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“Ángel” o la metáfora del descenso

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En Ángel, poemario de Jorge Humberto Chávez (Ciudad Juárez, 1959) “el descenso tiene como orientación espacial el propósito de mostrar percepciones de un ‘yo’ atento”. La metáfora suele equipararse “al temor, al dolor, la pérdida, la angustia. Y queda claro que transmite la idea de que el ser, después del descenso vertical, recobra su esencia adánica”. Chávez obtuvo el Premio Bellas Artes de Poesía Aguascalientes 2013 con el poemario Te diría que fuéramos al río Bravo a llorar pero debes saber que ya no hay río ni llanto.

El eBook puede descargarse gratis, por cortesía del autor (dar clic aquí o en la imagen de la portada): Ángel

Por Antonio Moreno Montero

Ángel (Mantis Editores/Luis Armenta Malpica, 2009) es el viaje de un hombre hacia el descenso, y obedece a una necesidad imperiosa para reorganizar en ese espacio cerrado las emociones y los recuerdos. Sabe que las caídas son benéficas porque agitan fuerte pero provechosamente el espíritu. El desplazamiento que lo abisma quiere revelar una materialidad original, buscar un efecto y un orden interior, bajo un sistema verbal fundado en paradojas.

El descenso se trata de una metáfora que es necesario tomarla literalmente, dado que  no existen las caídas en sentido figurado. Reafirma la idea de que el ser está suspendido en la nada, pero le queda el deseo,  el instinto como fuente de goce y vida. Ángel, el más reciente poemario de Jorge Humberto Chávez (Ciudad Juárez, 1959), además proporciona una visión en profundidad del hombre que vive día a día las turbulencias derivadas no sólo de las cosas que le rodean sino del amor, la soledad, el sufrimiento y las ganas de vivir: “el viaje atroz adviene / hecho de pérdidas y ansiedad en vórtice, / en súbitas honduras; nos muerde la derrota / y hace arder la piel: es sal: hemos llegado”, sostiene la voz de un “yo” polivalente, situado en un mundo erosionado, inestable, cruel y residual, pero acompañado, no de manera aleatoria, por su propio “ángel”, a modo de que el camino no sea tan azaroso y no tenga un alcance devastador.

En una nota introductoria a su libro de relatos, El ángel negro, Antonio Tabucchi escribe que los ángeles son seres que requieren dedicación […]. No tienen suaves plumas, sino un pelaje raso, punzante. Basándonos en esta pertinente afirmación de Tabucchi, los textos de Ángel destacan la presencia de un ángel femenino con características ambiguas. Por un lado, habría quedado la impresión de que esas alusiones a un ser alado y mítico, propio de los bestiarios del inconsciente o de las tertulias celestiales, como lo sugiere el título, adquirirían una consistencia metonímica si la voz no la hubiera descrito en el poema final del libro: “eres bella como un ángel (y aquí / comienza: esa noche en la autopista donde / intenté unirme a las estrellas” (…). Ahora ambivalente pero decidida a intentar el viaje hacia el ascenso, que paradójicamente también es el inicio de un descenso,  la voz desea el restablecimiento de un orden perdido, así como la refundación de su mundo. De otro, conjura la fatalidad y el “ángel” adquiere esa naturaleza punzante como lo describe Tabucchi, y la voz penetra más allá de una experiencia imprevisible para atenuar la muerte de esta aventura que ronda en el vacío, en la bruma, de una historia tal vez regida por un orden cósmico-temporal ajeno a su voluntad: “(…) intenté unirme a las estrellas, una / recámara sombría, una densa inmo- / vilidad: me aproximo a la única / disolución: abismarse, estrellarse, / estar sin más. Leso, extraviado”.

El “yo” de este poemario busca garantizar  que el descenso sea para estabilizar el espíritu, y el “ángel” ya no como metonimia, ayude a comprender procesos y puntos de fuga, de que morimos constantemente, que la muerte acecha con una voluntad de destrucción implacable (porque está hecha de tiempo y no de escándalo), y la manera de superar esa imposibilidad es apoderarse subversivamente de la Palabra para amortiguar su impulso: “(…) como quiera / que sea hoy celebro estas cinco / palabras que te son: agua, negritud, / grito, errancia, locura; y otra vez; / aullido, noche, garra, elegía y / lágrimas: / justo: / como un ángel”. La voz descubre su impotencia pero propone, a partir de esa experiencia, una nueva relación con las cosas, que es al mismo tiempo una voluntad de dominación.

En este poemario el descenso tiene como orientación espacial (de arriba hacia abajo) el propósito de mostrar percepciones de un “yo” atento. La metáfora del descenso también se suele equiparar al temor, al dolor, la pérdida, la angustia. Y queda claro que transmite la idea de que el ser, después del descenso vertical, recobra su esencia adánica. A la postre, inician las conquistas de pequeños universos aislados para que el deseo sea perfectamente asequible: una colina, la sala de la casa, los ojos de las mujeres, un jardín, las voces de los infantes, unos mapas…

Está divido en tres partes: “El descenso”, “Intermedio” y “Ángel”, y cuenta con cuatro litografías del pintor Fermín Gutiérrez, en las que aparecen seres lánguidos, extraviados y aturdidos. De manera que el libro apuesta por un descenso hacia el origen del útero para encontrar la unidad, a través de un prodigioso examen íntimo y radical que explora la intemperie y el azar imprevisible de la vida, como una experiencia básica e inevitable del hombre. No obstante que “ángel” seguirá allí: “Eres oscura porque habita en algo / tuyo mi desesperación; eres definitiva porque / tu miseria vacila en mí erguida  como /  una torre, firme como un astro (…)”.  Para recordarle a la voz poética que el hombre es arbitrario, inefable, pero falible porque está hecho de arcilla.

Ángel
Chávez, Jorge Humberto
Mantis Editores/Luis Armenta Malpica
Guadalajara, México, 2009

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