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Comida con el secretario. Por Julián Cardona

Seymour Hersh Promotes His Book Chain of Command

El 9 de diciembre de 2014, la Comisión de Inteligencia del Senado de Estados Unidos presentó un resumen del informe sobre el programa de detención e interrogatorios de la Agencia Central de Inteligencia (CIA). El reporte, de 525 páginas, exhibe la práctica sistemática de la tortura por parte de la agencia y generó una polémica internacional. Sin embargo, 10 años antes, el periodista Seymour Hersh documentó por primera vez los abusos a presuntos terroristas en Abu Ghraib. El siguiente texto documenta la fascinante historia del reportero.

Comida con el secretario

El ataque que derrumbó las torres gemelas de Nueva York desmoronó también, en gran parte, el prestigio y valores éticos que sustentaron el ejercicio del periodismo estadounidense durante décadas. Los reporteros y fotógrafos incrustados en los frentes de batalla durante la guerra en Irak, dependieron en gran medida del ejército estadounidense para desempeñar su trabajo. No fue muy diferente en otros casos. Televisoras y medios impresos escrutaron minuciosamente sus contenidos de forma de no incomodar a la administración del Presidente Bush, y se alinearon así a su discurso patriotero. El caso del periodista Seymour M. Hersh demuestra que, afortunadamente, hay excepciones.

Por Julián Cardona

Seymour M. Hersh, el reportero que trabaja en una modesta oficina de dos cuartos en la avenida Connecticut de Washington, acaba de revelarse para la administración del Presidente George W. Bush tan letal como la insurgencia que el ejercito estadounidense enfrenta en Irak, pero las consecuencias que sus últimos artículos tendrán no se reducirán a una mera reducción de votos para el texano en las próximas elecciones, sino que su efecto perdurará por generaciones, sobre todo en la conciencia del mundo árabe.

Hersh, acostumbrado a ocuparse más de su rutina de trabajo que de la autopromoción, encuentra estos días del otro lado de la línea telefónica no solo a sus fuentes de información habituales, sino a colegas que desean conocer pormenores de la vida del hombre que con la publicación de los detalles de la tortura dentro de la cárcel iraquí de Abu Ghraib ha puesto en jaque durante las últimas semanas a uno de los hombres del Presidente, el Secretario de Defensa Donald Rumsfeld.

“No se trata de mi”, dice a Deborah Hastings, una reportera de la Prensa Asociada que escribió un artículo sobre Hersh. “Bueno, escúchame, hablaré contigo un poco, hasta que el [otro] teléfono suene. Vamos, pregúntame”.

Luego de sufrir algunos años de olvido es evidente que Symour M. Hersh está de vuelta. Después que el escándalo de Abu Ghraib explotó, la cabeza de Rumsfeld fue pedida insistentemente a Bush por congresistas y editorialistas.

Este hombre de 67 años nacido en Chicago dio su primer gran hit en 1969, cuando reveló la masacre que tropas estadounidenses perpetraron contra unos 350 civiles en al poblado vietnamita de My Lai. Las víctimas fueron mujeres, ancianos y niños.

La historia, que inicialmente fue rechazada por varias prestigiosas revistas fue distribuida en algunos periódicos por una pequeña agencia noticiosa, y por ella Hersh obtuvo un premio Pulitzer.

La celebridad que My Lai otorgó a Hersh le permitió construir una carrera en la que los éxitos han sido tan estruendosos como los fracasos. A lo largo de los años Sy, como es llamado en los círculos periodísticos, ha tejido una fina red de fuentes en los niveles medios de la inteligencia, las fuerzas armadas y la burocracia estadounidenses, quienes en muchos casos han preferido el anonimato.

En los textos de Sy uno encuentra con frecuencia, por ejemplo, “un miembro del Comité me dijo”, ó “un oficial del Pentágono me dijo”. Son personas que participan de la feroz lucha al interior de las instituciones y que de una u otra forma están resentidos con ciertas políticas que afectan sus carreras. También les dañaría el ser citados, y es ahí donde sus detractores gustan atacarlo.

“Seymour Hersh es un mentiroso”, dijo Bush al Presidente paquistaní Pervez Musharaff, en respuesta a un reportaje de Hersh que establecía que una operación encubierta de un comando de élite de el Pentágono había intentado incursionar en Pakistán. El portavoz de el Pentagono Lawrence DiRita ha calificado sus piezas sobre la tortura en Irak de “extravagantes, conspiradoras”, un ejemplo de “mal ejercicio periodístico”.

“Conozco cada fuente que no ha sido nombrada”, dijo David Remnick, su editor en The New Yorker a The Washington Post. La revista posee un competente equipo de verificadores de datos de cada uno de los textos a publicarse.

El 30 de abril de este año The New Yorker publicó un artículo intitulado escuetamente “Tortura en Abu Ghraib”. Hersh había obtenido el reporte secreto de 53 páginas que el General Antonio M. Taguba presentó a finales de febrero a petición del Comandante de operaciones terrestres en Irak, General Ricardo S. Sanchez. En el artículo Hersh escribe que Taguba encontró entre octubre y diciembre del 2003 numerosos casos de “abuso criminal sadista, descarado e injustificado”, perpetrado por soldados de la 372 Compañía de Policía Militar y por miembros de la inteligencia estadounidense.

La CBS había trasmitido un par de días antes en su programa 60 Minutes II el grupo de fotografías sobre la tortura a iraquíes en la cárcel Abu Ghraib. La televisora tenía en su poder las imágenes dos semanas antes y demoró su transmisión debido a una petición que el General de la Fuerza Aérea y Presidente de la Junta de Oficiales Richard B. Myers le hizo. La inminente publicación del artículo de Hersh y el saber que The New Yorker también poseía las fotografías propició que el acuerdo con Myers se rompiera.

Nueve días después Hersh continuó con la segunda parte de su trilogía sobre Abu Ghraib. La fotografía en la que dos soldados estadounidenses azuzan a dos perros contra un preso es parte de esa entrega, pero con “Chain of Command” (Eslabones del comando) Hersh construía su propia cadena de reportes sobre la responsabilidad real de Donald Rumsfeld sobre la tortura en Abu Ghraib.

Durante la comparecencia del Secretario de Defensa el 7 de mayo ante el Comité senatorial de las fuerzas armadas, el senador por Arizona, John McCain, preguntó furioso a Rumsfeld “¿quién estaba a cargo? [de la prisión]”, interrumpiéndolo una y otra vez con la misma pregunta. El viejo senador había sido prisionero de guerra durante más de cinco años en la cárcel apodada sugestivamente Hanoi Hilton, en Vietnam (en referencia a la cadena de hoteles de la que Paris Hilton es heredera) y ahí conoció en carne propia lo que significa ser torturado.

Rumsfeld contestó con evasivas.

De acuerdo a Hersh, a finales del 2003 el General Geoffrey Miller encargado en ese tiempo de la prisión en Guantánamo recomendó al General Ricardo Sánchez extraer información de inteligencia de los detenidos en Irak. “El colocar al personal de inteligencia militar al mando, el seguir las recomendaciones de Miller y el cambio de política de Sánchez sin lugar a duda tuvieron que ver con los abusos que se dieron en Abu Ghraib”, escribió Hersh.

Los eslabones del comando siguen esta línea: Sánchez reportaba directamente al General John Abizaid, jefe del Comando Central, quien solo tiene por encima a Rumsfeld, y obviamente al Presidente Bush.

Para entonces casi nadie creía la versión oficial, para la cual los hechos representaban un caso aislado y no representativo del trato en Irak a los prisioneros. En entrevista con Scott Sherman, para Columbia Journalist Review, el escritor de The New Yorker, Mark Danner, había definido así la misión de Seymour Hersh: “él considera que su trabajo consiste en cerrar la brecha entre la versión oficial y lo que ocurre en realidad”.

La brecha se acortó más cuando Sy reveló en su siguiente artículo, intitulado “The Gray Zone” (La zona gris) la existencia de una secretísima operación llamada Copper Green (Cobre verde), activada en el 2003 por Rumsfeld como medida para evadir subterfugios legales que impidieran la captura o asesinato de miembros de Al Qaeda. Al inicio de la guerra en Afganistán el mulá Muhammed Omar había estado a tiro, pero escapó ante la tardía aprobación del ataque por parte del abogado en turno en el Comando Central en Florida.

Al propagarse la insurgencia en Irak, Rumsfeld y el subsecretario del área de inteligencia Stephen Cambone habrían decidido expandir el programa negro (como se conoce a los programas de acceso especial como Copper Green) a Irak, específicamente a Abu Ghraib.

De acuerdo a una fuente anónima de Hersh ello causó descontento dentro de la CIA, cuyo sentir habría sido: “Nosotros acordamos un programa clave en Afganistán, preaprobado para operativos contra blancos terroristas de gran valor y ahora quieren que lo usemos con taxistas, familiares y gente extraída de la calle”.

“La zona gris” coronó de alguna manera la quincena de trabajos que Seymour M. Hersh ha publicado en la revista neoyorquina a partir del 11-S. Algunos de ellos han tenido el efecto de un rayo que destroza la oscuridad. Para muchos durante las guerras en Afganistán e Irak los medios estadounidenses han plegado su cobertura a la política propagandística de su gobierno.

Sy Hersh es una de las más notables excepciones. Tom Rosentiel, director del Proyecto para la Excelencia en Periodismo dijo a Alan Freeman, del Globe and Mail, que “en el presente no hay nadie vivo en el periodismo estadounidense que pueda competir con Sy en los hechos que ha revelado”.

Richard Reeves un antiguo reportero y columnista de The New York Times dijo al CJR: “él debe ser el mejor reportero de su generación. Simplemente obtiene historias que nadie más podría conseguir. Es una leyenda, y merece serlo”.

En abril Hersh obtuvo el National Magazine Award en la categoría de Interés Público con tres artículos publicados el año pasado en The New Yorker.

En la edición del 17 de marzo del 2003 salió a la calle “Lunch With The Chairman” (Comida con el Director). Con el, Hersh provocó la baja del ideólogo principal de los halcones de la administración Bush, Richard N. Perle, presidente del Defense Policy Board (Consejo para políticas de defensa), y uno de los principales propulsores de la guerra en Irak. Perle había sido Asistente del Secretario de Defensa en la administración de Ronald Reagan.

Sy inicia su texto con la descripción del historial del hombre de negocios saudí Adnan Khasogghi quien –dice Hersh– obtuvo cientos de millones de dólares en cargos y comisiones por los servicios de intermediación que hizo a la familia real de Arabia Saudita durante los años setenta por la adquisición de armas y aviones. Khasoghi tuvo otras actividades oscuras durante los años subsecuentes.

Lo que sigue causó en gran parte que el 9 de mayo de 1993, Richard Perle calificara a Sy Hersh, en entrevista con Wolf Blitzer de la CNN, como “la cosa más próxima que América (Estados Unidos) tiene al terrorismo”.

Hersh obtuvo una carta que un representante de Trireme Partners L.P. envió a Khasoghi en noviembre del 2002. Según el documento, el temor creciente por terrorismo incrementaría la demanda de productos, servicios y tecnología necesarios en varios países para incrementar la seguridad interna y fortalecer sus mecanismos de defensa. Trireme, que se había constituido en noviembre del 2001 con el fin de incursionar en ese giro contaba entre sus directivos a hombres con importantes conexiones dentro del gobierno.

La carta presumía de ello: “Tres de los miembros del grupo gerencial de Trireme son consejeros actualmente del Secretario de Defensa de E. U., y uno de sus directores, Richard Perle es presidente del consejo.

En respuesta Khashoggi organizó en Francia, un par de meses después, una comida privada con Perle, a la que asistió también un acaudalado industrial saudí. La existencia de una guerra en Irak expandiría el campo de negocios de Trireme.

De esta manera se entreveía un conflicto de interés entre la función pública y empresarial del creador del concepto de “acción militar preventiva”. Richard. N. Perle quien amenazó con demandar a Hersh por la publicación de estos datos renunció a su cargo unos días después. La demanda nunca fue presentada.

Perle había sido invitado en el 2001 al Consejo de políticas de defensa por el Secretario Rumsfeld, el blanco de las investigaciones de Sy Hersh en sus últimas entregas.

No es nuevo que el reportero se faje con pesos completos de la política de su país. La confrontación con Henry Kissinger es legendaria.

Su interés por el paradigmático Secretario de Estado se desarrolló a principio de la década de los setenta. El derrocamiento del Presidente Salvador Allende en Chile, el bombardeo en Camboya y la Guerra de Vietnam, entre otros, fueron conflictos que definieron toda una era, donde la personalidad, influencia y poder político de Henry Kissinger fueron factores determinantes en cada caso.

Desde las páginas de The New York Times, Hersh se había confrontado en el terreno periodístico con Bob Woodward y Carl Bernstein sobre el caso Watergate. Sy llegó a el NYT para rescatarlo de una cobertura sobre el escándalo presidencial dominada abrumadoramente por el Washington Post, y lo consiguió.

Aquella época en el NYT ha sido una de las más brillantes en su carrera. En una de sus más grandes historias casi aniquila a la CIA, en 1974, con sus revelaciones sobre el espionaje que la agencia hacía a ciudadanos estadounidenses disidentes.

A finales de los setenta abandonó el diarismo para encargarse de redactar su libro “The Price of Power” (El precio del poder), en el que edificó lo que muchos consideran su obra más acabada. La figura histórica de Kissinger es destazada sin misericordia a partir de un millar de entrevistas y varios años de investigación.

El vado en su carrera sobrevino con la desafortunada publicación a mediados de los noventa de su libro sobre John F. Kennedy, “The Dark Side Of Camelot” (El lado oscuro de Camelot), donde fue engañado por quienes le habían ofrecido un manuscrito que probaba los pagos que Kennedy habría hecho a Marilyn Monroe. El documento era apócrifo y Hersh tuvo que pagar el precio con la crítica a pesar de haber retirado esa parte de la obra poco antes de entrar a imprenta.

Una historia suya no muy valorada merece, sin embargo, ser mencionada: al final de la primera guerra contra Irak tropas al mando del General Barry McCaffrey asesinaron a un contingente de soldados iraquíes en retirada. Los hechos fueron revelados en detalle por Sy Hersh en un largo artículo publicado por The New Yorker en el 2000; McCaffrey arguyó que los iraquíes se mantuvieron peleando.

Fue como el segundo My Lai para Hersh, con cientos de entrevistas y meses de investigaciones, aunque sin las repercusiones del primero.

En el presente la rivalidad con Woodward sigue viva, aunque ambos siguen derroteros diferentes. Aquel lanzó su libro sobre la guerra en Irak llamado “Plan of Atack” (Plan de ataque), en el que debido a las fuentes de altísimo nivel a las que acude ofrece una visión de la guerra y sus preliminares muy desde el interior del clan que ocupa el gobierno de Estados Unidos. Una suerte de versión oficial amplificada.

Pero es Hersh quien hace historia. En una época gobernada por la información fragmentada e instantánea, por el interés predominante de las revistas en las celebridades, el hombre aún conserva en su interior el fuego y las ideas que animaban los años sesenta. Seymour M. Hersh se ha remasterizado así mismo para funcionar en el periodismo del siglo XXI, y de qué manera.

El impacto de Abu Ghraib puede ser devastador. Para Hersh “ésta es una dolorosa voladura de nuestras relaciones con el mundo árabe. Esto nos hiere realmente en formas que la gente de los Estados Unidos aún no puede desentrañar”. Hersh también declaró a Tim Harper del Toronto Star: “Ellos (los árabes) nos ven como una sociedad perversa e inmoral. Hemos perdido la integridad moral”.

Hay antecedentes al respecto. En su juventud un joven egipcio visitó los Estados Unidos movido por la profunda admiración que sentía por ese país. Lo que encontró a través del filtro de su creencia religiosa fue depravación y decadencia. El médico Ayman al-Zawahiri es desde 1998 el segundo en la jerarquía de Al Qaeda, y para muchos el verdadero ideólogo de la organización.

Abu Ghraib es mucho más de lo que al-Zawahiri pudo siquiera imaginar. La tortura, los asesinatos y las humillaciones sexuales que los prisioneros iraquíes sufrieron al interior de la prisión serán seguramente una afrenta difícil de digerir para el mundo árabe.

¿Cuál es tu próxima historia, Sy?

(Sábado 12 de junio de 2004).

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