martes , 12 noviembre 2019
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Aurora Reyes: Primera muralista mexicana

“Las mujeres con alma de montaña
amasan en su rostro silencios vegetales”
–Aurora Reyes.  “Hombre de México”

Por Margarita Aguilar Urbán

EL PRIMER MURAL PINTADO por una mujer en México fue Atentado a los maestros rurales, uno de los siete realizados por la chihuahuense Aurora Reyes. A pesar de la gran cantidad de estudios sobre el  llamado “Renacimiento mexicano”, la también notable poeta pasó casi desapercibida en la historia del movimiento, pues ni siquiera su parentesco con el eminente Alfonso Reyes atrajo las miradas hacia su obra..  Atentado a los maestros rurales, no obstante, destaca por la manera de abordar el tema,  por su composición y por el uso peculiar de la figura retórica conocida como “ocultamiento” o “borradura”  que en lo visual equivale a traslapar un elemento iconográfico sobre otro exhibiendo alguna figura sólo parcialmente a fin de  concentrar  la fuerza simbólica.

Aurora Reyes, nacida en Parral, Chihuahua, el 9 de septiembre de 1908,  realizó su  primer mural en el año de 1936, después de un concurso  de oposición convocado por la Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios (LEAR). Esta obra se inscribe en la segunda etapa del muralismo mexicano auspiciada por el gobierno de Lázaro Cárdenas (1934-1940) y marcada definitivamente por condiciones no sólo nacionales -como la reforma agraria, la expropiación petrolera y los conflictos educativos -sino también por un factor internacional amenazante: el fascismo en Europa.

El fresco de 2 X 4 m  puede verse en el vestíbulo del Centro Escolar Revolución en la ciudad de México (Niños Héroes y Chapultepec, estación Balderas del metro).  En el contexto de su producción es sin duda un mural de pequeñas dimensiones,  considerando  los antecedentes de la primera época del muralismo, en la década de los veintes,  donde se abarcaron grandes extensiones de muros de edificios públicos y  comparándolo también con los que otros artistas llevaron a cabo por esos años. Baste conocer solamente lo que hicieron “los tres grandes” en esa etapa del movimiento:  Siqueiros pinta en 1939 el cubo de la escalera del Sindicato Mexicano de Electricistas (100 m2); Orozco realiza entre 1936 y 1939 sus sobresalientes frescos que decoran el Anfiteatro de la Universidad de Guadalajara, los del Palacio de Gobierno y del Hospicio Cabañas, “una de las empresas más grandiosas de la pintura contemporánea”, según Orlando Suárez  (Suárez, p. 232);  Rivera, por su parte, produce, en 1936,  cuatro tableros movibles para el Hotel Reforma (24.75 m2) los cuales nunca fueron expuestos por el escándalo que causaron las sátiras al turismo extranjero y a la reacción mexicana., pero que por lo mismo lograron gran popularidad.  En este panorama, la obra de una joven pintora desconocida que además se incluiría en un proyecto colectivo no tendría un gran impacto, pero merece apreciarse por su intrínseco valor.

Aurora perteneció a un grupo de mujeres que tuvieron que abrirse paso con esfuerzos inusitados en una época donde la participación femenina era casi nula. Las desventajas sociales a las que se vieron sometidas las obligó a forjarse un carácter aguerrido  e insumiso que les acarreó  la crítica y el estigma. Consideradas desde otro ángulo, en cambio, fueron mujeres transgresoras que se atrevieron a romper el silencio “amasado en sus rostros”, como lo describió Aurora en su polémico poema “Hombre de México”. Así sobrepasaron barreras, contradijeron prejuicios y  lucharon por alcanzar metas en el México post-revolucionario que en sus cambios estructurales todavía no incluía a las mujeres.  Ione Robinson, asistente de Diego Rivera en los murales del Palacio Nacional escribió:  “Mis overoles ocasionaron un buen escándalo, ya que este edificio aloja al presidente y a su gabinete, así como al Senado.  La Revolución todavía no ha logrado liberar a las mujeres, a juzgar por los oh-la-lás de estos funcionarios cuando caminaban hacia sus oficinas”. (Oles, p. 9). La crítica tendrá que volver los ojos hacia las obras de Aurora Reyes, Isabel Villaseñor, Elena Huerta, Electa Arenal, Margarita Torres, Juana García de la Cadena, Rosario Cabrera, Rosa Rolando y algunas muralistas más para completar la visión de una época trascendental para el arte mexicano.

El recinto

Visitar el Centro Escolar Revolución, edificio construido de 1933 a 1934, es encontrarse con la imagen de una época donde los ideales de progreso y de cambio fincados en la educación se encontraban en efervescencia.  Igual que los conquistadores españoles construyeron iglesias sobre templos indígenas, así el gobierno del maximato levantó esta escuela primaria sobre el predio de la demolida cárcel de Belén.  Un “templo del saber” sobre las ruinas de un régimen autoritario (“educar es redimir” se lee en la base de la escultura que se encuentra delante de la entrada principal).  La construcción es enorme, funcional, con grandes patios, biblioteca escolar, biblioteca pública y alberca.  Cristaliza el modelo de la “educación socialista”, como se le denominó en el texto del artículo 3º. Constitucional reformado en 1934 después de una serie de combates ideológicos destinados a excluir de la educación toda doctrina religiosa y a combatir el fanatismo y los prejuicios para dar paso a “un concepto racional y exacto del universo y de la vida social”. (Arce Gurza, p. 184).

El vestíbulo que une las dos alas destinadas a las bibliotecas está decorado  con once frescos de seis pintores: Raúl Anguiano, Everardo Ramírez, Gonzalo de la Paz Paredes, Antonio Gutiérrez, Ignacio Gómez Jaramillo y Aurora Reyes.  Los espacios para las bibliotecas- oficinas de gobierno y bodega en la actualidad- resplandecen con los vitrales multicolores de Fermín Revueltas. La escuela aún se encuentra en servicio, pero el patrimonio artístico por desgracia aparece en franca destrucción:  vidrios rotos en los vitrales; pintura salpicada sobres los murales deslavados; mugre, telarañas.

Aun así,  pueden  vislumbrarse  los colores originales de los frescos.  Abundan los rojos y los ocres –de temperatura cálida- en contraste con el blanco, el azul celeste y el gris.  La similitud de color y el tema de las escenas plasmadas dan unidad a las obras de diferentes autores.  Algunos pintan episodios triunfales: niños estudiando sobre los  símbolos enterrados del fascismo y  de  la iglesia; un maestro  enseñando a sus alumnos cómo romper la cadena de las dos cruces, la católica y la gamada; maestros obreros con rifles o pistolas en una mano y con libros en la otra.  Otros tocan el tema de la injusticia y de la opresión del movimiento en pro de una educación laica: maestros muertos o maltratados ante grupos de niños; soldados martirizando al pueblo.  El mensaje  a través de  representaciones casi literales resulta obvio y la mayor parte de las veces se queda en el nivel anecdótico a pesar de la utilización simbólica de algunos elementos iconográficos; en todo caso,  está patente el vínculo con la ideología estatal  de ese momento histórico y no deja de ser evidente su función publicitaria de los valores del régimen. Empero hay una gran energía en la expresividad del conjunto.  Es un grito que  transmite la creencia auténtica en un futuro grandioso a partir de la participación activa de las fuerzas populares.

El mural

A pesar de inscribirse dentro de los mismos cánones, el mural de Aurora Reyes destaca dentro del conjunto. Es una digna opera prima del muralismo realizado por mujeres en México. Ilustra un suceso común de la persecución de los maestros que defendieron el laicismo y el socialismo en la educación. En él aparece, en primer plano, un campesino que  con la mano derecha arrastra a una maestra del pelo mientras que con la mano izquierda sostiene unos billetes.  Al levantar el brazo cubre parcialmente su cara y en el jaloneo violento pasa sobre un libro cuyas hojas se abren desordenadamente.  Al mismo tiempo, otro personaje, que lleva un escapulario en el cuello, golpea a la mujer en la cara con la culata de un rifle. El sombrero que éste porta alcanza a cubrirle todo el rostro.  Además, la maestra atacada intenta sin éxito cubrirse para defenderse.  A la derecha, dos niños y una niña observan la escena.  El primer niño se esconde tras la columna; el segundo niño, detrás de la niña.  Sólo ésta última, con un vestido blanco que la hace resaltar en el grupo,  parece asomarse con más valentía para mirar de frente el hecho.

En este fresco, la manera de abordar el tema es distinto a los demás porque la pintora resalta la presencia de la mujer tanto en la educación como en las luchas sociales. Esta circunstanciano se da así en ninguno de los otros murales del conjunto, donde –a excepción de las niñas- la mayoría de los personajes son hombres.  Sólo en uno de ellos aparece una maestra arengando a la lucha, pero se la presenta en actitud triunfante y no padeciendo, como en el de Reyes, las acciones brutales del opresor.

Leticia Ocharán dijo de este mural que –en la obra de Reyes-  es “el que merece mayor consideración, por el equilibrio rítmico de sus formas, dentro de una sólida composición, en la tirantez que existe entre los cuerpos en acción y la elegancia del color”.(Ocharán, p. 67).  Antonio Rodríguez en  El hombre en llamas, coincide en la singularidad de Atentado a los maestros rurales: “Muchas veces más – afirma- habrá de repetirse este tema de la persecución a los maestros, pero nunca con la intensidad, el patetismo y la ternura de este mural”. (Rodríguez, p. 231).

Ambos críticos encontraron elementos válidos para la apreciación del trabajo de Reyes. Para comprender mejor la composición a la que alude Ocharán, es necesario observar la forma interna del mural. Existe un eje vertical marcado por la columna tras la cual se esconden los niños.  Este eje es simétrico y divide la obra en dos partes.  Al lado derecho, en segundo plano, los niños que observan la escena están inmovilizados por el miedo.  En primer plano, sobre el eje horizontal que marca el piso, y abarcando toda la superficie del mural, están las figuras principales, cuya presentación está llena de movimiento. Es una combinación de líneas principalmente curvas que contrastan con las rectas verticales del segundo plano. Tales líneas son los cuerpos de la maestra golpeada y de los hombres agresores cuyos movimientos hacia direcciones opuestas crean una gran tensión. El contraste entre lo curvo y lo recto, lo vertical y lo horizontal, el movimiento y la inmovilidad dan a la obra el equilibrio del que habla Ocharán.  Rodríguez, además, encuentra un símbolo oculto en la composición:  “El hacendado y su lacayo, al atacar brutalmente a  una maestra rural, forman con sus cuerpos unidos una cruz gamada”.  (Rodríguez, p. 231).

A estas características habrá que agregar el empleo del lenguaje retórico de Aurora.. La retórica, o “arte de buen decir”,  utilizado en la oratoria para persuadir, deleitar o conmover, tiene una aplicación clara en el arte visual sobre todo en épocas donde éste se produce para construir un discurso ideológico como es el caso del muralismo mexicano.  El uso de figuras universales de estilo como la metáfora, la metonimia, la antítesis o la paradoja se utilizan para reforzar el sentido alegórico de la obra.  La “borradura” u “ocultamiento” se basa en la supresión intencional de una parte o de la totalidad de un elemento iconográfico. Callar tiene un peso similar a decir.  En poesía, las pausas -en labor de contraste- aumentan la fuerza de las palabras. El enigma, silencio conceptual, aviva el interés de los lectores y los hace copartícipes de la creación.  En el lenguaje visual, ocultar equivale a agrandar el interés por lo que no se exhibe.

En Atentado a los maestros rurales, Reyes usó la figura de la borradura en repetidas ocasiones y no pudo ser de manera casual.  De los seis personajes representados, cinco de ellos –los dos campesinos, la maestra y los dos niños- ocultan parte de su cuerpo.  En una escena de tal dramatismo, el ocultamiento parece denunciar lo vergonzoso de la acción.  Los agresores actúan de manera cobarde, sin mostrar sus rostros, la maestra se cubre por el terror y  los niños se esconden por miedo a la violencia y a lo que está fuera de su control.

Es así como Aurora Reyes da al tema de la educación socialista un punto de vista novedoso y estremecedor utilizando el equilibrio en la composición y la intensificación mediante las figuras retóricas.  En su mensaje no sólo denuncia los abusos ejercidos sobre los maestros que acataron la consigna constitucional del laicismo; también  subraya que gran parte de esos educadores anónimos fueron mujeres esforzadas y de temperamento férreo.  Y además parece sugerir que entre la población infantil había niñas valientes que ya no amasarían “silencios vegetales” en sus rostros porque estarían observando y aprendiendo su rol participativo en la sociedad del futuro.

 

Atentado a los maestros rurales (1936), de Aurora Reyes. El fresco de 2X4 m. puede verse en el vestíbulo del Centro Escolar Revolución en la ciudad de México (Niños Héroes y Chapultepec, estación Balderas del metro). Fotografía tomada del libro La sangre dividida (López Moreno/Ocharán).

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Bibliografía.

Arce Gurza, Francisco.  “En busca de una educación revolucionaria: 1924-1934”.  En  Ensayos sobre historia de la educación en México.  México:  El Colegio de México, Centro de Estudios Históricos 1999 [1981], pp. 145-187.

Ocharán, Leticia.  “Aurora, sacerdotisa de sí misma”.  En La sangre dividida.  Aurora Reyes. México:  Gobierno del Estado de Chihuahua, CONACULTA, Programa Cultural de las Fronteras, 1990, pp. 61-67.

Oles, James.  Las hermanas Greenwood en México.  México:  CONACULTA,  2000.

Rodríguez, Antonio.  El hombre en llamas.  Historia de la pintura mural en México.  London:  Thames and Hudson, 1970 [1967].

Suárez, Orlando.  Inventario del muralismo mexicano.  México:  UNAM, 1972.

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Margarita Aguilar Urbán

NACIÓ EN ATIZAPÁN de Zaragoza, Edo. de  México en 1955.

[ En 2011 publicó el libro Aurora Reyes. Alma de montaña, editado por el Instituto Chihuahuense de la Cultura. Chihuahua, México, 2011, 194 p.]

Estudió Letras Españolas en la Universidad Iberoamericana y  la Maestría en Arte en el Instituto Cultural Helénico.  Para obtener el grado, presentó la tesis Los murales de Aurora Reyes: Un punto de vista de la educación en la modernidad mexicana.

Se dedica a la docencia.

Radicó en Chihuahua de 1981 a 1991 y ahí colaboró en el suplemento cultural Pro-logos y en las revistas Azar, Cuadernos del NorteSynthesis.

Ha publicado el poemario Como estación de tren. (México: Universidad de Zacatecas, Col. Praxis-Dos filos, 1988)

Ha sido incluida en los volúmenes Voces de tierra (México: Casa de la Cultura de Hermosillo, 1994) y Campos ignotos(México:  Instituto Chihuahuense de Cultura,  Col. Solar, 1998).

Revisó, adaptó y prologó la autobiografía del indígena tarahumara Erasmo Palma, Donde cantan los pájaros chuyacos. (Chihuahua: Ediciones del Gobierno del Estado de Chihuahua, 1992).

Actualmente reside en Saltillo, Coahuila.

(Ensayo publicado en Almargen en mayo de 2005)

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