los vecinos se esconden al paso o se nos quedan viendo como preguntándose qué andamos haciendo al caminar por las calles en la oscuridad”. “Con decirte que la otra noche, en un acto de desesperación, de artero exilio, agarramos el carro y salimos corriendo a todo lo que daba, cruzamos la frontera y llegamos rechinando llanta hasta donde están las señoras que hacen gorditas frente a la iglesia de la Insurgentes [Nuestra Señora del Sagrado Corazón] sólo para sentir que no se habían perdido, que no habían desaparecido para siempre y que aún podíamos llegar en una hora, nada más que en una hora”.  Las Cruces es una ciudad que des-inspira: “Ya llevo dos años preguntándome de qué voy a escribir por acá y te lo digo en serio, no sé, todavía no sé. Me da mucho miedo pensar que ya no puedo o que ya se me olvidó cómo. Acá no hay nadie por ninguna parte. La raza no camina por la calle. Se sube en su ranfla y jala para cualquier lado que vaya”.

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12. Escribí en el Prólogo publicado en A Barlovento (1998) lo siguiente: “Con este libro se cierra (tal vez) la trilogía de viajes y nostalgias juarenses de Ricardo, y la épica de la “familia Aguilar”. Gracias a A barlovento, ahora sabemos que las narraciones de Ricardo son fragmentos de un álbum familiar de emigrantes. La genealogía de los “Aguilar” comienza con los bisabuelos paternos de Ricardo, Chito y Toña. Y continúa con los abuelos paternos Hilario y Josefina. Y sigue con los abuelos maternos Salvatore (Sam) y Aurelia. Y los padres de Ricardo, Lorenzo y Marta. Y después con Rosi, esposa de Ricardo, y sus hijas Rosita y Gabi, A barloventotermina con el anuncio del último miembro de la familia en ese tiempo, Camila. Hay muchos otros personajes aledaños en la narración y que constituyen también parte de la “familia Aguilar”, las tías y tíos maternos, los suegros y hermanos de Ricardo. En cuanto a los viajes, ahora se ubicarán (siguiendo la idea general de libro) en los cuatro puntos cardinales.

En este libro RAM nos ofrece un viaje a Europa, donde se aburrirá hasta el cansancio comparando la cultura del viejo continente con nuestra frontera. Y nos describirá en detalle la ciudad amada. Es como si Ricardo tuviera miedo de que la ciudad que él conoció desapareciera del todo, de que el presente de una ciudad devastada pudiera cambiar gracias al recuerdo o al reinventario detallado de sus calles y de sus gentes. Ricardo escribe para los juarenses exiliados, los que amamos nuestra ciudad y no podemos verla cotidianamente. RAM es el amigo que va a la vieja ciudad de nuestro origen y regresa a contarnos lo que ha visto y lo que debió haber visto (y que ahora ya no existe). El exilio nos ha dejado ciegos, sordos y sin gusto, por eso él nos magnifica las calles, nos habla de los rostros y los edificios que ahora permanecen vacíos. Nos trae los ruidos y los sabores de nuestra ya lejana y mítica ciudad. Y aún cuando nos habla de otros lugares y otras costumbres, siempre estará comparándolas con Ciudad Juárez. Ricardo es el narrador de nuestra ciudad, por excelencia, es el poeta de la diáspora que estamos viviendo y no podemos todavía entender o sentir (él la entiende y la siente por nosotros). Nuestro abandono es tan reciente que no sabemos qué decir o cómo ver esa ciudad que ya no nos pertenece y que por eso, precisamente por eso, Ricardo la rescata en su escritura”.

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13. El rumor de los coadyuvantes: Que por puros celos profesionales que por traición del acuerdo tercero apartado tres que por desacato mutuo que por chismes de puerta en puerta de corre-ve-y-dile que por descomplicidad que por incomplicidad que por inercia que ya era tiempo que tus amigos son mis enemigos que lo que el viento a Juárez que la re-vista que el prólogo que el artículo que los dimes y diretes que las votaciones que las ofensas de honor que los viejos enemigos son mis amigos que los relámpagos de agosto que los límites de las fronteras que las tortillas que conmigo o contra mi que Maquiavelo que las negociaciones que todo es posible en la guerra que las ingratitudes que yo solo solito y solo que /

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14. Premios: El Nacional de Literatura “José Fuentes Mares” con Madreselvas en flor(1988), la Beca  Profesor Endowment for the Arts por su relato “Caminito”, el premio“ W. Darnall Faculty Achievement Award. Y en el 2003 el premio “New Mexico  Professor of the Year” por la organización the Carnegie Foundation for the Advancement of Teaching.

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15. En A barlovento, escribe Ricardo (supongo que es una nota escrita en 1997):

“Hoy cumplo cincuenta años. No lo puedo creer. Ahora sé que ya ha pasado demasiado tiempo y me estoy poniendo ruco. Yo, el rebelde que ha batallado toda la vida en contra del anquilosamiento de a devis envejecido ahora, no quiere pero pierde la batalla como el viejo del poema de Machado. Cincuenta, se dicen fácilmente pero la intensidad con que los hemos vivido ha sido enorme. Ahora son la Gabi y la Rosi quienes se baten contra el mundo a chingadazos con el carácter que le tocó a cada una y con el característico pavoneo que marca a nuestras familias. Son cinco décadas de eventos significativos y pruebas duras a todas luces, veinte de vivir en casa de mis padres y en dos barcos y treinta de vivir con Rosi y las nenas en muchas ciudades en los dos países, de viajes largos y cortos, de conocer a mucha gente y hacer muy pocos amigos, los mismos hasta la fecha, siete casas y muchas, creo que once, mudas”.

Y las malas noticias:

“Hace una semana que Angélica me diagnosticó la diabetes. Me explicó los efectos terribles que puede tener si no me cuido, que puede venir un paro renal, un coma diabético. Que me puede desmejorar los riñones de tal forma que requiera de la diálisis continua para no morir, de eso murió Michener esta semana, de negarse a la diálisis, que me puede venir una enfermedad del corazón, que el cigarro me eleva el contenido de azúcar en la sangre, que estoy por arriba de trescientos lo cual es pésimo pues lo normal es de ochenta a ciento veinte, que anda también alto el colesterol, que tengo que hacer un régimen y empezar a hacer ejercicio a diario”.

Así, comienza a hacer largas caminatas por las calles de Las Cruces. En un par de ocasiones vino a mi casa, me dijo que yo tenía diez años menos que él, que me alivianara, que comenzara a caminar. Lo hice, pero no pude seguir su ritmo. Con todo lo enfermo que estaba tenía más condición que yo. Por esos días, nuestras conversaciones derivaban en temas de la muerte: el suicidio de nuestro mutuo amigo Segel (el “gringo más chicano del mundo” como él mismo decía), la muerte de Garay (el escritor juarense), los infartos del papá de Ricardo, etcétera. A partir de esta época, Ricardo piensa en jubilarse, comprar una casita en la sierra de Chihuahua, o vivir en Juaritos y escribir, “una novela tal vez” (como también lo dijo en A barlovento). Por esos días se le cayó un diente de enfrente.

–Me estoy deshaciendo –me dijo en broma.

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16. De A Barlovento:

“Ayer por la tarde, martes, ocho de abril, llegué a la oficina de Daniel para felicitarlo por lo de su permanencia, jovial me dijo que sabía que yo había andado por gachupalandia y yo le dije que sí, que efectivamente había ido a visitar a sus parientes, fue entonces que poniendo la cara muy seria me dijo que le habían informado que mi amigo Jim Segel se había pegado un tiro, primero creí que me estaba bromeando, luego advertí que no y me entró el choque, ese día estuve completamente ausente y desde entonces siempre lo estoy un poco, por la noche me llamó Denise, y me dijo que ella estaba igual, que Jim se había colgado, que no había muerto de bala, allá por Las Lunas [Nuevo México], en un lugar donde le gustaba irse a escribir, que ya andaba mal pues estaba deprimido pero que nadie se imaginaba que fuera para tanto, que después me hablaba para decirme más…”

Segunda cita del mismo libro:

“En mayo nos invitaron a hacer una lectura en el Museo a José Manuel y a mí, como a media tarde llegó Garay, Pedro Cruz Garay, que nunca se puso el Cruz, sólo el Garay y tampoco supe nunca muy bien por qué. Aunque nos conocimos muchos años, nunca nos llevamos bien, como que había un antecedente secreto que no permitía una amistad, como si nuestros padres hubieran estado peleados y nosotros como buenos hijos también, con antipatías, muy curioso, nunca lo entendí, en otras ocasiones hasta me rebelé contra ese seudo destino impuesto y lo invité a mi casa, a echarnos un pisto al Bar Fórum de la Chente Guerrero, hablamos de todo y creo que ambos hicimos un verdadero esfuerzo por congeniar pero esas veces que sabes en el momento que lidias la batalla que tu lucha es inútil pues ya has perdido antes de empezar. Siempre andaba muy a la línea el vato, muy planchado, boleado y hasta elegante diría yo. Muchos decían que era grande y que no se había casado. Quién sabe, a mí me parecía muy normal en ese sentido […] Quique lo trajo de su gato mucho tiempo también, casi desde que lo conocí, lo presentó a la intelectualidad mestiza de nuestro medio y país […] llegó a nuestra lectura, [se veía] muy flaco, el pelo blanco blanco, tanto que de principio no supe si era él o no, con un saquito un poco arrugado y me percaté con extrañeza, sin calcetines. Después del dengue me dirigí al foyer del Museo donde lo encontré sentado en un diván fumando, lo saludé y le pregunté cómo estaba, pero de a de veras y se dio cuenta, me contó de su mal, que tenía un mes con males del hígado, que las medicinas agresivas que le habían impuesto le habían provocado gota, que por eso andaba sin calcetines y que el dolor se le hacía intenso a ratos. Llegó el Quique a platicar, se rió al vernos y me dijo: –Te presento a mi abuelito Garay. Yo me sentí mal pues veía que el otro de verdad estaba mal. Nos despedimos, los viajes rápidos de Las Cruces a Juaritos y vuelta se nos hacen cada vez más difíciles por el regreso, si pudiéramos quedarnos sería muy diferente pero ni modo, hay que bregar. Ya no lo vi a Garay. Como al mes y medio, hojeando El Diario, me encontré con un artículo del Montañez dedicado a Garay. Aunque me pareció raro, no reparé, pues como Pedro escribía allí su columna semanal, cuestión de amistades me dije y seguí leyendo. Unos días después recibí la llamada de José Manuel. Me avisaba de la muerte de Garay. Primero pensé que se había equivocado, que se trataría de alguien más, luego me pregunté cuántos años tendría pues se me figuraba que era más joven que yo…”

Tercera, siguiendo el tema:

“Anoche le dio un infarto a mi papá. La Gabi me dejó frío cuando me llamó para avisarme, no sabía qué hacer, debí habérmelo esperado, sí, lo había esperado pero nunca creí que ocurriera. Él mismo me dijo ayer: -¿Quién me iba a decir que a mí me iba a dar un infarto? Me sobrevino una inercia de ésas que no puedes decidir nada, lo que menos debe pasarme pues soy decididor profesional. Me estuve frente al teléfono como media hora, esperando no sé qué, no sé cuanto. Nadie más llamó, frustrado, agüitado quería hacer algo pero nada. Después me lo dijo un compa: -No, tómalo de mi experiencia, lo mejor es que te calmes, que te actives, que no pienses mucho en eso, no puedes hacer nada más que fastidiarte pues no hay nada, nada qué hacer. Pero como soy un obsesivo, me dedico a darle vueltas y vueltas al asunto. Por fin llamé al hospital. Me contestaron cortantes, que era un infarto, que estaba mejor, las voces me dieron a entender que yo era un insensible porque no había corrido para estar allí en ese preciso momento. La culpa, esa manera de verter y repartir la culpa de cualquier cosa para quedarse limpio y sentirse heroico, indispensable y a la mierda los demás. También me informaron que no debería ir a causarle ningún problema….”

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17. Voces de coadyuvantes II: Me llega un rumor, un barullo de noticias, una confusión de voces en la pesadilla del auricular. Que sufrió un infarto. Que no es algo grave. Que está en observación. Que sí está grave y está en observación. Que lo van a operar. Que siempre no. Que los médicos quieren esperar. Que lo operan hoy. Que la familia prefiere que no vaya nadie a visitarlo. Dicen otros. Una confusión de voces. Que lo operan en un par de días. Que lo operan el lunes. Que la operación duró toda la mañana. Que todo salió bien. Que está cómodo y en recuperación. Que la información debe ser oficial. Que se callen los murmullos. Que todos deben callar. Que la información debe ser oficial. Que no es cierto. Que se puso grave otra vez. Que su corazón trabaja a un 25 por ciento. Que oficialmente va todo bien. Que esta mañana se agravó. Que lo llevan a Houston. Que no. Que nadie sabe nada. Que nadie quiere decir nada. Todo es extraoficial. Que nadie debe saber nada. Que se callen los murmullos. Que murió a las diez de la mañana. Que murió a las once. Que todavía no hay confirmación oficial. Que no debemos suspender clases. Que no debemos salir corriendo hacia el hospital. Que qué maneras son esas. Que ya para qué. Que podíamos llenar el hospital con nuestras presencias, nuestras multitudes. Que todo como si nada. Que murió oficialmente a las diez de la mañana. Confirmación oficial. Que mañana hay misa a la una de la tarde. Que será en Juárez. Que en el Sagrado Corazón, la iglesia que está por Insurgentes. Que se llenó la iglesia que fueron familiares. Que fueron amigos, los nuevos, los viejos, los demás. Que faltó fulanito. Que no se vale llorar. Que no debemos expresar emociones. Que para qué tanta conducta-en-los-velorios. Que si a usted le va a tocar levantar el teléfono y escuchar los murmullos. Todos los murmullos. Que nadie se mueva hasta que la noticia sea oficial. Oficial y que nadie se mueva.

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18. Anecdotario:

UNO. “Mira José”, me dice Ricardo, “la cosa es calmada, te tomas un par de jaiboles y listo”. “Ajá”, le digo. Y comienza el avión a moverse. Y comienzo a sudar de las manos, a sentir que se me sale el corazón. Estoy convencido de que el avión se va a elevar un poco y luego pa-bajo-mijo. Y volteo y miro a Ricardo, y está igual de paniquiado que yo. Chíngale. El avión avanza, avanza, a agarrar carrera y se eleva, se va elevando. Y, yo: ya vez, nos hubiéramos ido en camión pinche Ricardo. Y Ricardo ni una palabra, pálido, pálido. El avión comienza a temblar, a hacer un ruido raro por la turbina que está justo debajo de mi asiento. Chingao, ora sí. Y el avión se eleva, de lado, de ladito, a madres. “A ver, explícame la ley de la gravedad, a ver dime que los aviones no se caen, a ver, cómo era lo de las estadísticas”. Y yo mudo, atragantándome con el famoso jaibol número dos. Y el avión se estabiliza. Espérate, orita viene lo bueno cabrón, cerca de la ciudad de Chihuahua hay unas corrientes de aire que sacuden el avión como si fuera un barquito.  Y a los veinte minutos pido mi tercera cerveza. Y Ricardo me dice, pinche güeyecillo, te invité para que me espantaras el miedo y salió peor. Chingao, no te digo.

DOS. “Agárrate fuerte ¿listo?” Y la moto sale a madres y vamos por la 16 de septiembre. Y “Oye Ricardo”, le digo. “¿Qué pedo?”, me dice: “Se nos olvidaron los libros, y allí están las hojas que vamos a leer”. Silencio.

–¿Nos devolvemos?
–¿Qué vas a leer?
–Un cuento de un par de pendejos que iban en moto…
–No, mejor les contamos uno que no se sepan.
–Bueno.

TRES.

–Oye, y por qué tanto título y cita de tangos –le pregunto a Ricardo.

Y me dice:

–Los tangos son pequeños aforismos dramáticos y por eso me gustan, pero también me gusta la música cubana, y el rock de mi época. Yo sin música no puedo vivir.
–Ah, le contesto, ¿Y cuál es la canción que más te gusta?
–Una de Jorge Cafrune, esa de “Ya me voy para esos campos y adiós, a buscar yerbas de olvido y dejarte…”. –Me dice, –es mi biografía”, –aclara.

Me enseña un casete de Cafrune. Es un tipo de una barba que le tapa más de media cara. Pone la rola. La escuchamos en silencio.

–Es bueno, pero me gusta más Alfredo Zitarrosa: “En mi país, qué tristeza, la pobreza y el rencor”, –le digo.

Ya vamos por la cuarta cerveza.

–Me vale, –me dice Ricardo. – “Mira pinche José, cuando me muera me pones esta rola de Cafrune, es mi biografía”.
–Y si quieres te pongo un par de tangos, –le digo.

Y un par de tangos, me dice.


(Jueves 30 de septiembre de 2004).

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