jueves , 14 diciembre 2017
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Ciudad de muerte, ciudad de esperanza. Por Cecilia Balli

En un ensayo entrañable que publica la revista Litoral, la periodista Cecilia Balli escribe sobre Ciudad Juárez, la frontera que la ha adoptado. Ofrece una reflexión en la que cuestiona el impacto de la globalización económica en la región y los efectos del abandono por parte de los gobiernos de México y de Estados Unidos. Propone aprender las lecciones.

En el texto recuerda que durante un foro reciente acerca de la violencia en la frontera que se realizó en Marfa, Texas, la moderadora le preguntó al escritor Charles Bowden por qué se molesta en regresar a Juárez. “Pensé en lo afortunado que era que pudiera hacer esa pregunta –y que el panelista pudiera responder. Un millón de personas en Juárez –y decenas de millones de ciudadanos mexicanos– no se pueden dar ese lujo. Pero me fui a dormir con la pregunta, sabiendo que la respuesta estaba mucho más allá de mi sentido de responsabilidad periodística. Y esto es lo que concluí: la razón que yo concluí, la razón por la que regreso a Juárez, es porque la ciudad de la muerte me da una sensación de vida.

La versión en bilingüe del ensayo puede leerse aquí City of Death, City of Hope / Ciudad de muerte, ciudad de esperanza, ciudad de esperanza. La revista Literal. Latin Amrican Voices puede leerse haciendo clic aquí. El texto en español es el siguiente. Todos los derechos son de Literal y de Cecilia Balli.

Ciudad de muerte, ciudad de esperanza

Por Cecilia Balli

Cuando me pidieron que escribiera acerca de Juárez, la idea me pareció fascinante. Me tomé el encargo literalmente. En el transcurso de las semanas siguientes empecé a pensar en lo que Juárez es, lo que representa, y terminé preguntándome qué significa pensar el mundo en términos de ciudades específicas. Porque en las ciudades encontramos todos los niveles de nuestra existencia: nuestras realidades materiales, sociales y humanas. Una ciudad es más que una retícula de calles y carreteras; no es sólo una colección de edificios o un tejido de política y políticas. Las ciudades tienen algo que es intangible, pero que quizá sea más importante que cualquier otra cosa–digamos el espíritu de una comunidad. Este espíritu lo producen los individuos que habitan la ciudad, pero a la vez es mucho más grande que ellos. Puedo afirmar tranquilamente que Ciudad Juárez tiene el espíritu más especial que he encontrado en México, y por eso para mí es la Ciudad de la Esperanza, aunque esa etiqueta pueda sonar ilógica.

Pero Juárez también es la Ciudad de la Muerte. No es un título que haya elegido para sí misma, sino uno que le imponemos desde la distancia. Mis propios editores de revista le pusieron este título al primer artículo que escribí sobre Juárez en el 2003–lo llamaron Ciudad de la Muerte. Porque en ese momento Juárez era conocida por las mujeres jóvenes y bonitas que desaparecían misteriosamente en las calles, cuyos cuerpos eran descubiertos después, abandonados en el desierto. Era escalofriante pensar en una ciudad en donde la muerte alcanzaba de una manera tan oscura, tan inexplicada, a las víctimas más vulnerables. Tengo una entrada de diario del 4 de enero de 2003 titulada “Primera llegada a Juárez”. Entonces escribí estas palabras: “El miedo es paralizante. En especial cuando lees el periódico y te das cuenta de que se las llevaron a media calle, en el centro, a plena luz del día. Que cuando las encontraron, sus cuerpos habían sido mutilados de formas horribles, los senos corroídos o amputados, el pelo cortado, los cuerpos mordidos y acuchillados”. Después de pasar varias semanas en Juárez y de volver al año siguiente a quedarme ahí un año y medio para una investigación de tesis, aprendí que las muertes de las mujeres eran algo mucho más complicado; que no todas las víctimas entran en un perfil y no todos los asesinatos fueron perpetuados por un grupo organizado de asesinos. Aún así, estaba claro que la ciudad había gestado una nueva clase de violencia en contra de las mujeres, más brutal–aunque no siempre más numerosa–que lo que se había visto en otras regiones de México. Y era un estilo de violencia que también había cobrado algunas víctimas masculinas, sólo que no habían sido violados y se sospechaba que eran hombres involucrados de algún modo con el narcotráfico. Sus cuerpos se enterraban en los patios traseros de las casas en la ciudad o en ranchos a las afueras. Una vez, cuando yo vivía en el área, el periódico local reportó que un niño pequeño se había tropezado con una mano que sobresalía de la tierra. En algunos casos se descubrió que los asesinos eran miembros de la policía estatal.

Pero para entender cómo Juárez se convirtió en la Ciudad de la Muerte hay que ir mucho más allá de esta oleada de asesinatos de mujeres y manos que sobresalen en la tierra. En 1964, Estados Unidos terminó el programa Bracero de trabajadores invitados con México y deportaron a muchos de sus trabajadores, dejando a miles de hombres abandonados del lado mexicano de la frontera. En un esfuerzo por re-emplearlos, el gobierno mexicano lanzó el Programa de Industrialización de la Frontera, que fomentaba que los fabricantes norteamericanos ensamblaran sus productos en el norte de México con el fin de aprovechar los impuestos bajos y la mano de obra barata. El plan tuvo éxito, pero sus principales beneficiarias terminaron siendo mujeres, quienes, se concluyó, serían mejores trabajadoras para las nuevas fábricas o maquiladoras, por su supuesta destreza manual. Se corrió la voz en todo México de que en Juárez estaban apareciendo miles de trabajos de línea de montaje, y pronto el norte de la nación se convirtió en un emblema de modernidad y oportunidad económica. En los años setenta, camiones patrocinados por las fábricas recorrían el centro y las costas de México y volvían con miles de trabajadores hambrientos. Entre ellos había algunas mujeres solteras que llevaban a sus hijos a cuestas. Ellas no sólo tomaron trabajos en las maquilas, sino que también empezaron a trabajar en las muchas tiendas y restaurantes que proliferaron para satisfacer el nuevo consumismo de la ciudad.

Entonces las mujeres trabajadoras de Juárez, que alguna vez tuvieron una reputación injusta de ser prostitutas o taberneras, ahora obtenían pagos como obreras de fábricas, vendedoras, policías –algunas incluso lograban hacer estudios y se convertían en maestras o gerentes e ingenieras en los edificios de concreto que se construían por toda la ciudad para albergar a cerca de cuatrocientas maquiladoras. Por unos 4 a 7 dólares al día, ensamblaban las partes automotrices, los componentes electrónicos y la ropa que consumimos. Con el tiempo, algunas de las mujeres jóvenes que no podían ir a la universidad tomaban clases de computación para trabajar como secretarias y asistentes administrativas. Juárez es una ciudad que le da un gran valor a habilidades como manejar la Internet y hablar inglés; incluso en su vecindario más pobre, una vez vi una choza de ladrillos muy pequeña con doce sillas colocadas afuera y un letrero pintado a mano que prometía “Clases de inglés”.

Pero la migración fue demasiado rápida y demasiado desorganizada. La población oficial se disparó a 1.2 millones para el año 2000. Desapareció el encanto que Juárez había ostentado en los años treinta, cuando su valle había producido uvas suculentas; o en los cuarenta, cuando la música de Glenn Miller y Agustín Lara nunca dejaba de sonar en la Avenida Juárez, incluso cuando Estados Unidos fue a la guerra. Con el tiempo los hombres también llegaron a las maquilas, pero el costo de vida en Juárez había subido mucho más que en sus hogares, lo cual significaba que ambos padres tenían que trabajar y no había quién cuidara a los niños, más que los hermanos mayores, que con frecuencia no tenían más de ocho, nueve o diez años. México cometió un gran error al haber plantado su experimento industrial más grande en el desierto, en una ciudad separada del resto del país no sólo simbólicamente, por su fuerte sentido norteamericano, sino físicamente, por las impresionantes pero inclementes montañas de Juárez. El paisaje se empezó a salpicar de chozas de cartón. Las aguas negras se desbordaban hacia las calles en los lugares más pobres. Se robaba la electricidad a los vecinos y los cables de luz se reproducían como parásitos. Cuando llegué a Juárez, hace siete años, era bastante común escuchar a locutores de radio divagando sobre las maneras en que los migrantes del sur habían arruinado su comunidad.

Hoy en día, los problemas sociales de la ciudad son enormes y complejos. A pesar de que la recesión norteamericana hizo que algunas de las fábricas cerraran o se reubicaran en Asia, el atractivo del trabajo de maquiladora permanece, y muchos jóvenes renuncian a sus estudios después de la primaria y no hacen nada entre los 12 y los 15 años, mientras esperan a estar legalmente calificados para trabajar. Mientras sus padres trabajan, pasan largas horas sin supervisión, y muchos jóvenes terminan por meterse en problemas. Se estima que existen más de 500 pandillas en Juárez, de las cuales al menos 80 están representadas en la prisión local –donde los miembros cumplen condenas por asesinato, robo o narcotráfico. Mientras tanto, en casa, las mujeres se han unido a sus esposos en el sostén económico de la familia, pero los hombres no necesariamente ayudan a sus mujeres con las tareas del hogar y la crianza. Hay un alto grado de abuso emocional y físico, que en ocasiones incluso resulta en la muerte, que puede hacer que sus casas sean aún más peligrosas para las mujeres que las calles. A su vez, las madres les transmiten su estrés a sus hijos; se estima que entre 60 y 70% de las mujeres de Juárez les pegan a sus hijos y son abusivas psicológicamente.

* * *

En 2008 la violencia en Juárez alcanzó un nivel nunca antes visto y que nadie imaginó posible. Comenzó con la matanza indiscriminada de policías poco después del inicio del año nuevo: a mediados de febrero, 26 agentes municipales habían sido acribillados. Poco después los asesinos dejaron una nota en un monumento público que nombraba a los muertos y leía “para los que no creyeron”. Continuaba con la leyenda “para los que siguen sin creer”, seguida de una lista de diecisiete hombres que, según se entendía, serían los siguientes. Nadie podía explicar este súbito arranque de violencia, aunque el alcalde de Juárez, José Reyes Ferriz, diría más tarde que había recibido noticias de que una organización narcotraficante rival había declarado la guerra en contra de un poderoso Cartel de Juárez –aunque no explicó exactamente cómo fue que se enteró de esto. Según la teoría, este nuevo grupo estaba tratando de eliminar a los policías estatales que estaban en contubernio con el grupo de Juárez.

Para entonces, México ya estaba enfrascado en lo que el Presidente Felipe Calderón había declarado como una “guerra”. El año anterior había sido muy sangriento para otras regiones del país, ya que las alianzas y los territorios del narcotráfico se desplazaban y destrozaban y los cárteles peleaban entre ellos. Todo escaló hasta un alarmante nuevo nivel, y se adoptaron gestos grotescos como forma de enviar mensajes y de sembrar el terror público. Se colgaban cuerpos decapitados de pasos a desnivel; se cortaban manos. En el estado de Michoacán, comandos armados asesinaron brutalmente a doce policías federales que fueron enviados a investigar y dejaron sus cuerpos amontonados al lado de una carretera. Sin embargo, con el tiempo el pleito y el teatro escalarían aún más alto en Ciudad Juárez. Una de las víctimas fue crucificada en un árbol, la cabeza de otra se encontró con un sombrero de Santa Claus. La gente se olvidaría de los asesinatos de mujeres y Juárez se convertiría en el “epicentro de la narcoviolencia mexicana” o “la ciudad más mortífera del mundo”.

A diferencia de otras ciudades mexicanas plagadas de drogas, en Juárez no hubo una intervención formal del gobierno federal cuando comenzaron los asesinatos, de manera que el alcalde Reyes Ferriz y el gobernador de Chihuahua se unieron para encontrar respuesta. Se asumió que la policía era demasiado corrupta para ser capaz de controlar los asesinatos, muchos de los cuales eran dirigidos en su contra. Temerosos de que el poder de los criminales fuera mayor que su capacidad de mantener la seguridad de Juárez, el alcalde y el gobernador pidieron ayuda al Presidente Calderón. Para marzo habían recibido 2,000 tropas y con gran ceremonia lanzaron el “Operativo Conjunto Chihuahua”, una iniciativa multi-gubernamental que se esperaba sirviera como modelo para el resto del país. Pero a pesar de su presencia, para finales del 2008, el índice de asesinatos de la ciudad había aumentado cinco veces.

Yo volví a Juárez a tiempo para ser testigo de la última muerte del año –la víctima número 1,651 (para dar una idea de lo mucho que las cosas han empeorado desde entonces, en lo que va de este año ha habido alrededor de 2,450 asesinatos, cerca de 7,000 en los últimos tres años). Pero llegué a principios del 2009 para buscar patrones en esa masacre aparentemente azarosa que el Ejército mexicano era incapaz de detener, a pesar de que había tanques y Humvees por toda la ciudad. Lo que vi fue lo que la gente de Juárez ya sabía: que la violencia ahí desafiaba cualquier explicación tan simple como una guerra de cárteles. Varones que no tenían importancia alguna en el liderazgo de las organizaciones narcotraficantes eran asesinados salvajemente; hombres enmascarados se metían en centros de rehabilitación para drogadictos y masacraban a ocho, diecisiete, veinte personas. La gran mayoría de las víctimas de la ciudad eran hombres pobres entre los 18 y los 25 años de edad. Sus cuerpos se amontonaban en la morgue y sus asesinatos no eran investigados. Sus muertes hablaban de una ciudad en la que la guerra por territorios entre grupos criminales sólo sirvió como detonador de una forma de exterminio social de mucha mayor trascendencia y brutalidad. La vida en Juárez se había abaratado.

Pero quizá lo más inquietante de todo lo que aprendí en ese viaje fue que el gobierno mexicano estaba involucrado. La mayoría de la gente estaba demasiado asustada para hablar de esto, pero entrevistas y varias conversaciones confidenciales revelaron que el Ejército secuestraba a hombres jóvenes durante varios días y los sometía a torturas sañudas con el fin de sacarles información acerca del mercado de drogas interno de la ciudad. Nadie estaba buscando a un capo importante para atraparlo, lo que buscaban los soldados era información a muy bajo nivel, después de que los mandaron a Juárez sin inteligencia propia a partir de la cual trabajar. A veces las víctimas eran criminales de poca monta, y otras veces los elegían al azar simplemente por vivir en los vecindarios pobres que se suponían corruptos. El Diario de Juárez había reportado varias de estas historias de “abusos a los derechos humanos”, como los llamaron, pero lo que me impactó fue lo comunes y sistemáticas que eran. No fueron algunos casos especiales que se habían salido de línea; de hecho parecía haberse convertido en la estrategia de los soldados, ya fuera aprobada por sus comandantes o no. Algunas de las víctimas morían por las golpizas o jamás reaparecían, mientras que muchos otros eran enviados a la prisión local con cargos de drogas y armas, presumiblemente para elevar las cifras de casos de éxito de la operación. Y todos sabían esto en silencio –los examinadores médicos del Ejército, los procuradores locales y estatales, los abogados defensores, el personal de los hospitales a los que llevaban a algunas de las víctimas para evitar que murieran. El doctor de la prisión estatal –que generosamente me atendió por un virus estomacal que me dio por comer pescado malo– me dijo que todos los detenidos que llevaba el Ejército llegaban molidos a golpes. Y aun así, no había nadie que levantara la voz en su nombre, a excepción de un abogado instigador especialista en derechos civiles llamado Gustavo De la Rosa y algunos cuantos familiares de las víctimas, que levantaron protestas frente al campamento militar. En marzo de este año el alcalde de Juárez, Reyes Ferriz, visitó la Universidad de Texas en el campus de Austin, y cuando le pregunté por qué no decía nada en contra de los abusos insistió en que todas las personas que alegaban haber sido torturadas a manos del Ejército eran, cito: “delincuentes empedernidos”.

* * *

Hace varios años, un equipo de científicos sociales de Juárez publicó un diagnóstico integral de la compleja realidad social de la ciudad que ofrecía ideas para una intervención. La conclusión, bastante interesante, fue que a pesar de la enorme carencia de fondos para programas sociales, según su punto de vista la necesidad más grande era psicológica y afectiva. La gente de Juárez es de espíritu desdeñoso, pero en algún punto necesitan apoyo. Los autores del estudio preguntaron, en esencia, ¿es suficiente para una persona tener acceso a un trabajo en este mundo? ¿No existen otras cosas mucho más importantes, como el bienestar social, cultural y emocional?

Por eso me frustra tanto que hoy en día se dibuje a Juárez como el apocalipsis en escritos populares. Porque Juárez no es el infierno en la tierra, un lugar donde sólo las almas más valientes ponen pie. Juárez es una ciudad herida. Juárez es el ejemplo de lo que pasó cuando la gente fue despojada de su ciudadanía y olvidada por los gobiernos tanto de México como de Estados Unidos. ¿Podemos permitir que Juárez explote, o peor, que se repita en otro lugar? ¿Cuáles son las lecciones importantes que Juárez, la Ciudad de la Muerte, pero también la Ciudad de la Esperanza, nos enseña sobre la naturaleza de la democracia y las economías globales y la vulnerabilidad y la resistencia humanas? Cada persona tiene que contestarse esta pregunta a sí misma.

Sé que, en mi caso, la ciudad me ha dado mucho más de lo que yo le he dado a ella. En un foro reciente acerca de la violencia en la frontera que se realizó en Marfa, Texas, una moderadora le preguntó al escritor Charles Bowden por qué se molesta en regresar a Juárez. Pensé en lo afortunado que era que pudiera hacer esa pregunta –y que el panelista pudiera responder. Un millón de personas en Juárez –y decenas de millones de ciudadanos mexicanos– no se pueden dar ese lujo. Pero me fui a dormir con la pregunta, sabiendo que la respuesta estaba mucho más allá de mi sentido de responsabilidad periodística. Y esto es lo que concluí: la razón que yo concluí, la razón por la que regreso a Juárez, es porque la ciudad de la muerte me da una sensación de vida.

Traducción de Eugenia Noriega

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